01 Jul 2022

434. POESÍA URUGUAYA. JORGE PALMA

-17 Abr 2022

 

MIRANDO PASAR LOS BARCOS

 

Vengo a ver

la resurrección de la luna.

 

A mis espaldas, la ciudad

agoniza en su falsa intimidad.

No cuenten conmigo hoy

para velar a sus muertos.

He venido a ver

la resurrección de la luna.

 

Un barco, inmenso y negro

como la muerte, pasa

empujando el día.

Hay zozobra en la ciudad

y quedan, todavía en llamas,

gritos atravesando el viento.

 

Vengo a ver la resurrección

de la luna.

 

Mientras miro pasar los barcos,

la humedad hace nidos

y la carcoma anuncia

una nueva devastación.

Crujen las casas

de los olvidados de la tierra

y yo vengo a ver

la resurrección de la luna.

 

Los barcos abren el agua

y yo me pregunto de qué

hablarán en las cubiertas

en los camarotes

si alguno siente crujir

en sus dedos

el olor de la humedad

de los olvidados de la tierra,

cada vez que juegan

con un trozo de pan.

A mis espaldas

la ciudad corre, se infarta,

devora trozos de cielo, mientras

reparte lluvia en viejos canastos.

 

Señor, vengo a ver

la resurrección de la luna,

y sólo veo barcos, enormes

y negros como la muerte.

¿Dónde está la luna, Padre?

Esto empieza a congelarse

y oscurece.

La ciudad corre, se infarta,

mientras reparte lluvia

en viejos canastos.

 

Pero no llueve sobre mi rostro.

Pero no llueve sobre mis manos.

 

Llueve en las  casas húmedas.

Llueve en los patios sin luna

donde la ropa tendida

no se termina nunca de secar.

 

¿Por qué les siguen pagando

con sal, a los más solos

de la tierra?

¿Hay algo que no he

comprendido realmente?

¿Alguien  puede explicármelo

de una buena vez?

Traigan sus ábacos

y pizarrones.

La luna tarda en salir

y un gemido de parto

atraviesa esta tierra.

 

Yo he venido a ver

la resurrección de la luna.

Y lo único que veo

son barcos enormes, negros

como la muerte,

entrando y saliendo

de la ciudad.

 

 

ROBOS

 

Hay quien roba pedacitos de cielo

porque ya no tiene con qué darle

de comer al corazón.

O le roba la falda y los pechos

al frutero, al farmacéutico,

al dueño del circo, y se queda

entonces con la mujer del trapecio.

Hay quien roba pedacitos de cielo.

 

Hay quien roba sonrisas, tiempo

en los relojes

sueños de mampostería

ropa de los alambres

o agua pura de los manantiales.

 

Hay quien roba miradas, órganos,

vacas y terneros, y se contenta

del magnífico vilipendio.

 

Hay quien roba trompos

de los escaparates,

y pelucas

o máquinas de hacer risa

o bombas de alquitrán

o bolsas de harina

de las puertas de las panaderías.

 

Hay quien roba aire besos suspiros,

labios para otros

cuerpos para los que llegan

de madrugada.

 

Hay quien roba relojes lámparas,

aviones y faroles de las plazas

y paginas de la historia

y paraguas

y años de los almanaques

y el legítimo derecho de elegir

y ser otro,

de tener una casa un árbol

un libro que no sea de arena

ni hambre en los bolsillos

ni los párpados llenos de droga

ni alcohol en las venas

y en la mirada

ni furia contenida por generaciones

ni hogares de lata

fabricados por la avaricia

y el desinterés.

 

Hay quién roba pedacitos de cielo

porque ya no tiene con que darle

de comer al corazón.

Porque no tiene con qué darle

de comer a tanta rabia.

 

 

MALABARES

 

En las esquinas del frío

el hambre hace malabares,

tira mancuernas al aire

traga antorchas

disimula el ruido de sus huesos

haciendo malabares.

 

En las cocinas más pobres

las mujeres hacen malabares

con el arroz las papas los boniatos

con siete monedas

y una carcaza de pollo

con un huevo una manzana

con tres panes diminutos

esperando solos en una mesa vacía.

 

Los obreros de las fábricas

hacen malabares.

Los vendedores de paraguas

hacen malabares

al final de la jornada.

 

En los hospitales de Dios

los pobres hacen malabares.

Las camillas

hacen malabares.

El algodón y las gasas

hacen malabares.

La sangre

las proteínas

el ácido nucleico

hace malabares

en un cuerpo que hace malabares

para sobrevivir.

