19 Oct 2021

30. POESÍA ESPAÑOLA. FRANCISCO BRINES

-09 Ago 2021

 

Ha partido Francisco Brines (1932-2021), uno de los grandes poetas europeos; recientemente galardonado con el Premio Cervantes. La hondura de sus poemas, de sus palabras, de su obra, es perceptible a través de imágenes y reminiscencias que van colmando al lector de esas nostalgias y saudades, de las edades del hombre, de sus sentidos, su alabar el instante y su devenir.  En él se cumple la elipsis de la vida, de la existencia, vida y muerte, vuelven a su punto de partida, al renacer, al sitio de la luz.   

Imaginarlo escribiendo en Valencia, sembrada de naranjos, el agua cantando en pozos matinales, la noche alargándose con pasos de antorcha; cantándole al amor, a sus vivencias, reconociéndose en las celebraciones del cuerpo, en una comunión ancestral; en la primavera con sus colores, en el otoño de las rosas, nos remitirá a esa siempre casa del idioma.

Aquí va un muestrario de su credo espiritual y poético.  

 

Javier Alvarado

 

 

CAUSA DEL AMOR

 

Cuando me han preguntado la causa de mi amor

yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.

(Y aún es posible que existan rostros más hermosos.)

Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu

que siempre me mostraba en sus costumbres,

o en la disposición para el silencio o la sonrisa

según lo demandara mi secreto.

Eran cosas del alma, y nada dije de ella.

(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.)

 

La verdad de mi amor ahora la sé:

vencía su presencia la imperfección del hombre,

pues es atroz pensar

que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,

y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,

su claridad, la dolorida flor de la experiencia,

la bondad misma.

Importantes sucesos que nunca descubrimos,

o descubrimos tarde.

Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,

movida luz, honda frescura;

y el daño nos descubre su seca falsedad.

 

La verdad de mi amor sabedla ahora:

la materia y el soplo se unieron en su vida

como la luz que posa en el espejo

(era pequeña luz, espejo diminuto);

era azarosa creación perfecta.

Un ser en orden crecía junto a mí,

y mi desorden serenaba.

Amé su limitada perfección.

 

 

AQUEL VERANO DE MI JUVENTUD

 

Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano

en las costas de Grecia?

¿Qué resta en mí del único verano de mi vida?

Si pudiera elegir de todo lo vivido

algún lugar, y el tiempo que lo ata,

su milagrosa compañía me arrastra allí,

en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida.

 

Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia;

no queda ya el recuerdo de días sucesivos

en esta sucesión mediocre de los años.

Hoy vivo esta carencia,

y apuro del engaño algún rescate

que me permita aún mirar el mundo

con amor necesario;

y así saberme digno del sueño de la vida.

 

De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha,

saqueo avaramente

siempre una misma imagen:

sus cabellos movidos por el aire,

y la mirada fija dentro del mar.

Tan sólo ese momento indiferente.

Sellada en él, la vida.

 

 

ACEPTACIÓN

 

Saliste a la terraza

pensando que la brisa de la noche

podría devolverte al que eres siempre.

Mas la tibieza que en tu cuarto había

era un ámbito, allí, bajo la calma

de alejadas estrellas.

Olvidar pretendías unas horas

todavía recientes, la penumbra

que acercaba el latido de los dos,

y tus palabras qué serenas eran

como si a nadie las dijeses. Viste

la emoción de su rostro, su contorno

quemarse de belleza;

y esas mismas palabras te llenaban

de dolor y de sombra.

De nada te sirvió, cuando quedaste

solo, cegar la luz,

hacer brotar desde un rincón la música,

fortalecer tu fe con su joven pureza.

Sobre tu frente se rompían olas

gigantes: el calor

detenido del día,

el naufragio de un hombre que entregaba

la pasión de su vida en el espectro

doliente de la música (aún

como si la esperanza le alentase),

y te ardía el espíritu

porque sentías declinar tu vida.

Para ser el que fuiste

sales a la terraza, para ver

si un frío súbito derriba pronto

la plenitud del corazón. Tocas

el aire oscuro con los labios, oyes

los gritos fatigados de la calle,

la luminosa altura te estremece.

El tiempo va pasando, no retorna

nada de lo vivido;

el dolor, la alegría, se confunden

con la débil memoria,

después en el olvido son cegados.

y al dolor agradeces

que se desborde de tu frágil pecho

la firme aceptación de la existencia.

 

 

AMOR EN AGRIENTO

 

(Empedócles en Akragas)

 

Es la hora del regreso de las cosas,

cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta

y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio;

tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.

 

Yo te recuerdo, con más hermosura tú

que las divinidades que aquí fueron adoradas;

con más espíritu tú, pues que vives.

Hay una angustia en el corazón

porque te ama,

y estas viejas columnas nada explican:

 

Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra

y descubrieron orígenes diversos en las cosas,

y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban

para que hubiese cambio, y así explicar la vida.

Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad

                                                                       del mundo:

Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,

extendí la mirada sobre el valle;

mas pide el universo para existir el odio y el dolor,

pues al mirar el movimiento creado de las cosas

las vi que, en un momento, se extinguían,

y en las cosas el hombre.

