28 Jul 2021

12. POESÍA ESPAÑOLA. FERNANDO OPERÉ

-21 Nov 2020

 

EL SOMBRERO

 

Me he puesto su sombrero, es su herencia.

Falta su frente y su dolor

cuando la vida se enturbiaba

y quién sabe qué sueño o ángel

lo acompañó en los últimos miedos.

 

Me lo pongo y me miro en el espejo.

Nada permanece de su luz,

sólo un sombrero de lana

que alguien le compró en un viaje a Irlanda,

soberbia de verde y paraíso.

El de ahora es un viaje más largo e incierto.

No sé a qué nube o galaxia.

 

Las cenizas reposan en una vasija en la iglesia

que amansó su miedo y le dio cobijo.

 

A mis hijos les digo que las mías

las esparzan en algún cerro

cercano al viento y tránsito de estrellas.

 

Mientras, luzco el sombrero y lo recuerdo

con ese calor que la costumbre

deja entre la piel y la memoria.

Algunos lo llaman corazón, en realidad

es un músculo irregular

aunque su fama ha sobrevivido

la noche de los creyentes.

 

 

TRAS EL HURACÁN

 

Los gatos de San Juan fueron al mar.

Recordaban las tardes del sol

y la dulzura de las mareas.

Mas el huracán, golpeándose el pecho

y crecido en su furia,

se llevó los gatos al mar.

¿Y las palmeras, las torres de las iglesias,

los miradores, los pañales y bicicletas?

En algún sueño de agua descansarán, digo yo.

 

Al amainar pensaba en los gatos de San Juan,

su paciencia felina, la fertilidad

de sus amores nocturnos,

el ronco ronroneo y los maullidos

cuando la tarde reposa

en la línea roja que anticipa la noche,

no en la muerte, ni el huracán,

ni el fin de la esperanza.

 

 

 

PLEGARIAS

 

            A Zack Ludington

 

Padre, qué cansado llegas.

Pareces un viejo abrigo

colgado del perchero.

 

Hijo, qué alto te veo.

Mis mermados huesos

no alcanzan tu estatura,

ni los bruscos cambios del siglo,

ni los boleros.

 

Esposa, qué ajada la carne

en el encuentro.

Parecemos dos nubes tristes

deshaciéndose en un beso.

 

Casa, qué frágiles tus huesos.

La quimera del hogar sólido

se escurre por los desagües,

o es la costumbre de soñar como niños,

y amar enamorados.

 

Madre, ya estamos viejos.

Tú, en tu cielo, y yo

sin para qué ni para dónde.

 

 

EVOCACIÓN

 

Si el momento fuera en Venecia,

en aquella edad de cabellos dorados,

y tardes de mar enigmático y turbio.

Si volviéramos y te llamase

con el lenguaje de la piel

con el que nos comunicamos

en la Barcelona de nuestro encuentro,

ciudad abierta hoy desteñida.

Si fueran Madrid, Padua, Dublín,

las ciudades del amor,

testigos de nuestros pasos y desvaríos.

 

El tiempo invade con nostalgia

al que rememora viajes, aventuras,

noches de vino y estrellas,

secretas confidencias y paisajes

en la Córdoba andaluza, Oslo,

las islas griegas, donde abanderamos

nuestra rebelión y aturdimiento.

 

Presente está el pasado.

Viejas fotografías en negativo

y caja de cartón, imágenes volcadas

sobre los acantilados de la memoria.

 

 

OTOÑO Y BEETHOVEN

 

Al concluir la tarde

observo desde la ventana

árboles en su esplendor otoñal,

pero no acierto con el enjambre

oculto en su fronda.

Quizás me eluden como el hambre

antes del refrigerio

o la espuma al reventar la ola.

 

Apenas distingo esos mundos efímeros

que me rodean, ajenos a mi torpeza

emocional, espacios a los que agarrarse

como a un cigarro ardiendo,

una sinfonía de Beethoven,

o tu rostro que en la foto

declara aquella emoción

que se fue con la tarde,

los diminutos universos y Beethoven

 

 

LA NIÑA DE IPANEMA

 

Ella no miraba.

Indiferente a la arena

se mecía sensual

en sus caderas de eterna juventud

y brisa del mar.

 

Era un día de playa,

de cuerpos al sol sin mundo.

 

Lëdo Ido escribía a su playa de Sobral,

y Jobin su bossa nova a la niña

de Ipanema, imperturbable en el dolor

y los estragos de la selva.

