06 Ago 2021

92. POESÍA MEXICANA. ALMA KARLA SANDOVAL

-24 Oct 2020

 

PALIMPSESTO DE LOS LLANOS

 

El silencio cae en otro rincón que ya no existe

con olor de llovizna tierna como elote.

Un viejo de piedra nos contó esa historia,

lo seguían peces nadando en el aire,

iban moviendo sus aletas detrás de las Susanas locas.

Como hombre era hijo del Padre,

de los vástagos que hicieron de la luna un círculo.

En olas de incesto se ahogaban las pavesas

de lo que ardió sin lumbre allá en Luvina,

de lo que miró crecer milpas y el olvido

donde los espectros bailan y matan las tormentas.

Díganle al zacate que se eleve más allá

de lo extraviado: pólvora azul,

yeguas cansadas, tierra dura.

Conjuren el fracaso que crece,

hierba santa, en lo que no decimos.

Coatlicue responde:

Voy en un taxi y te voy hablar del viento.

Es camaleón, luego acaricia

cuando hay algo tuyo en la galerna,

un soplo que desviste

lo que miro,

las cosas ciertas o irreales:

abulia y dolor de los peatones,

semáforos eternos cuando llueve.

También dos ángeles.

Será que apenas

nos sembraron el otoño

o porque tengo frío te converso.

Tal vez el viento es madriguera

de palabras con hocico,

silencio con pelambre rojo.

El taxista también

es un mamífero.

Sube el vidrio.

Me pregunta:

“¿Le molesta el aire,

Señorita?”

 

 

HAY QUIEN SACA HOMBRES DEL LODO

 

Hay quien abre la tierra

buscando el nido verdadero

donde dejar salir sus plumas.

Hay quien arroja semillas

de sensuales jacarandas

con tal de no escribir un epitafio.

Hay quien entierra un cuchillo

o su menstruo para ahuyentar la lluvia.

Hay quien deja oro sucio y caracoles blancos

en un cofre con papeles prohibidos.

Hay quien quema la columna de un pescado

y esconde una llave ensangrentada.

Quien sepulta un cáliz.

Hay quien dice que el campo es para eso,

para que el tiempo no encuentre lo que ha sido.

 

 

PLAZO FIJO

 

Acá está tu soledad, te la devuelvo.

Perdona que la haya torturado

antes de descuartizarla.

Fue presa fácil.

No hubo que esperar entre los lotos,

no hizo falta adormecerla.

Te la entrego por partes,

salada con el sudor

de las mujeres que te amaron.

Te la doy cruda.

No disfruté cazarla.

 

 

NÁUTICA DE COATETELCO

 

Porque el agua cobró un favor dorado

nos llevaste a navegar sobre el castigo

de la diosa de corazones en el cuello.

Se movía esa balsa como el perdón,

a veces brusca, a veces lenta.

Avanzaba sin llegar al resto de la luz sin frío.

Te daba miedo ese dolor de anguila,

esos peces grises debajo de nosotros,

triste ramo de nísperos sin rumbo,

unos cuantos ojos brillando

para la ofrenda de noviembre

después del sacrificio,

de lo que trae oscuridad y las serpientes

si el odio es una laguna,

maldición de algas saladas,

haz del ocaso también muerto

por órdenes de la Coatlicue.

Tú nos decías que con ese dolor crece la leyenda

y en los ojos de mi hermana la disputa

por el cañaveral se abría en su mente,

en sus manos con anillos rojos,

también en el corazón colgando como dije

que escondí en mi pecho.

Ahí, sobre las aguas

que perdían el oro y se volvían argentas,

aprendimos el poder de las faldas de serpientes.

Cuando desembarcamos,

éramos un par de espejos con melenas,

una historia de agua dulce

que te quitó la sed de un día.

 

 

TIEMPO DE ANÉMONAS

 

Te leo. Sé que un caballo es para ti un naufragio.

También estoy junto al mar,

pero ahogada en el derrumbe.

Miro el clóset. Hay cuatro camisas,

estaría bien que fueran tuyas.

Aunque todo vuelve a una hora azul de junio,

empaqué el amarillo y sus bengalas.

Si tuviera tiempo para anémonas,

te las describiría,

pero pesan los vestidos como escombros.

Tal vez tu abrazo de palabras suaves,

de peces o grullas, era la salvación en aquel plano,

 en la carta que nadie acribilla.

Tembló aceleradamente,

con la furia de quien sabe acanalar el pecho,

irse un poco más en cada pausa,

irse a la noche y el fango nunca comprensible,

apenas dibujado en esas balsas que se estrellan

hacia dentro, así tembló.

No sé si una floración de rocas es lo que resta,

levantar la mirada para buscarnos,

pero la muerte es el blanco del cielo,

ni una nube que nos hable,

ni una gota que proteste igual

que el amor cuando no es una camisa.

También hay música sacra en el abandono,

en la conmoción del paisaje

y los palacios infantiles.

Jugaba a ser el lobo, el jabalí, el cerdo, el hada.

Quería ser Circe en medio de gravillias,

con la lluvia vegetal de sus colores obscenos,

con el vestido ceñido a la cintura.

Ahora, junto a lo que la ruina entrevera,

pienso en un caballo.

