18 Oct 2021

312. POESÍA COLOMBIANA. ANDRÉS CAICEDO

-04 Oct 2021

LA CIUDAD DEL DESAMPARO

 

Maldita sea, Cali es una ciudad que espera,
pero no le abre las puertas a los desesperados
ANDRÉS CAICEDO

 

Leer la obra de Andrés Caicedo significa enfrentarse a un torbellino de contrastes, piezas que dialogan en un vertiginoso vuelo de imágenes, algo que te arrastra a la metamorfosis: hilarante ruleta rusa siempre en el clímax.

Nunca puedes salir ileso de este viaje alucinado, algo se nos fractura en el pecho con sus personajes, con sus dolores, con sus realidades; con esos fragmentos que parecen revelarse en bocanadas de humo. Cada jalón de aire llega más adentro del lector quien se siente al mismo tiempo personaje de un cuadro surrealista, como cuando entras desprevenido a ser parte de un sueño sin que te hayan invitado.

Caicedo creó un universo propio. Allá, adentro, a media distancia entre la sátira y la iluminación; ese territorio se formó de partes encajadas a la fuerza. A través de los límites del lenguaje, los símbolos y el caos, generó una suerte de cuenta regresiva donde el minuto cero, la caída del último grano de arena, se cerró con su propia muerte.

Andrés Caicedo firmó un pacto de vida desafiando a la muerte. Su obra mayoritariamente inscrita en una especie de narrativa poética se erigió desde el cuerpo, un rito titánico y subterráneo que asumió diversos niveles de apropiación y desprendimiento como quien reparte un juego de barajas. Su tendencia esencial fue tejida en monólogos interiores en medio de múltiples rostros de sí mismo. Así cargó la cruz a cuesta de su amada-odiada ciudad arraigada en la entraña, escrita desde el trance. Ese lugar eternamente poseído por las erinias: CALICALABOZO.

Hoy, a unos días del 29 de septiembre, fecha de su natalicio, queremos rendir tributo a esa hermosa bestia de mil cabezas que arrastró tras de sí los despojos de una ciudad mítica, cuyo fantasma seguirá deambulando, por los siglos de los siglos. Andrés Caicedo se convirtió en leyenda.

Amarú Vanegas

 

 

ME LLAMO ANDRÉS. Y CLARO, TENGO MI PERSONALIDAD.

¿No lo ha sentido usted alguna vez?

¿Nunca ha sentido ansia de rebelarse como es en realidad?

¿O mejor cómo quisiera ser?

Soy de arriba abajo o de abajo a arriba. Y flaco en cualquier dirección

Pies o zapatos 41.

Pelo café y liso, o mejor otra vez pies 41 y una uña gorda tamaño

gigante.

La frente igual a la que pasa al lado, fea, y me pica el ojo.

Piernas en el momento en que las gotas de agua tibia caen sobre ellas

Las cejas las puede ver cualquiera cuando me esté cepillando los

dientes.

O mejor podríamos seguir por abajo:

Rodillas iguales a la vez que me pegué en cualquier poste de luz.

Y me han hecho la circuncisión.

La nariz en el momento de recordar los tiempos antiguos y buenos.

El estómago como aquella vez en que me puse seis maletas sobre él

Y apareció mi hermana.

Los brazos en el momento en que voy en bus y me doy cuenta de que

La de Flores me está mirando.

O bien podrían ser las manos cuando Peleé con Abdul.

Y los ojos en la forma como me miraba la lesbiana mientras bailábamos

a gogó.

O mejor la cumbamba cuando me pegaba yo mismo en ella… de

derecha a izquierda.

La boca después de haber besado a María Elena en su garaje.

Todo eso y lo demás que pudiera ser, pero no se hizo…

Amén.

 

 

LA CIUDAD SE LLAMA CALI. La ciudad tiene su río. Un río que la parte amargamente como una inmensa navaja. Un río maltratado por la gente. Un río igual a cualquiera. Un río con pastos nuevos en algunas orillas, o con basura en las más abundantes, y andenes en las más cercanas. Un río con aguas negras. Y algunos gamines que se bañan en ellas y hacen buches alegremente. Y uno que pasa por allí con cualquier amigo y nos lamentamos de que a ellos no les pase nada. Se lamenta uno a ratos de ser burgués y se avergüenza de la realidad. Un río que corre recordando sus mejores días. Un río que se pasea inadvertido, aunque no lo reconoce.

Una ciudad con calor propio, y calles angostas, y andenes en mal estado...

Una ciudad con toda clase de barrios. Y estos barrios con toda clase de gente. Y esta gente dispuesta a hacer los trabajos que usted quiera. Desde administrador del Campestre hasta gerente de Carvajal y Cía. Y desde empleado de cualquier banco hasta maestro en la prostitución... no importa de qué sexo.

Una ciudad con parques desteñidos y sus parejas acariciadoras sentadas en las bancas donadas por el Club de Leones.

Una ciudad con teatros de todas las categorías y también de clases más bajas.

 Una ciudad con mensajeros que silban mientras pedalean pensando en la negra que se consiguieron por allí, en cualquier parte... o en su bicicleta.

Una ciudad con fuentes de soda, inspiradoras de falsa importancia, mientras uno se sienta en las bancas giratorias y observa con ojos llenos de curiosidad a las del carrito blanco que esperan y esperan.

 

 

PUEDE SER UNA TARDE CON ESTRELLAS

La tarde se parece a mí

Soy un hombre melancólico

Soy un poeta.

Cuando tenía 12 años fui a mi primera

fiesta y fue cuando me tocó bailar por

primera vez en mi vida. Me fue muy mal.

No me cogió el paso. Me dijo: no le

cojo el paso y me dejó allí. Y yo fresco.

Pero ahora pienso

que si me hubiera cogido el paso ahora yo

sería bailarín y no poeta.

Hay gente que puede ser poeta y bailarín

al mismo tiempo.

Pero yo no puedo. Yo soy un hombre melancólico.

Puede ser la luna a mis espaldas.

  

 

Andrés Caicedo (Cali, Colombia 1951–1977). Poeta, narrador, dramaturgo y guionista. Pasó su infancia por numerosos colegios, siendo expulsado de la mayoría de ellos. Comenzó a trabajar en teatro, como actor y director, escribiendo obras de este género. Ejerció la crítica cinematográfica en varios periódicos y fundó un cine club al que asistían personajes de la vida cultural. Luego escribió guiones cinematográficos que intentó vender en Estados Unidos, sin éxito. Fiel a la frase que había escrito en un libro “vivir más de veinticinco años es una insensatez”, se suicidó con esa edad. La mayor parte de la obra de Caicedo ha sido publicada de manera póstuma, incluyendo varias antologías de relatos, ensayos sobre cine, poemas sueltos, cuentos y algunas de sus obras de teatro, quedando inconclusas varias novelas.

 



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