 

La ciudad, elevada, se ha encendido,

y oyen los vivos largos ladridos por el campo:

éste es el tránsito de la muerte, confundiéndose con la vida.

Estas piedras más nobles, que sólo el tiempo las tocara,

no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello

y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.

Yo sé por ti que vivo en desmesura,

y este fuerte dolor de la existencia

humilla al pensamiento.

Hoy repugna al espíritu

tanta belleza misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.

 

Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada

si el corazón alienta ya con frío,

contemplar la caída de los días,

desvanecer la carne.

Mas hoy, junto a los templos de los dioses,

miro caer en tierra el negro cielo

y siento que es mi vida quien aturde a la muerte.

 

 

CONVERSACIÓN CON UN AMIGO

 

Se me ha quemado el pecho, como un horno

Por el dolor de tus palabras

Y también de las mías.

Hablamos del mundo, y desde el cielo

Descendía su paz a nuestros ojos.

Hay momentos del hombre en que le duele

Amar, pensar, mirar, sentirse vivo,

Y se sabe en la tierra por azar

Solo, inútilmente en ella.

Como si se tratase de algo ajeno

Hablamos de nosotros

Y nos vimos inciertos, unas sombras.

 

Con poca fe, con las creencias rotas

Con un madero en la marea,

Con toda la esperanza naufragando

Porque no es la que llega a nuestra barca,

Sólo la caridad nos redimía

Del mal nuestro de ser.

Mirábamos la calle, rodeados

De luz, de tiempo, de palabras, de hombres.

 

 

EL CURSO DE LA LUZ

 

Trajo el aire la luz,

y nadie vigilaba, pues la robó en el sueño,

se originó en las sombras,

la luz que rodó negra debajo de los astros.

Casa desnuda, seno de la muerte,

rincón y vastedad, árida herencia,

vertedero sombrío, fértil hueco.

 

Tú estás donde las cosas lo parecen,

donde el hombre se finge,

ese que, a tus engaños, da en nombrarte

respiración, fidelidad.

Llegas hasta sus ojos,

y en ellos reconoces el nido en que nacieras,

piedra negra que está ignorando el mundo,

y ahondas tu furor, con belleza de rosas

o valle de palomos

o dormidos naranjos en la siesta del mar,

y agujeros callados se los tornas.

 

Débil es el sepulcro que así eliges,

no dura allí tu noche,

y vuelves a tu oficio, criatura inocente,

y esos que te aman lloran,

pues dejas de ser luz para llamarte tiempo.

nos tejiste con esa luz sombría

de tu origen, y en la carne que alienta

dejas el sordo soplo del olvido;

no es tu reino la humana oscuridad,

y en desventura existes.

Llega a ti el desconsuelo, la desdicha,

resignación del fuerte, y aun rencor,

y así nos acabamos:

extraño es el deseo de esa luz.

Extingue tu suplicio, ciega pronto;

si recobras la paz, no nos perturbes.

 

 

LAMENTO EN ELCA

 

Estos momentos breves de la tarde,

con un vuelo de pájaros rodando en el ciprés,

o el súbito posarse en el laurel dichoso

para ver, desde allí, su mundo cotidiano,

en el que están los muros blancos de la casa,

un grupo espeso de naranjos,

el hombre extraño que ahora escribe.

Hay un canto acordado de pájaros

en esta hora que cae, clara y fría,

sobre el tejado alzado de la casa.

Yo reposo en la luz, la recojo en mis manos,

la llevo a mis cabellos,

porque es ella la vida,

más suave que la muerte, es indecisa,

y me roza en los ojos,

como si acaso yo tuviera su existencia.

El mar es un misterio recogido,

lejos y azul,

 

y diminuto y mudo,

un bello compañero que te dio su alegría,

y no te dice adiós, pues no ha de recordarte.

Sólo los hombres aman, y aman siempre,

aun con dificultad.

¿Dónde mirar, en esta breve tarde,

y encontrar quien me mire

y reconozca?

Llega la noche a pasos, muy cansada,

arrastrando las sombras

desde el origen de la luz,

y así se apaga el mundo momentáneo,

se enciende mi conciencia.

Y miro el mundo, desde esta soledad,

le ofrezco fuego, amor,

y nada me refleja.

 

Nutridos de ese ardor nazcan los hombres,

y ante la indiferencia extraña

de cuanto les acoge,

mientan felicidad

y afirmen inocencia,

pues que en su amor

no hay culpa y no hay destino.

 

 

EL OTOÑO DE LAS ROSAS

 

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:

lo has llamado el otoño de las rosas.

Aspíralas y enciéndete. Y escucha

cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

 

 

Francisco Brines Bañó (1932 - 2021). Fue un poeta español encuadrado en el grupo poético de los años 50. Desde 2001, fue académico de la Real Academia Española. Reconocido con distinciones como el Premio Nacional de las Letras Españolas (1999), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2010) y el Premio Miguel de Cervantes (2020). Obra: Las brasas,1960 (Premio Adonais 1959). El santo inocente, 1965. Palabras a la oscuridad, 1966 (Premio de la Crítica). Aún no, 1971. Insistencias en Luzbel, 1977. El otoño de las rosas, 1986 (Premio Nacional de Literatura). La última costa, 1995. Premio Fastenrath de la Real Academia Española.

 



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