24 Jul 2021

22. MARCO ANTONIO MURILLO. PREMIO DE LITERATURA CIUDAD Y NATURALEZA JOSÉ EMILIO PACHECO 2020

-23 Oct 2020

Nueva York, a 24 de octubre de 2020

 

Marco Antonio Murillo, poeta mexicano, originario de Yucatán, es el ganador del Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020, convocdo por la Universidad de Guadalajara, mediante el Museo de Ciencias Ambientales del Centro Cultural Universitario, en colaboración con la FIL Guadalajara.

La noticia se dio a conocer el día de ayer, en diferentes medios de comunicación. Al certamen se inscribieron 134 obras provenientes de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, México, Puerto Rico, Suecia, Uruguay y Venezuela. El jurado, conformado por Elisa Díaz Castelo, Pura López Colomé y Hernán Bravo Varela, decidió, por unanimidad, otorgar el premio a Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, obra de Murillo, firmada con el seudónimo de "Julia". 

A decir del jurado, "Se trata de un poemario sólido, profundo, anclado en la palabra y sus múltiples significados, en la travesía de la imagen poética”. El poeta yucateco, por este lauro, recibirá diez mil dólares estadounidenses, además de la publicación de su libro. 

La premiación se llevará a cabo el sábado 5 de diciembre, a las 16:00 horas, en la edición especial en línea de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que se podrá seguir en la página www.fil.com.mx.

Nueva York Poetry Review felicita al poeta Marco Antonio Murillo por haber ganado este importante premio, y agradece que comparta con sus lectores "Carta de relación", texto incluido en Derrota de mar, publicado por Jaguar Ediciones en 2019.

 

 

 

CARTA DE RELACIÓN

 

 

y saltando en tierra, halló el pueblo sin gente como si nunca fuese poblado…

HERNÁN CORTÉS

 

 

Una mujer joven jala la puerta de una casa frente al mar, en su anular izquierdo se deja ver la marca de un anillo. Es el 15 de septiembre de 1988 y el huracán Gilberto acaba de asolar la costa yucateca. El pomo de la puerta está frío, su metal entume la mano de la mujer. Adentro, el agua estancada contiene una lenta luz de alga, verde, sin brillo, empantanando el silencio de algunos rincones. Los objetos flotan sonámbulamente sobre la superficie marina de los azulejos: el agua hincha los muebles, mece el sillón, pudre los hilos de las hamacas, encalla el peso del refrigerador en el marco de una puerta. La mujer sale de la casa, el tiempo está nublado. En la playa, algunas gaviotas pican la plata de los peces, otras intentan extraer el sol del bagazo de un cangrejo muerto. Junto a la casa, el limonero y la buganvilla sobre los muros son una sola lluvia que languidece pero no se acaba, un rocío que chispea débilmente entre cables de luz caídos. El buzón derribado es una jaula abierta, todavía la habitan minúsculas formas del mar: el sueño de un molusco, el bostezo de varios caracoles diminutos, granos de arena. La mujer se inclina y encuentra en el buzón una carta. La abre como un mapa. Con la mano derecha sacude la arena de las hojas. Comienza a leer:

 

 

Si vuelves a casa

verás que el mar es piadoso,

no destruye, pero se lleva las cosas;

entra por las rejas del patio,

se detiene en el zaguán

y vuelve a su antiguo orden,

dejando atrás los devastados paisajes del muelle.

 

El mar es piadoso en su huida,

en su reflujo de mantarraya inmensa.

Escúchalo respirar,

los calmos sonidos de sus branquias

no tocan tus oídos,

pero te mojan los zapatos,

se internan en ellos, los anegan.

La espuma, ¿no te recuerda esos meses

en que empezaron a hundirse los cimientos de la  casa?

 

Mírala

acaso sin techumbre, descascarada,

con el patio enmanglarado;

no culpes a las tempestades marinas,

sino al paso de nosotros por los pasillos.

También yo tengo los ánimos negros:

uno prepara su mejor nudo para un tipo de tristeza,

lo ata fuerte,

lo aprieta,

pero llega una sal amarga

y descubre que la vida en casa no es como el clima:

es imposible protegerse los pulmones y la calma a tiempo.

 

El mar es piadoso, nos oye, sus olas van y vienen

según la espuma de nuestro cansancio.

¿En qué verano, a qué hora al despertar

el sexo se volvió un mal comercio

de especias y metales preciosos?

Una mañana te escuché orinar

como si un hilo de sol se enrollara en los oídos del día.

Entré al baño y vinieron los nombres del agua:

el sudor, tu cercano olor a mar,

la regadera:

tu cuerpo y el agua,

tu cuerpo delineado por el agua.

“Hueles a mí”, me dijiste,

fue como si un pulpo se instalara cómodamente en su vasija,

y nos reímos.

