24 Jul 2021

43. SI DESPUÉS DE LA GUERRA HAY UN DÍA

-06 Mar 2021

 

Nueva York Poetry Review presenta una muestra de Si después de la guerra hay un día, antología de reciente aparición, publicada por La Raíz Invertida y Escarabajo Editorial en 2020, y coordinada por los poetas Héctor Cañón Hurtado y Henry Alexander Gómez.

 

 

UNA MUJER QUE CONOZCO VUELVE A SU PATRIA

 

Ella, después de muchos años,

vuelve a su patria.       

Regresa a lo que ya no conoce.

Y en seguida,

al ver aquello que la recibe

siente, en alguna parte de lo que aún es suyo,

que lo amado mudó de lugar.

Detrás de la artificial frontera,

tras el muro hace poco caído,

no ve campos arrasados ni cadáveres,

sólo odio en las copas levantadas

para festejar el regreso de los valientes.  

 

Lauren Mendieta

 

 

 

CANCIÓN PARA ESPANTAR EL FRÍO

 

Te cansaste del aire congelado entre las fosas nasales

y le perdiste el gusto a respirar

 

La calma se sale de tus bolsillos

y tú

con manos tan rasgadas para contenerla

 

La calma se esparce por el piso

y tú

con pies tan ineptos para arrastrarla

 

Entre mis manos acuné tus nudillos

No sé cómo burlaron el temor de romper la membrana invisible de un hombre

 

Adónde huiste niño mío

en esta alborada de sangre

 

tan proclive a los designios de las estrellas rotas

 

Barbas de vagabundo te descosen los dedos

Sobre lunas apagadas pendulan tus ojos

 

Ven

Te cantaré mientras lavo la sangre de tu ropa

yo sé canciones que espantan la muerte de las fosas nasales

Tu pobre sangre fría debe extrañar mi abrazo.

 

Alejandro Cortés González

 

 

EL ENEMIGO

 

Hubo un día en que el pan

fue piedra entre las manos descarnadas

y brillante la llaga

en la boca de los perros.

 

No hay revolución más cierta

que separar los sesos de las tripas;

a un lado la lengua

esa espina magra

que hace frente a la voz

y la mano que escarba y va sumando a uno y otro lado:

mucha gente es desasosiego,

poca es templanza, mesura

y la mano mezcla y revuelve

estira las tripas,

pesa el hígado por donde corren

            los odios más roñosos

y tantea la serenidad con la que se vigila el mal ajeno.

 

A uno y otro lado se batalla,

se resiste con furia animal.

 

Vuelvo a nombrar los días más amados

y es poco lo que queda:

las manos descarnadas,

los hocicos lacerados,

la quietud del humo a lo lejos.

 

Camila Charry Noriega

 

 

HISTORIA DE LA SED

 

Un día, así como llegó,

el río detuvo

su floración de agua tempestuosa.

No se volvió a escuchar

el rumor aletargado contra las piedras

ni el murmullo creciente

desbordando las orillas.

De repente, cual dios aniquilado,

su cuerpo trasparente

se transfiguró con la noche

en un silencio atroz.

A la mañana, nos acercamos al puente

y solo vimos pasar un turbio cantar

de lodo enardecido.

El lecho desnudaba su hondura

de graba y sed milenaria.

Entonces, los hombres fueron en busca

del río extraviado, pero regresaron

con la boca hecha ceniza

y el alma tatuada de polvo.

Desde ese día, la muerte pastorea

su rebaño de esqueletos por las calles

y nadie habla ya de la lluvia.

El río va sobre afluentes subterráneos

o quizás nunca existió,

quizás nunca estuvo allí, quizás solo fue,

para un pueblo en sequía,

nada más

que agua imaginada.

 

Danny Yecid León Moncada

 

 

BATALLA DE PALONEGRO

 

Deponga las armas!

(silencio) Deponga las armas!

(silencio)

 

Y más silencio

conjugado en todos los tiempos

para el recuerdo de los generales

que mandan izar banderas con astas de huesos

 

Y cómo se aplaca la ira de los clavos engastados en las rótulas

si apenas se escucha un Empujen para que se acabe esto

cuando se ven hostigados los invictos de Palonegro

 

Invictos, sí. Porque si nadie gana nadie pierde

y siguen peleando las vísceras en las afueras de la vida

a donde llevaron a los heridos aunque aleguen buen trato

 

Invictos todos, sí. Porque si nadie gana nadie debe doblar de nuevo las rodillas

Pero me temo que las aves aquí se cargan con horrores

y habrá catres esperando con hambre el día 9

el día 15 de la batalla

cuando recoge la muerte sus despojos

y se desliza por el cafetal

hasta el Hospital de Campo Hermoso

 

Convéncete, mi amigo, de que jamás tendremos patria

la gastamos toda en ruinas

un solo escenario de siete leguas basta

para reducir su épica de huracanes a una hélice marchita

Siete leguas de rifles que se descuelgan a la muerte

 