Si lo monto desnuda con mi nombre,

solo tú sabes por qué sigo perdida.

 

 

ÁLBUM NO DICHO

 

Digamos que en el sueño

ya no había más guerra.

Volvíamos juntos a la infancia.

Allá, con los guayabos.

Allí, con los huizaches.

Nadie herido.

El viento soltaba las ciruelas.

Las mirabas caer igual que música.

Me dabas cinco que no quería gastar.

Las guardaba para el futuro.

Yo sabía que los cuentos

de la abuela, que los jinetes

y los ángeles enloquecidos

llegarían cuando estuviéramos muy lejos.

Cuando soñara con jardines,

cuando el desierto diera pánico

y más melancolía.

Las ciruelas se pudrieron.

Se mancharon los vestidos.

Cada quien se fue a buscar palabras

en países blancos, ajenos.

Pero alguien se quedó escuchando

las trompetas de este apocalipsis.

 

 

EL PAÍS EXTRAÑO

 

Ven, están matando gente afuera.

Haremos de la sangre un recuerdo lejano.

Soy tu mujer imaginaria.

La golondrina de mi nuca es lo que resta

de las distancias antes de los frutos negados.

Te puedo hablar de lo que nunca sucede

con mi chistera en medio del terror y la pólvora.

Están matando gente afuera.

Deberías besarme y yo parar los juegos del granizo.

¿Quién va a salvarse de esta ceremonia oscura?,

¿con qué ojos sino los tuyos que alimentan

la conversación en Comala?

Sueño que vienes como el poeta que nada quería

más allá del adiós buscando

un país extraño y un río sucio.

Sueño que vienes, pero siguen matando gente afuera

y nos quedamos haciendo la vida al otro lado del ventanal.

Lo básico, eso te doy, flores ardiendo en la tormenta.

Mi mano si nos movemos entre cadáveres de niños.

Mi boca en tu mente que nos busca

igual que el náufrago a una bengala.

 

 

POR SI ACASO

 

Y si vinieran por nosotras,

iríamos, como la Woolf,

con nuestros libros en la mente,

con nuestro canto por delante.

 

Y si vinieran por nosotras,

iríamos sabiendo que soñamos lo imposible,

que no dejamos de sangrar porque quisimos,

que no abandonamos en la calle a ningún justo.

 

Y si vinieran por nosotras,

iríamos con las manos en la nuca,

con el orgullo en alto,

meciéndonos como banderas

con los senos libres de culpa.

 

Y si vinieran por nosotras,

iríamos porque marchamos,

porque fuimos la tierra,

el caldero,

el agua del rebelde

y el consuelo en la agonía.

 

Y si vinieran por nosotras,

con sus armas largas,

sus uniformes del crimen,

sus puños de patriarcas psicópatas,

iríamos porque entonces,

si vinieran por nosotras,

es porque habríamos vencido.

 

 

AUTOPSIA DE UN VESTIDO

 

Aquí se las llevan,

las despedazan,

las devoran.

Aquí, al centro,

las sepultan

o las arrojan heridas;

no es suficiente

con su costra en medio.

Aquí las levantan

y las explotan,

se las llevan a gritos

como el calor

se mata con un golpe

de agua fría.

Aquí nadie regresa

por sus cuerpos,

es un viaje sin retorno

ir detrás de ellas.

Aquí se las bañan,

se las entregan,

y se las devuelven

con un muerto

muy vivo en el útero.

Aquí nadie quiere

hablar en su nombre;

también las borran,

las ultrajan

con machetazos

de olvido,

pero antes se la llevan,

luego las despedazan

ante los ojos del mundo

quien lame sus restos

como una bestia.

Aquí las marcan

con una cruz,

con un discurso,

con otra a la que raptan.

Aquí a todas les nace

 un negro apellido,

un rigor mortis

en forma de cuerno

y no se puede decir

lo que pasa con ellas.

Tampoco aplauden su poesía,

su derecho al sol

o la forma

en que miraron la luna.

Aquí las secuestran

de varios modos distintos:

las mutilan con lentitud

a pleno invierno,

a pleno verano,

ante los ojos del

padre, del hijo,

del novio,

del esposo,

del hermano.

Aquí quema el ácido

que las destruye.

Aquí en el pez, la voz;

aquí las letras

de un mar

de pancartas.

Aquí lo urgente

y lo inútil

como un papalote

en la tormenta,

como moscas gordas

sobre los cadáveres.

 

 

Alma Karla Sandoval. Poeta, periodista y docente. Obtuvo apoyos del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 y 2018 se le concedió la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA. Premio Nacional de Periodismo, AMMPE, 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos 2012, en cuento y novela corta. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013. Recibió, por su primera novela, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro 2015; y el Premio Nacional de Poesía “Noble y Leal Ciudad de Tepic 2015”.  Es Premio al Mérito Periodístico 2019 y ganó el Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, también el Premio de Obra Inédita, en la categoría de ensayo, del Fondo Editorial de la Secretaría de Turismo y Cultura de Morelos, 2019. Es miembro de Sistema Nacional de Creadores desde el 2020. Cuenta con más de veinte libros publicados. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, rumano, portugués y ruso.

 



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