03 Dic 2021

260. POESÍA SALVADOREÑA. ARIO E. SALAZAR

-11 Jul 2021

 

ARS POETICA      

A Mario Marcel

 

Olvidándose de la niña afable de su señorial aurora, la poesía entra al taller del poeta a las cuatro de la mañana. Viene ebria, desvelada, con los senos poseídos por muchos tactos, fulgurante/ se nota que viene haciendo alarde de haberse actualizado en aquel instante de estupor.

El poeta, que había pasado la noche entera jorobado bajo una lámpara con una efigie de la susodicha, sin mostrar rencor alguno por el rabillo del ojo la mira, la tasa. “¿Y de dónde carajos vienes tú?” le pregunta, mientras escribe algo o finge que algo escribe. La poesía nota que el muchacho que la impreca se siente verdaderamente herido. “Espérame un ratito,” contesta ella con un aire que es híbrido de conmiseración y picardía, “tengo que ir a mear. Cuando regrese te hablo.”

El poeta la ve entrar al baño –incrédulo- oye que tira de la cadena del retrete haciendo bulla la inconsiderada y sin pensar en el recibo del agua. El pobre hace un esfuerzo sobrenatural para no ser impulsivo (y aquí no sé bien si me explico). Ella sale risueña, cósmica, con lápiz labial de nuevo, rehidratada. –“Perdón,” comienza a decir, segura de sí misma, “¿cuál era la pregunta? ¡Ah, sí,” finge acordarse, “que de dónde carajos vengo… pues mira,” proclama ahora sí, poseída de sí misma, “si de veras te interesa que te lo diga te lo diré de una vez por todas: vengo de andar con la gente. ¿Y tú?”

 

 

OS QUIERO HABLAR

 

Os quiero hablar

del descenso a la villa

situada en esa orilla blanca

que antecede al corazón.

 

A pique voy, enrumbado

besando la magnitud

de la caída: no hay remedio.

 

En sus amplios reflejos

la semilla ardiente quisiera retenerme

caracoleando oleajes y espejos

ecos que se pasean por un largo sendero.

Luminosa es la certera tiniebla con la que arpeo

                                        junto al cantar del río.

 

Quedan sobre el rastro pájaros labrados de noche

labrados con el cuidado del ridículo que sueña

con menos estrellas neuróticas

para que la heredad quede libre de cabangas.

 

 

ΨΥΧΉ

 

Menuda y sola

amplifica tus ganas de saltar de cuerpo a cuerpo

iluminando los caminos.

Limpia la risa

y se gofra en estandartes primaverales

que de heridas pasajeras

no se acuerdan.

 

Embistiendo a fuego lento

contra el mar entorpecido

encadena sus locos sedimentos

en la música y en el vino.

 

A veces tiento de amor

que desemboca en arrullos

donde menos la tierra canta.

 

Frente de sol, desnuda mirada

que te deslinda del tumulto

para darte un tramo de luz

Incendiándote

Incendiándote

hasta incendiar lo muerto.

 

 

EL SER HUMANO DE MAÍZ

 

A veintiséis millones de años luz

de nuestro incomparable planeta

yace el centro de la Vía Láctea

un vasto y misterioso Agujero Negro

que es la madre de nuestro Universo.

 

De ahí nacieron nuestros astros

los dioses y las diosas

a quienes debemos adoración.

Nuestro corazón fue amasado

con manos de delicada estrella.

 

En la densa noche sin ayer de los dioses

Tepeu y Gucumatz se sentaron

a soñar, a pensar, a crear.

Después de haber creado el orbe

se sentaron a fumar y a crear más.

 

Viendo que todo lo hecho era bello

regido por el sol, la luna y las estrellas

algo les hacía sentirse huecos

pues un gran viento doloroso los recorría

trepidante desde la garganta hasta los huesos.

 

Los dioses estaban solos en el Universo.

“esto no puede ser” se dijeron “somos

Inmortales. Para no morir solos

necesitamos de quién nos añore,

nos obedezca y nos de su adoración.”

 

La lumbre de aquella antigua noche

estaba por extinguirse, lo cual significaba

que pronto amanecería, irremediablemente,

y si prestos no se ponían manos a la obra

los dioses morirían aplastados por la soledad.

 

Desesperados cogieron un poco de barro,

agua y flores de un monte. Moldearon

una hermosísima mujer y un hombre.

Les dieron aliento y ellos anduvieron

pero eran brutos y no podían hablar.

 

Rápidamente los destruyeron

y cogiendo madera virgen tallaron

con sus alientos una hembra y un varón

que rápidamente se propagaron por la tierra

pero no sabían quiénes eran ni de dónde venían.

 

Igualmente, aquellos seres sin conciencia

ni memoria fueron destruidos sin piedad.

¿De qué servimos en nuestra inmortalidad

si lo que creamos de algún modo se desmorona,

si no hay luz en ello ni pensamiento ni habla?

 

Tepeu y Gucumatz bebían posh y mistela

y veían morir la flama del antitiempo.

El tiempo los fisgoneaba con anhelo:

iba a inmolarse y no había humanidad

que salvara a los dioses en el Universo.

