06 Jul 2022

DOSSIER DE POESÍA AMOROSA. CÉSAR CABELLO

-13 Feb 2022

 

LA MARCHA DEL SOL

 

1

 

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa,

como el Gengis que abre el pecho a su enemigo,

pero a un águila no se la puede enjaular

si no se ofrece la bandera de otro reino.

 

Quería tu corazón entre mis manos,

los hurtos perdonables de un niño

que toma una joya por error.

 

Cuánto pesa la sombra de mi espada

y a cuántos arrastré del cuello

hasta el caldero humeante

para que tuvieras noticias

de mi rostro.

 

Mírame ahora bajo el ala de la muerte,

la carga de mi caravana que rompía piedras

y convertía en polvo la meseta,

ha desaparecido.   

   

Mírame ahora frente a este río solitario

escupir oro, pero asar los restos de un ave corredora, 

aturdida por el sol.   

 

Conquisté ciudades del tamaño de un lobo adulto

y en la despiadada metamorfosis

de cambiar montañas por llanuras

dejé de mirar a los hombres

hacia abajo. 

 

Respóndeme:  ¿después de desnudarse,

  de vendas y de aljabas,

  la arquería y ese niño caprichoso  

  tienen algo qué decir

  sobre el amor?   

 

No me cuentes.

 

¿Acaso somos esa flecha

que apunta al flanco abierto

del astro que se extingue

para después aparecer

en un lugar distante

como el odio

   o el miedo?

  

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa

y en la hurgada servidumbre de la esclava     

que recolecta hongos y raíces únicas

para adornar un altar en sombras, 

encontré tus manos.

 

Mírame ahora

que llevo majestuosamente

una alimaña sobre el hombro

o que me siento a beber sin compañía 

en las alfombras invisibles

de la sed.

 

¿Puedes oír tu nombre

cuando tenso la cuerda de mi arco

como si el amor fuera una perfecta caja

de resonancias?

 

¿O repito?

¿Hay cetrería más allá del cielo

cuando los ojos y los brazos no regresan

por su halcón?  

 

Por ti vine al mundo

con un coagulo de sangre

aprisionado en mi puño izquierdo

y por ti cosí mi boca con los hilos del gusano

que caía largamente desde las edades 

hasta los rincones más oscuros

del carcaj.

 

Mírame ahora

tirar de los abetos con una cuerda,

para que se inclinen con amorosa sombra

sobre tu caballo.

 

Dime ahora,

antes de que mis manos rueden

como palomas mutiladas

que imitan el sonido del desastre,

¿todavía somos esos dos arqueros

que separaron flechas

luego de apuntar

al holocausto? 

 

No respondas.

 

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa,

la fuerza de sus muros no era mayor o menor

al coraje de los hombres que la protegían.

 

Por ti vine al mundo

a posar mi mejilla en el agua clara,

como apoyado a un vidrio,

para que nadie escuche que me alejé de todo

lo que destruyó mi acero.

 

Conquisté ciudades del tamaño de un cisne joven

y lancé traidores por los acantilados

antes del inicio o del primer impulso

de la aviación.

 

No sé si la poesía perdonó mi vida, 

si la amistad del aire con la seda levantó mi rostro

para que pudiera ver las arenas palpitantes

de tu alcoba.

 

Allí entré un día con mi bastón en sombras,

pero con actitud de arquero

que dispara flechas

contra ejercitadas armaduras 

que no derriba.

  

Mírame ahora bajo el ala de la muerte

manejar un águila adiestrada de infinitos,

pero esconderla en los bolsillos

como un polluelo de gorrión.

 

Por ti abandoné la tienda donde el desierto irrumpe

y deja al descubierto las uniones y vendajes

de su arquitectura de papel.

 

Nuestra lengua es la más hermosa

de todas las conocidas,

escucha como suena:

       conquista,

          destreza,

                libertad,

parece que la tierra te invitara

a seguirla con el oído,

a dejar que se escape como un chacal

entre las cenizas y las tumbas del invierno. 

 

Respóndeme:             ¿a qué le llamas ajedrez,

montura o caballo,

cuando el lazo de tu música se corta

y solo queda la sombra de un jinete

herido por el sol?

 

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa,

en la caída azul del camellito que recién nace

y que al levantarse advierte

su gibosa carga.

 

No me culpes,

traté de prestarle ayuda.

 

Mírame ahora frente al amor en ruinas,

ante el cosmos sin fondo

de la superficie donde escarbo

para encontrar otra vez arena.

 

No sé si la poesía perdonó mi vida

o si me arrastré como el pulgar de un guante

que se aferra hasta el final

a su lamentable jaula.  

 

Por ti vine al mundo

a conquistar ciudades del tamaño de una liebre vieja,

pero terminé como un bárbaro

entre la empalizada del tiempo

y las paredes del luto.  

 

Mírame ahora

que marcho convertido en un Kan.

El tiro de mi arco derribó una montaña

y mi mejor ave de caza mató a una camada de lobos.

 

Respóndeme:             Ahora que hablo desde el Ural durmiente

            y el Caúcaso lejano, para evitar que me confudas

            con aquellos elegidos a los que les pesa la asfixia

            de un compañero de celda 

            en sus cadenas,

                                                                        ¿volverás?