Ya duérmete en la tierra que pasan los siglos de fiebres y viruelas

no llega la comida en mulas ni el agua

y sólo queda ya esta agua que se tiñe con nuestra sangre

y la lepra esperándonos camino a casa

 

Angye Gaona

 

 

ÉXODO

  

Rodeamos el olvido

 

 

 

Para llegar al otro límite

 

debemos caminar por muchos días

 

ruinas          laderas          estrellas de mar

 

una huella tras otra

 

haciendo un mapa al precipicio

 

 

 

Tropezamos con los huesos del ferrocarril

 

que serpea la montaña

 

como un cadáver condenado al tiempo

 

donde su canto se devora

 

 

 

Antes de perdido el sol

 

los niños corrían a alcanzar el tren

 

que se fundía en la espesura

 

cantaban con las bocas que extendía el humo

 

todos los amaneceres secretos

 

elevaban sus esquirlas

 

 

 

Ahora evitamos el rumbo

 

ponemos la historia en dirección al viento

 

y cambiamos el caudal          trocamos catalejos

 

en el cruce de un abismo a otro

 

de una estación a otra devolvemos las agujas

 

enterramos el carril

 

Nos vuelve la piedad con un respiro

 

volvemos

 

mejor terminar pronto

 

 

 

El abandono es esta sed que queremos sepultar

 

Jorge Valbuena

 

 

CALLE

 

Crecí entre lomas y bullicio.

Conozco estas calles como a las venas

que atraviesan mis hemisferios.

No elegí crecer en este barrio encendido,

lleno de nudos y misterios.

 

No era de nadie cuando llegaron

los que venían del campo

con los sueños y los pies descalzos

a querer vivir la ciudad

sin que la ciudad quisiera.

 

De niña pensaba que las calles empinadas

conducían al cielo

y me enamoré de las cometas enredadas

en los alambrados,

de los niños jugando sin camisa en la calle,

del mango con sal afuera de la escuela.

 

Me enamoré del sol

que acariciaba las terrazas en la tarde

cuando vivir la ciudad

era un viento de estallidos

atiborrado de sueños.

 

No elegí estas calles roncas

llenas de voces y de perros ladrando a su sombra,

pero he llorado cada uno de sus dolores

y he amado cada centímetro de su tierra.

 

Ana María Bustamante

 

 

POESÍA HUMANA

 

Desde hace siglos

el hombre

se ha empeñado en llamar

“canto de aves”

a la poesía.

Y estoy harto

de ese mote tan irreal y cursi

sobre mi profesión

                             -la que no me da

ni horarios ni dinero-.

 

Y digo irreal porque

hay que tener una imaginación algo deformada

para escuchar de las aves

                                   un “canto”:

 

los animalitos, frágiles y diminutos, que recorren

en la tarde el cielo como chispas

de una hoguera invisible

no cantan –¡por dios!- sino que apenas

                                                    hacen ruiditos. Y digo

esto sin demeritar ni en un punto

su belleza.

 

Canto el del lobo bajo

la luna inmensa y clara

creciendo

tras las montañas. O el de

la cigarra que explota antes

de haber encontrado el tono de su canción.

 

En cambio,

los pájaros hacen ruiditos, apenas,

pero incomprensibles y hermosos –como

incansablemente

nos lo recuerda la tradición

de la lírica española.

 

Ruiditos que si se escuchan con atención

no recuerdan ningún canto

sino tal vez gotas de agua cayendo en una cueva oscura,

complejos circuitos emitiendo un código sonoro,

un ataque extraterrestre, el burbujear

del lodo primigenio en el calor del volcán,

el golpeteo insistente sobre una superficie hueca.

 

Ruiditos como

Clac clac clac cluuac clac clac clac cluuuac

Fiup fiup fiup fiup fiup fiup

Prrr prrr prrr prrr prrrr prrr

Tuuooc tuuoooc tuuuooc tuuoooc

 

Ruiditos que no nos interesa interpretar

pero señalan sin lugar a dudas

la presencia de otro,

y eso es suficiente misterio y suficiente belleza.

 

Así, quiero que mi poesía no sea otra cosa

que estos ruiditos que pronuncio ahora

adentro de tu cabeza,

y que no son, y no quieren ser, cantos de aves.

 

Sea canto tal vez la palabra del campesino

que como un ave tuvo que migrar, pero a la fuerza.

Canto tal vez la palabra de la mujer

a la que trataron como gallina ponedora y la obligaron

a preñarse o parir.

Canto tal vez la palabra del indio

a quien quisieron cazar como a un pato.

 

Por eso, mi poesía no quiere ser canto.

Quiere ser apenas un ruidito

para recodar que estamos juntos.

 

Una poesía humana.

 

Juan Camilo Lee Penagos

 



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