 

Un día, sin darnos cuenta,

tuvimos sed,

pero el agua de vivir juntos se volvió salada.

¿Te acuerdas? Los quehaceres diarios pesaron como plomada,

el hastío de sentarse en la misma mesa surgió de pronto.

Su sal descascaraba las paredes

y aunque las repintáramos, de nada servía.

Luego vino el odio

lento, sin habla

goteando desde las vigas del techo

hasta una cubeta que parecía rebosarnos.

Y te quejabas

y yo gritaba:

“¡Mujer, aleja tu lumbre de mi rostro!”

y la noche era una furia

que nos arrebataba el sueño

y desgarraba las almohadas.

Ese era el dolor que nos teníamos,

como nombrarnos a diario los barcos de nuestra amargura:

Malasangre,

Vela Partida,

Pecio Adolorido,

Fiebre Roja,

Calambre,

Maligna       y Volcánica.

 

El mar es piadoso. El hombre y la mujer

son un muelle que el salitre corroe sin remedio,

sus entrañas sirven de almacén

para la fruta podrida de sufrir.

Uno prepara su mejor nudo,

lo ata fuerte

como si asegurara su vida,

pero al lanzarse a la maravilla del mar,

mira su calendario: es martes,

martes de romperse las amarras,

ser arrastrado por las olas y boquear:

“¡El amor quema, me escuece la espalda!”.

Es mejor alejarse de sus playas volcánicas,

esas orillas de arena ceniza,

antes de que lo amado se instale en los ojos

y baje a quemar la lengua hasta quitarnos la voz.

 

 

Un domingo desperté con ganas de reconciliarme.

Quise abrir el refrigerador

y deshacerme de lo que estuviera podrido:

mis pulmones congelados como un iceberg,

mi piel sudorosa de tanto amor biliar.

Quise tomar un puñado de semillas de la alhacena

y despertarte:

“¡Mira, esta será la tierra de querernos!”.

Pero cuando fui a verte

tu hamaca colgaba como una red vacía.

No estabas en la playa observando, escuchando

como amanecía el puerto por sus motores,

como allí donde el olor de la luna había clareado el agua,

ahora se cubría de un fino arcoíris de gasolina.

No te encontré, pero en la mesa de la sala

había una nota, tu anillo de oro encima de ella:

“… lo siento. Desde hace meses nuestros gritos y tus humores me acalambraron los huesos. Alguien dirá que éramos muy jóvenes, pero en realidad envejecimos más rápido que las paredes de esta casa”.

Leí. Dos, tres, no sé cuántas veces,

qué ingenuo fui,

pensaba que leerte era la única forma para reconciliarme contigo.

 

Lo que siguió es un norte que me adensa la sombra,

un mal tiempo que no permite que nada ya duerma en esta casa:

el crujir de muebles,

las goteras,

el silbido de las cortinas

y los moscos que traspasan el miriñaque.

Pareciera que las cosas hacen más ruido cuando uno está solo

y solo lo acompaña su sombra.

 

Esta casa ya no me tolera,

ni yo tolero su peso sobre mi espalda.

Mis hermanas me dicen que la cierre

y deje morir la historia de sus recámaras

y me vaya a vivir un tiempo con ellas.

No sé, aún no decido.

Sigo creyendo que el mar es piadoso,

no destruye las cosas, las limpia

llevándose los sargazos enredados en nuestra angustia.

 

Cuando se va, algo deja

como un pequeño brillo entre las piedras,

acaso una espuma; ojalá pudieras verlo.

 

 

La lluvia arrecia, cae sobre la carta y corre la tinta. La mujer la arruga y la tira a un charco donde un par de ramas de limón flotan. Nunca será leída por nadie más. La casa ha quedado abierta, su vacío será morada eterna para el mar. La mujer sube a su auto, gira la llave y enciende la radio. Se escucha la voz omnipotente del locutor: El huracán entró por Puerto Morelos a las 5:50 de la mañana, con vientos de 300 kilómetros por hora; pasó por Tizimín a las 3:30 de la tarde y a las 6:30 salió al Golfo por el rumbo de Telchac. En los primeros minutos de hoy se hallaba en mar abierto. Es muy temprano para representar con cifras el desastre. El carro comienza a andar. La mujer cambia de estación, suena un bolero: Un poco de calor en nuestras vidas y una poca de luz en nuestra aurora. El vehículo sale del puerto hacia la carretera. Esa música se parece a la piedad del mar.

 

 

Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986). MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Lic. en Literatura Latinoamericana por la UADY. Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco (2020), Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009) y Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015). Ha sido Becario del PECDA (2009), de University Grant (2013- 2016) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores (2019-2020). Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014) y Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019). Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015). Ha sido editor de la revista Bilingüe Río Grande Review (2013-2015), parte del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (2015-2016) y de la revista Pliego 16 (2016-2018).



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