24 Jul 2021

95. POESÍA COLOMBIANA. JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS

-31 Oct 2020

 

BIOGRAFÍA MÍNIMA DE UN PALABRERO

 

Para Vito Apüshana,

palabrero mayor.

 

Abuela me enseñó el misterio que habita en las palabras.

Imponía su silencio en medio de la noche

para que yo, niño aún, la escuchara pronunciar:

candil, desierto, tempestad y chinchorro.

 

Me enseñó que dentro de la palabra raíz

un corazón se agita para llenar de esperanza

los días del hambre

y en la palabra voz

están contenidas todas las músicas del mundo.

 

Ella dijo: profundo, en la palabra abismo,

arde toda la luz que buscan los pájaros.

De ella aprendí que la palabra cosmogonía

lleva en cada letra la historia de todos nosotros.

 

Viví como quien encuentra en las palabras

la cartografía secreta de un viejo buhonero.

 

Cada día fue un redoblar de tambores en la acequia.

Días hechos con sonidos de letras indomables.

Nunca supe qué hacer con ellas.

Hoy, cuando los años reclaman los secretos de la infancia,

invoco a Abuela y su fantasma

para que revelen el misterio de las palabras que olvidé.

 

Inédito

 

 

POEMA PARA UNA MUCHACHA DE PROVINCIA

 

Sin importar ese ruin

y herrumbroso universo en que crees,

muchacha, has de saber que en un país empobrecido

un hombre quiere ser todos los hombres para ti.

Muchacha, lo que debes aprender

no es que mercachifles y payasos

aseguren que el mundo acabará en 2022,

ni que en el balance del debe o del haber

el amor se trafique con dinero.

Lo realmente importante es

que un hombre se oscurece adentro

al respirar un aire que no trae

tu figura con la brisa de la tarde.

Muchacha, tal vez, olvidé decir

que ese hombre te pertenece

desde aquella mañana de navidad

en que te vio pasar y maldijo la calle descascarada

que se cruzó en sus caminos.

Lleno de miedo escapó al resplandor de tus sentidos

y tomó el sendero que conduce a la cartografía de las sombras.

Hermosa muchacha de provincia,

hoy debes saber que ese hombre

persigue mujeres que no fueron para él.

Recuerda siempre que no tenía ojos, solo cuencas vacías,

y en el lugar donde debió estar su corazón

le han plantado un pájaro de fuego.

Muchacha,

el monstruo que lo habita algunas noches

decide salir y hacer estragos en su vida.

No olvides, entonces, si te traiciona debes matarlo.

 

Del libro Correo de la noche (2018).

 

 

FANTASMA DEL VIENTO

 

Bajo la sombra tutelar de la nostalgia

veo una mano, un cuerpo arqueado, otra sombra.

Me reconozco en medio de la sala

y pienso entonces en días más felices.

Me descubro siendo el mismo hombre

que nunca ha volado y jamás cruzará el mar.

Sé que soy un aprendiz de la luz y el movimiento,

apenas un hombre de provincia

que no puede hablar de altos edificios,

de luces de ciudad,

y elegantes prostíbulos con olor a menta.

Sé muy bien que las autopistas

y los vendedores de marihuana me son ajenos

y el ruido ensordecedor de la guerra me es propio

porque mis huesos hacen parte de este país de ausentes.

No conozco las montañas

ni puedo distinguir los nombres de los árboles.

Soy de pueblo,

apenas salgo al traspatio de la casa

a ver en las cuerdas de la ropa

una gota sujetarse a la vida.

Mi viaje más largo ha sido a la Plaza de los Negros

donde gentes pobres venden cuerpos y maíz.

Conozco, a ojo cerrado, los callejones de la Plaza de Mercado

sé a qué huelen pisos y paredes

y puedo entrar de espaldas en la vieja biblioteca.

Soy un hombre encerrado en sus palabras.

Prisionero justo de mis miedos.

Emperador del polvo, del silencio, del ayuno.

Tomo aguardiente en cantinas

donde mi padre sentiría vergüenza

y juego el juego ruin de los reproches.

He dejado el alma en un camastro

y he besado a la belleza en los tobillos.

Soy un hombre simple

que amenaza al odio con palabras,

que sale cada día a quitar las vendas a los muertos,

a curar heridas en los brazos de mis hijos,

a limpiar cuchillos que manchan las calles

de este triste barrio de provincia.

