11 Abr 2021

180. POESÍA MEXICANA. MARCO ANTONIO CAMPOS

-20 Feb 2021

 

CORRE EL TÍBER

 

Escucha: Todos los caminos no van a Roma

pero Roma lleva a los caminos

 

Es noviembre. De los árboles caen

hojas de color pajizo. Marchito es el ramaje.

Bello es el Tíber si lo caminas de tarde

 

La Virgen de Loreto cuida de los desprovistos

Me vienen los ojos de Ninfa Santos aquel mediodía

lluvioso en la embajada de México: “Ten

—llegó un sobre—. Parece que es dinero”. Y yo la

quise como un domingo de cuatro meses

 

Yo tenía 23 años y han pasado dos veces 23

En cafés y vestíbulo de la estación de trenes

el otoño llegaba con las mujeres ligeras

Acercándose Horacio les decía al oído:

Abraza el día y no creas en el mañana

 

“Desde aquí nos arengaba el Duce”, me decía

aquel viejo señalándome la altura

del balcón enmudecido del Palacio Venecia

¿Por qué este país de artistas prodigiosos

ha sido gobernado por raza de bufones?

 

Yo no había entonces publicado un libro. No sabía

si era poeta —un buen o un mal poeta—, y debo decir

que tal vez equivoqué el camino o no oí bien la guitarra

 

Es día de sol. Es jueves. Roma es bella a contratiempo

Ninguna ciudad da al viajero el seguimiento de la historia,

aun entre columnas, foros y teatros despedazados

 

Pero hoy a la orilla del Tíber, dos veces 23, no hay árboles

que canten ni ramas que parezcan un largo petirrojo

Los últimos años de la vida nos disminuyen el alma

y acaban dilapidándonos en añoranza y desvelo

 

De aquel incierto año del ‘72 me quedan días grisáceos, calles

cenicientas, rumores apagados y tristes de John Keats,

el tranvía pletórico y lentísimo, La Piedad que me llora,

el horror al martirologio, el cielo que creí perdido

en las naves doradas de Santa María Maggiore,

largas caminatas de joven solitario por Via del Corso,

el presagio de una vida de zozobra que se perfeccionó,

y la conclusión de que la juventud no es todo, pero casi

 

 

KARAJAN, SALZBURGO (1988-1989)

                                    a Fernando Fernández

 

Yo habitaba en el sur, en Birkensiedlung,

cerca de donde vivía, a las orillas de Anif.

Solía pasar a pie, frente a su casa amplia,

con ventanas geométricas, por donde entraba plena

la naturaleza y arribaban todos los pájaros de Austria.

Quién era yo para molestarlo a él,

mirlo blanco en el pino oscurísimo.

No era hombre simpático; llamémoslo Maestro.

¿Pero ignora alguien en Salzburgo, si acercas 

el oído, que árboles y hierba se vuelven música?

 

Lejos, lejos del mar y próximo a los Alpes, Karajan cedió

—dijo la alondra—, se fue, murió en el año del mes en

que dejé Salzburgo, y aún ahora, tres décadas más tarde,

me miro despedirme, creo haberme despedido

donde nadie pudo verlo, donde escucho, en el aire

que no aroma el sauce, en el vuelo inclinado

de la paloma herida, sinfonías de Beethoven,

conciertos mozartianos, dulzuras trágicas de Mahler

—ah, cómo lloraba Alma, cómo lloraba el alma

 

Murió es un decir: se le ve aún de pie, en las praderas

de Anif, bajo la brisa que llega de la montaña próxima,

se le ve aún dirigir la orquesta —cabeza baja,

frente concentrada, ojos cerrados,

manos en movimiento como el fluir del Salzach—,

y se demora allí, oyendo del gorrión el vuelo,

llorando del gorrión el vuelo, volviendo música lo

que oro dio la vida y ningún acorde con él ha de callar.

 

 

SI YO VOLVIERA A SALZBURGO

 

Si yo volviera a Salzburgo

andaría por las orillas del Salzach,

bajarían las montañas a mi vista

y volverían las praderas que iluminaba el sur.

Si yo volviera a Salzburgo, iría en fascinación

a pueblos próximos, por ejemplo, a Saint Wolfgang,

donde el cielo reflejaba el lago, o

tal vez a Hallstatt, con su hondo color cartuja, o

en Bad Ischl descubriría los cuentos de hadas.

Salzburgo era del todo inhóspito al cálculo reflexivo

pero hospitalario a la amistad. Entrañable

como adagio mozartiano o girasol de junio

y oscuro y lluvioso en el áspero invierno como

la invulnerable tristeza de la lírica de Trakl.