 

Malabares

a la hora de comer.

Malabares

a la hora de buscar,

como un obseso, una camilla,

un balón de oxigeno

un tubo de ensayo.

Malabares

en las esquinas de la ciudad.

Malabares

con panes y cucharas.

Malabares

con los huesos que tiemblan,

crujen, sacan canas verdes

cumpliendo las leyes del mercado,

en las esquinas del frío

donde el hambre pone huevos,

seguros, intactos, como el primer día.

 

 

INTEMPERIE

 

Camas.

Camas en las veredas

del mundo.

Camas

en las esquinas del cielo.

 

Camas en las ramas

de los árboles.

Camas en las raíces

de la lluvia.

Camas en los racimos

del llanto.

Lluvia en las manos

del hombre solo

que pasa con una cama

colgada de su omóplato

haciendo malabares

con un montón de palos

trozos de algo

que fue un armario

un comedor

un guarda bultos

en la abultada colección

de la señora piel de diamante.

Camas solitarias

en las veredas del mundo.

Camas mojadas por la lluvia

en las esquinas del cielo.

 

Y más camas que se replican

debajo del sueño de los otros.

Debajo de las catedrales

y las escuelas

debajo de los restoranes

y los días de lluvia

debajo de las fábricas

de ataúdes.

 

Camas camas y más camas

debajo de la risa idiota

de un coleccionista de pájaros.

 

Intemperie, señor mío.

Intemperie.

 

Al árbol, lo que es

del árbol.

Al cielo,

lo que es del cielo.

 

Nombremos las cosas por su nombre:

clavo, herradura, sentencia, malparido,

deshonesto, mago o hechicero.

 

Los niños de los suburbios

son vendidos en las fronteras

y un bosque entero se incendia

cada vez que un hijo del cielo

cae en las aguas revueltas

del río turbio.

 

Intemperie,

señoras y señores.

¡Intemperie!

 

Dolor en los huesos.

Tristeza infinita.

Inaceptable

acumulación del sinsabor.

 

¿Dónde, en qué lugar del desierto,

sepultaron los 37.000 volúmenes

de la historia Universal?

 

La desidia teje trampas.

Construye capullos de miedo

en los abismos del alma

y duele más que el llanto

el ronco amanecer del invierno.

 

¿Quién se está comiendo a sus hijos

en el centro del bosque?

 

Alguien ha dicho, rascándose

con una uña, la comisura de los labios:

“Con los huesos harán palos, para tocar

sus viejos tambores, hasta que desaparezca

el firmamento”

 

Y no quede piedra sobre piedra.

Y no quede

ni el más mínimo rastro

de lo que fueron

los pobres de la tierra.

 

 

CARTA AL VENDEDOR DE PAJAROS

 

Acuérdate de los niños del barrio

cuando se haya marchado

el último pájaro,

cuando sólo quede en el aire

el olor acre de la fricción,

del arranque intempestivo,

quemando combustible, sangre,

la vida misma.

 

Acuérdate de los niños del barrio

cuando no queden pájaros

en el cielo,

cuando los últimos salgan

como un temporal de los balcones,

de las salas velatorias

de los campanarios

de los bolsillos de los médicos

del cabello anaranjado de las mujeres

de la vida

de las faldas de las modistas

de los pizarrones de las escuelas

de las pensiones

de las casas de citas

de los cementerios…

Acuérdate de los niños del barrio

cuando no queden pájaros

en el cielo

y no queden pájaros

en tus jaulas

y no queden sonidos

en los bosques

y no rían los niños

en las escuelas

y nadie cante cuando amanezca

y ningún sonido corte la tarde

y nada suene en el aire

cuando arranque a nacer la primavera.

 

Acuérdate de los niños del barrio

cuando no queden pájaros,

cuando nadie sepa cómo latía

su alegre corazón errante,

cómo era cuando su cuerpo tibio

curaba todas las heridas,

antes, mucho antes,

que la tierra fuera opaca,

el cielo frío,

y  los días

interminables y sin sonido.

 

 

Jorge Palma (Uruguay) Poeta, narrador, periodista y divulgador. Publicaciones: Entre el viento y la sombra, 1989. El Olvido, 1990. La Vía láctea, 2006. Diarios del cielo, 2006. Lugar de las utopías, 2007. La voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas, 2018. Narrativa: Paraísos artificiales, 1990 (cuentos). Su poesía ha sido publicada en varias revistas internacionales y traducida a varios idiomas. Ha participado en diversos festivales internacionales de poesía.

 

 



Compartir