 

En eso estaban cuando Gucumatz recibió

un súbito ramalazo de inspiración. Al fondo

de su jícara de posh vio que un grano de maíz

pulsaba con un fulgor inimitable

con el color esperanzado de los rubíes.

 

“Con este grano de maíz voy a inaugurar

la sangre humana” le dijo a Tepeu.

Tepeu le respondió “¿por qué parar ahí?

Anda y busca maíz blanco para que hagamos

la carne, los ojos, la memoria, la lengua.”

 

Y así fue como uno hacía vísceras y venas

mientras el otro hacía huesos, ligamentos,

cerebro, músculos, cabellos, pectorales,

manos, piernas, ojos y lengua

y dieron su propio pulmón a todo aquello.

 

Con la seguridad del soplo divino

la criatura humana se levantó

de entre las manos de los creadores

y pudieron verlo todo simultáneamente

y asustaron a los dioses con su inteligencia.

 

 

LIRÓFOROS NAPOLEÓNICOS

 

“No está en venta mi poesía”

dijo un poeta a los empresarios

de su país. “Y decínos: ¿qué aporta al país

uno sólo de tus versos?” inquirieron.

         

   “Un mundo mejor, pletórico, sin abismos.

   Un rostro esplendente del país.”

 

            “Por ello te damos 24 horas, muchacho,

            para que aceptes nuestra oferta: un millón

            de meretrices y manjares a cambio de tu voz.”

 

“¿Cuánto es eso?” preguntó el liróforo

Lo que tú nos dictes” le respondieron.

 

            Después de la hora del ángelus

            los empresarios recibían la firma

            con la que se privatizaba una poesía. 

 

 

HONDONADA

 

Con la misma sencillez de las cosas nobles

de la rosa seca e intrínseca que me vigila desde los libros.

Con la misma sencillez de un aura

de la tierra a la hora del alba o el espanto

Habré de levantar mis manos hacia el casto cielo

buscando ahondar en la hermosura.

 

Tendré que aumentar las esperanzas y la música

y la serenidad de tus imágenes de manera despiadada.

Tú lo sabes bien.

 

En la remota soledad que desgasta a los hombres y los siglos

Habrá de prevalecer un nicho recurrente

al cual hoy mis ojos y mi nombre sólo han podido bosquejar.

Por ahora quiero que lo sepas:

Estoy muriendo despacio aquí, tan lejos de ti.

 

En la tarde rueda y punza con fulgor

el corazón agreste de las palabras

y la precipitada furia de tu ausencia.

Yo apenas y alcanzo a saber dónde esconder el alma

para que no me sigas arrollando.

 

Hay músicas borrosas y lugares en mi memoria

que indudablemente siempre me hablarán de ti.

Casi como una bendición aterradora

siento que a mi alma algo de ti la sigue poseyendo.

 

Quisiera destruir a veces mis memorias

y ahogarme felizmente en la agonía.

Busco pausada resignación y descanso.

Busco terminar domesticado y sin más preguntas

al hablar en la tarde solo…

con mi ilusión multiplicada en los espejos.

 

 

TRABAJAR JUGANDO (O JUGANDO A TRABAJAR)

 

                                               “Adivinad los ángeles que bailan

                                                               en un pecho de niña.”

Hugo Lindo

 

De hierro y roja es la pala de la niña.

En sus manos maneja Dios los jirones

de la inocencia. Es consabido: la amargura

y la barbarie son defectos del adulto.

 

La niña empuña una pala roja y de hierro

bajo el cielo norte y primaveral.

Con ella desbroza el patio de sus zarzas

y los hierbajos junto a la poza de hielo.

 

Alegre, aún entre la escarcha rezagada

de las últimas nieves de febrero,

nada, o casi nada, saben la niña y su pala

del árbol y del llano a perpetuidad meditando bajo la lluvia.

 

Sin crear asuntos el muñeco hecho de pan jengibre

cohabita con el dinosaurio, con el unicornio,

con el centauro, los alebrijes, los pardales y el león

en los infantiles meridianos de la niña.

 

Nada, o casi nada, saben la niña y su pala

de una república hecha de jocotes y de marañones

de zapotes rotos en el suelo (cremoso sustento)

Dulcísima república de Sihüahuét y su dominio.

 

Hay un día para todos sin cielo y sin infierno

un momento de oro sin ladrón y sin envidia

un paréntesis intocable y sacrosanto cuyo sol no muere

Ambrosía para siempre en el lagar de la ternura.

 

A pesar del cansancio y la fugacidad del instante

la niña con el ruido de su pala ha roto los relojes

y el choque eléctrico de ese hierro contra el suelo

me ofrece la razón del universo… ¡a saber!

 

 

Ario E. Salazar (El Salvador). Poeta, narrador, ensayista y traductor. Es autor de los libros de poesía: Ariodicciones (1997) y El amor de los padres y otros poemas (2014). Ganó el premio Ventura Valdez de Poesía en Castellano del Montgomery College en 1995 y 1997. Sus poemas, cuentos y ensayos han aparecido en revistas literarias de los EEUU y El Salvador. Ha desarrollado una intensa labor de promoción cultural y literaria en los Estados Unidos a través de iniciativas multiculturales como el Mission Arts Performance Project (MAPP), un evento bimensual que se realiza en las calles del barrio de la Misión, San Francisco, California.

 



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