Estoy aquí

bajo el dintel de mi puerta —sin cerrojo—

sin más amuletos que estos versos,

ofendiendo los recuerdos,

escuchando un coro de ángeles que desconozco.

Estoy aquí —Fantasma del viento—

observando en los alambres del patio

                        una gota temblar mientras se sujeta a la vida.

 

 

LOS HUÉSPEDES SECRETOS

 

Es agosto y llueve sobre la ciudad.

Camino solo por el viejo estadio y observo

(bajo los puentes o en los parques)

enamoradas parejas que se olvidan del mundo

y eso no logra estremecerme.

Veo pasar una alegre muchacha

y su presencia no logra intimidarme.

Bebo el vino de los días

en un solitario bar del centro

donde la ausencia de los amigos es presencia.

 

La delgada voz de Edith

no logra remover tanto acero de mis días.

Llego a casa

el correo trae noticias de un libro,

de la muerte de un amigo

y siento la presencia de los huéspedes secretos.

 

Hace meses invaden mi cuerpo, la casa,

los inservibles utensilios de la cocina.

Me niego a alimentarlos

a dejarles una hendija,

a abrirles una puerta.

Ellos ganan terreno

se albergan en las camisas,

los encuentros bajo el sombrero,

tras los cuadros desteñidos de la sala,

en las volutas del cigarro,

en rincones donde una vieja pelota

me despierta melancolías en desuso.

 

Cambiarlo todo:

el beso de Andrea en una plazoleta de Milán,

el cortejo de una muchacha en la exposición de Antonio,

mis poemas publicados en España

la triste voz de Edith

o las alegres páginas de un amigo.

 

Cambiarlo todo

por patear una pelota

y sentir correr la vida

en una cancha de barrio.

 

 

EVALUACIÓN PERSONAL SOBRE MI CUERPO

 

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

Ángel González

 

Qué  interés, puede tener

ocultar las arrugas y las barba cana

dejar atrás la vida de bohemio,

resistirme a creer en mi ceguera

Si igual, este intruso, entra en la casa

usa mis camisas, ensucia los platos,

y duerme en el sofá.

 

Es inútil salir sin que se entere

pierdo el tiempo si juego a esconderme.

 

Tras mi sombra están

las tabernas tardías de mi vida

llenas de vendedoras de flores y puticas,

los cuartos de hotel y sus fantasmas,

las calles desiertas en la madrugada

y los taxis amarillos que las cruzan.

 

Cuando regreso, ebrio o con insomnio,

y por casualidad me veo en el espejo

puedo conocer mi rostro rejuvenecido:

la mirada ardiente de las viejas fotografías,

la risa de dientes de conejo

y la voz ronca de jazzista.

Inevitablemente recuerdo el pasado

y maldigo al intruso que se apodera de mis días.

 

De qué sirve evitar el cigarrillo y el licor,

adaptarse a una dieta,

tomar la pastilla contra el insomnio,

correr una hora o cenar pescado…

si con dificultad puedo perderme

en el humo negro de los bares

y huir del inquilino y no dejarme atrapar por sus temblores

para poder comprar un poco de cariño en las esquinas.

 

Es cruel y violenta la imagen de la mañana.

El espejo dice que ya no tengo chispa

que los tenis sucios y los bluyines rotos

resultan ridículos cuando se vive

en la edad de los helechos.

 

Del libro Los huéspedes secretos (2015).

 

 

SALMO PARA DESPUÉS DE LA GUERRA

 

Tal vez la poesía, […]

puede ser la prueba irrefutable,

o cabeza de un prontuario definitivo

de que Dios existió alguna vez.

HÉCTOR ROJAS HERAZO

 

Señor,

ahora somos frágiles…

los años de la derrota (aunque hayan quedado en el olvido)

habitan entre nosotros. Por eso hoy el poema es bálsamo

Señor de los remendados,

ya no podemos elevar oraciones:

conjuros para ahuyentar enemigos y pestes,

tal vez un Poema que sirva de diálogo

para diluir tantos miedos acunados en viejas plegarias.

Señor,

como tus llagas,

las nuestras son huellas de fe en medio de la ola de siniestros.