Pero treinta años se precipitan, se me caen encima,

y no, mejor así, mejor no volver, mejor no volver

a los sitios donde alguna vez hubo una casa

 

 

CALEA VICTORIEI

                                                                       a Valeriu Stancu

 

Sombría, hospitalaria, lejos, lejana a mí en lo más próximo,

Bucarest entristece por cosas de añoranza y desvelo

que llegué a hacer y por aquellas que perdí o no tuve

 

Resquebrajan la calle canciones de rock

y las oigo lejos, en la radio, en aquellas mañanas

de los años libres de mi infancia libre

 

Se llenan de viernes las aceras de Calea Victoriei

Para donde vuelvo mujeres maduras y

delgadas jóvenes caminan por la calle y

el ligero aire y la ligera luz les dejan el

cabello castaño

 

¿Esperé alguna vez venir a Rumanía, o soñé que fuera

una nación de pájaros que, desde el idioma,

te da la impresión que tiene algo de todos los países?

 

Siempre espera la belleza a la vuelta de la esquina,

me espera, pero luego se oculta o palidece, porque en 

el jardín de hoy que es ya mañana, habrá

menos árboles para los frutos y menos pájaros que cantarán

 

Joven aprendí que la belleza dolorosa, la más,

te la otorga el abandono de mujeres que amas

 

¿Yo? Yo sólo fui el transeúnte en mil ciudades

 y de la distancia del pulgar al índice

qué rápido envejecí

 

Nadie, nadie aprendió a despedirse mejor que yo;

quizá lo aprendí en la plática de la golondrina

 

La poesía, en verdad, dime ¿en verdad

salva a alguien? ¿Te ha salvado?

 

Pero calma. No es para preocuparse. Sólo cuando acabe el mundo,

a la par, la poesía cerrará la última hoja del Gran Libro

 

A medio fuego el crepúsculo cae en la plazoleta

y sobre los muros callados de la basílica

miro de sesgo al Dios ortodoxo con mi mirada ex católica

 

Por voltear, en un traspiés, el mes de mayo

se rompe en diecisiete,

pero la paloma no descenderá en espíritu para

iluminar el tránsito del que no olvida

 

Y pronto dejaré este mundo, que

será peor del que llegué

 

 

INVOCACIÓN A LAS MUSAS

 

Con clara voluntad o no, desde muy joven,

invocaba a las musas, y es probable,

que si algo valió la pena, otra mano

lo escribió. Pero todo pasa y se marchita y calla.

Ahora, en el largo invierno de los árboles,

confirmo, al contemplarlas en el monte,

que a la par, conmigo, también envejecieron

 

 

CABALLO EN FUGA

a Dinu Flamand

 

No tuve casa o quedó borrada en hierba, arena u

hojarasca en el camino largo. Para sobrevivirme llevé

las pisadas con sigilo y seguí en Finisterre

el vuelo de la golondrina azul

 

Es sábado de septiembre del ‘18 del milenio.

Es la hora del ahogo en que me acuerdo. Vaya lluvia.

Vaya diluvio del verano a solas en Ciudad de México

 

Aquí hubo, por casi todos los siglos, una gran laguna. Tenía el

color del jade. En apenas dos años, a fuego y agua, se aniquiló

un imperio. Los Señores acompañaron a los dioses no sé dónde.

Todos eran Señores. Grandes Señores. Así lo gritaban

en la guerra desde Tlatelolco y Tenochtitlan destruidas

 

Hace diluvios la ciudad se hunde.

                                                     Y más:

por múltiples desfiladeros precipitáse el país,

un gran país, pero ajeno al bien y a la ternura.

 

¿Yo? Yo comprendí que la desdicha es menos azar

que una tarea. Y a veces me dio por escribir canciones.

 

Marco Antonio Campos nació en la Ciudad de México, el 23 de febrero de 1949. Cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor. Ha sido profesor de Literatura en la UIA (1976-1983); lector huésped de las universidades de Salzburgo y Viena (1988-1991); profesor invitado de Brigham Young University (1991) en las universidades de Buenos Aires y La Plata (1992) y la Universidad de Jerusalén (2003); jefe de redacción de Punto de Partida; director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural; director en dos épocas de Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del IIFL de la UNAM y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la UNAM. Colaborador en distintas épocas de Confabulario (suplemento literario del diario El Universal), La Jornada Semanal (suplemento literario del diario La Jornada), La Semana de Bellas Artes, Periódico de Poesía, Proceso, Punto de Partida, Revista Universidad de México, Sábado (suplemento literario de Unomásuno) y Vuelta. Premio Diana Moreno Toscano 1972, a la promesa literaria. Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 1992 por Antología personal. Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004. Premio Casa de América 2005 por Viernes de Jerusalén. Premio del Tren Antonio Machado 2008 por su poemario Aquellas cartas. XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2099, por su obra Díme dónde, en qué país. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética. Premio Nacional de Letras Sinaloa 2013. Premio Lèvres Urbaines 2014, otorgado por el Festival de Poesía de Montreal, en Canadá. Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2014. Premio Anton Pan 2019, otorgado por el Festival Internacional de Poesía de Bucarest. Premio Juan José Arreola 2019, otorgado por la Fundación Cultural Puertabierta A.C. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Guide, Roger Munier, entre otros. 

 



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