 

 

 

2

 

Tu amor es humilde

como una sombra bajo una piedra,

y yo lanzo piedras, grito a los pies de la montaña

para que tu brazo despliegue un puente colgante

entre los desfiladeros del amor.

 

En eso se me va la noche

y en sacar del juego a la ladronería

que te ofrece las cenizas de una rosa muerta.

 

Aunque nunca he preguntado si tu amor existe,

si la telaraña que se desprende de los árboles,

en otoño, fue terminada.

 

Nunca he preguntado o puesto en duda

que una marioneta pueda fingir su ascenso

hacia un cuerpo más humano. 

 

En eso se me va la noche

y en mirar a la mujer que resfresca

la espalda del kazajo levantando su camisa.

 

Tu amor es como esa cima

donde el cielo descansa

y las luces encorvadas de los amantes

se guarecen al interior de un kiosko viejo

abandonado en la penumbra.

 

Tu amor es la saga de lo mínimo con su tormento,

una farola rota de la que escapa una polilla.

 

Por eso es imposible imponer mi voz

contra el viento de la estepa,

por eso no respondo al humo fatigante

que confudes con amor. 

 

 

 

3

 

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa,

conquisté ciudades del tamaño de una mirada penetrante.

Como el Gengis mi arte era el de domar caballos

y esperar a que la oscuridad detuviera

a mis enemigos por el Norte.

 

Hoy marcho al son de la llanura,

donde soy tan pequeño como el cuerpo de un niño

para el fuego de la pira.

 

Marcho sin cubrir mis huellas,

sin torcer el cuello para no ver mi sombra maniatada

a la estaca del desastre.

 

Mírame ahora

perseguir fantasmas que huelen a té,

en los eclipses y el éxtasis de la guerra.

      

Por ti vine al mundo

como una serpiente en su canasto

y por ti aprendí a pelear

armado solo con un bastón

o la elegía de un guante.    

 

¿Sabías que los dedos se atrofian con la arquería

y el peso del sayo de un Kan a mis espaldas?     

 

Hoy marcho al son de la llanura,

donde en cada hombre que la atraviesa

se adivina una fiera.

 

Conquisté ciudades del tamaño de un gesto de odio

y confiné al águila a ese triste pesar de jaulas

que es cargar una armadura

hacia el combate.

 

El temporal se anuncia

con trotes de garzas azules,

con notas tibias como las plumas.

 

Eso que está detrás, con abatidas alas,

eso que solo puedes ver en una laceración

o en una trinchera,

             es lo que escondo

del amor que he reservado,

en la voz de los que por mí cuentan

sus derrotas.

 

Mírame ahora

esperar una visión del Paraíso

y, por las noches, antes de dormir, 

que esa misma visión nos devuelva

a su Cielo. 

 

Por ti vine al mundo

para deponer las armas,

pero aun así instruí a mi soldado  

con vagas lecciones de caballería.

 

Te busqué en la Gran Noche de la Estepa,

conquisté ciudades del tamaño de un furioso golpe.

 

Como esclavo o rehén de una edad confusa,

envolvía el piano de una virgen

con un sudario,

hablaba en una lengua herida

y el amor era mi voz

bajo la imperiosa luna

del baldío. 

 

Mírame ahora

desmontar mi campamento

y esperar a que el hambre vacíe

mis magras reservas.

 

Te busqué como el águila a su penacho

y unifiqué lo que la muerte

y el hombre

   dividían.

 

Piensa en esto,

cuando otra vez me marche:          

En los ojos de cualquier nómada,

encontrarás mi rostro. 

 

 

4

 

Los lobos buscan un poco de carne podrida

en los ventisqueros, así busqué también el amor.

 

Con el hielo desnudo de mis dientes,

con la voz del kasajo que olvida al águila

en la borrasca, porque es más alto

el farol del invierno

y nadie protesta por un huevo que sale

rodando del nido.

 

Busqué en vano y nada encontré,

ni siquiera una locomotora de polvo

que me regresara a la casa

de tus imágenes.

 

De ahí escapé un día,

convertido en un niño al que lo atrae

el ladrido de un perro,

pero descuida el dolor humano

por parecerle rutinario

o sin fin.

 

Con esto afirmo

que el amor son esos restos que ignoran

a aquella camada de lobos

que sacia su hambre

en el extravío.

 

Desde aquí respondo

que la espiga y la rosa que alguna vez plantamos

para cubrir las noches de esta tierra yerta

no volverán a crecer. 

 

César Cabello (Chile). Es periodista, escritor y editor. Ha publicado Las edades del laberinto (2008), Industrias CHILE S.A. (2011), El País Nocturno y Enemigo (2013), Lumpen (2016), Nometulafken, al otro lado del mar(2017), Cuade rno obrero (2018). Ha sido incluido en las antologías La memoria iluminada. Poesía mapuche contemporánea (2008); Los cantos ocultos. Antología de la poesía indígena latinoamericana (2009); Memoria poética. Reescrituras de La Araucana (2010); Escribir en la muralla. Poesía política mapuche (2011). En 2006 obtuvo el Premio Eduardo Anguita. En 2007, 2012, 2016 y 2019, recibió la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 2010 y 2012 se le concedió el Premio Mejores Obras Literarias de Autores Nacionales, por los libros Industrias CHILE S.A. y El País Nocturno y Enemigo.



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