También hemos caído y nos hemos levantado

para espantar los pájaros de la angustia

que anidan en nuestras lágrimas.

Señor de los fragmentados,

redime con tu sabia mudez a tus hombres y mujeres,

herederos ambos del miedo,

para que la fragilidad se desvanezca y

retornen a nuestra voz y nuestros sueños

y nuestras casas las Bienaventuranzas.

Así sea.

 

 

CANCIÓN DEL BULEVAR

 

Hay hombres

que se dejan seducir

por las luces de neón de una avenida.

Hombres que ríen con carcajadas rotas

en medio del bulevar

porque el viento en fechoría

levanta la falda de una muchacha

fresca como mayo.

Hombres-niños

deslumbrados por los senos de candil

de una adolescente distraída.

Hombres que se piensan hombres

y reaccionan como críos ante el dolor.

 

Ellos, arrastran, por calles y teatros,

por iglesias y oficinas una sombra de derrota y amargura.

Sus gastadas voces de payaso no logran redimirlos.

Cada día rasuran su barba pobre, anudan su corbata,

limpian sus anteojos, cuidan sus bolsillos

y sueñan con la felicidad

emergida de los ojos de una colegiala.

 

Hay hombres-pájaros

—Inocentes y torpes—

que gastan su vuelo miserable

en odiar hasta la muerte al esquivo amor

que los ensombrece y los corroe.

Hombres, en fin,

que se inventan (cada tarde en la taberna)

a otros hombres más felices

para que les ayuden a engañar sus simples vidas.

 

Del libro Los amigos arden en las manos (2010).

 

 

VOCES DE GEPPETTO

 

Llevas por memoria un bosque entre las manos. Con los ojos cerrados dices: cedro rojo, negro chanul o pino amarillo; basta que tus dedos se posen sobre la madera para nombrarla. No conoces, no puedes conocer otro lenguaje sino el silente idioma de los árboles donde las raíces son historias sin escribir y las hojas plegarias de aves que cantan en mayo. Entre el guayacán y el ébano realizas la más humilde de las tareas: convertir la madera en utensilio. Cada uno lleva en las manos su destino y tú heredaste de Geppetto y de José la tarea de tallar la Copa de la Alianza. Tú, que das forma al candelabro medieval, a la silla celta o a la mesa francesa no olvidas guardar leña para los fogones del tercer mundo. Hoy escribo para ti Nelson, para tu oficio de carpintero con el cual llenas los rincones de nuestra soledad a cambio del pan de cada día. Cada uno lleva en las manos su destino, ahora lo sabemos, ahora cuando la memoria nos olvida como a una vieja melodía que en la distancia toca un violinista bajo el viento de enero.

 

 

VENDEDORA DE SOLES

 

Una flor en las manos de una niña es una lámpara, lo supo entre campos de margaritas silvestres, era la época del maíz y del café. Después la guerra y el horror, el espanto y la huida. Sus manos acostumbradas al trigo maduro y al agua limpia no supieron hacer otra cosa, y la soledad de las calles la arrojó al silencio. Vende flores en el parque central. Una noche, sus manos —iluminadas por un girasol— resplandecieron en la cantina y Don Alfredo conoció el amor. Ella le ofreció un ramillete de astromelias y él quiso comprarle su amarga sonrisa de días sin pan. La mujer vende flores, flores que en sus manos son heridas de una historia que no eligió vivir.

 

Del libro Noticias alrededor de un fogón. 2010

 

 

Juan Carlos Acevedo Ramos. Manizales - Colombia. Poeta, ensayista, Divulgador cultural. Ha publicado los libros de poemas: Correo de la Noche (Secretaría de Cultura de Caldas. 2018) Los huéspedes secretos (Universidad Central del Vale 2015), Noticias del Tercer Mundo (Caza de Libros Editores. 2011), Los Amigos arden en las manos e Historias alrededor de un fogón (Editorial Universidad de Caldas 2010), Sus poemas también hacen parte de varias antologías colombianas e internacionales y ha sido traducido parcialmente a varios idiomas entre ellos el inglés, el griego y el búlgaro. Ha obtenido El Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes, 2009, el Premio Nacional de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” convocado por la Casa de Poesía Silva en Bogotá. Fue finalista en 2015 del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia y obtuvo recientemente el segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá.

 



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