 

Lejos en la Amazonía alguien portaba

un hacha y una sierra.

Los árboles se desplomaban aturdidos.

Los insectos no comprendían

la magnitud de la tragedia.

 

Jobin cantaba “mira que cosa más linda

más llena de gracia”, y el horror verde

crecía como el fuego

y la desesperanza.

 

En el patio de la infancia

los árboles no caían, ni desaparecían

las ranas y las ceibas.

 

Era otra arena, otro planeta

que no veíamos, otra música

que no escuchábamos, otra poesía

sin voluntad de acero,

cántico del mundo indolente,

infancia en una burbuja.

 

 

EN UN COLEGIO EN USA

 

Negra madrugada.

Ante sus ojos de octubre

la noche caía

como una lluvia sin agua.

Quién hubiera argüido

en los años juveniles

que el rencor acumulado

volvería sobre sus pasos

para servir al dolor.

 

Larga noche de hienas

y cielos cobrizos.

En una sala de escuela,

junto a los pupitres,

yacen cuerpos antes de ser,

antes de conocer

las leyes del amor y la belleza.

 

Nadie anticipa la locura,

y él lo vio, atónito, sin lágrimas,

sin duelo ni paternidad,

con la voz ronca

del que lo ha llorado todo.

 

Joan Baez entonaba otra balada.

 

 

6 DE JUNIO DE 2018

 

Junto a la tumba de Bobby Kennedy

asesinado hoy hace cuarenta años,

llora la América que surgió del estrépito.

La inocencia también se quebró

o la ahogaron los ramilletes de flores

y los himnos patrios.

 

Del oscuro túnel del arma asesina surgieron vástagos

que continúan plantando oscuridad

donde la luz ilumina y entona baladas.

 

Yo recuerdo la noticia, el día, los presagios,

el autobús a casa,

el cristal de la ventana

y la lluvia en la calle.

Recuerdo también una cocina de hotel

y el cuerpo inerme de Bobby,

verdugo o mártir.

 

Desde entonces, las rosas se observan en silencio

en Arlington, mausoleo vaciado de historia.

 

 

CAMINO EN CÓRDOBA

 

Leí La Guía de Perplejos

en una judería cordobesa.

Maimónides perplejo también indaga

en la reconciliación de los irreconciliables.

 

La pasión como la ciencia me confunden,

en realidad, no las entiendo.

Divago entre la edad y los turbulentos cielos, 

donde la perplejidad es de nubes y chubascos.

 

Volvimos a pasear por Córdoba

donde un día te amé entre los naranjos.
Todo parecía tan cierto,

como la imprudente juventud.

Permanece el gusto embriagador

de los jardines y el vino rancio.

 

Hace ya tres minutos que dejó de existir

el que nunca me llamó ni conocía.

Su cuchara, el perfil del bolígrafo

las iras y los desamores enmudecieron.

 

¿Cómo resucitar al que ni recuerdas

ni jamás ofreció su sangre a los astros?

No es el pasado el que muere,

somos nosotros en cada minuto de ilusión.

 

 

EN EL HOSPITAL

 

Respira su último aliento,

casi ángel, cuerpo y dolor

con que se abandona puerto.

Algún terror incierto

acompaña su respiración entrecortada

frente al plomo oscuro de los cristales. 

 

Alguna claridad le aguarda,

quizá una voz y el brillo

de un paisaje al final del túnel.

 

No es cáncer sino ancianidad acumulada.

No es dolor de vértebras

sino llagas de la incertidumbre.

 

La noche cae sobre sus párpados

como un pájaro herido,

mientras la boca, ya un erial,

acaba por arder y deviene ceniza.

Sorda entrada a otro mundo.

 

 

Fernando Operé es poeta, historiador, crítico, profesor universitario y director de teatro, nacido en Madrid. Desde 1978 vive en los Estados Unidos, donde en la actualidad es catedrático de Literatura y Cultura de la University of Virginia. Es autor de dieciséis poemarios. Los últimos: La imprudencia de vivir (2018); Pureza demolida (2017); Day Outwits the Clocks (2017); Liturgia de atardecer (2016), La vuelta al mundo en 80 poemas (2012). Como investigador y crítico sus últimos títulos incluyen, Historia de un escenario. 40 años de teatro en español en la Universidad de Virginia (2020); España y las luchas por la modernidad (2018); Relatos de cautivos en las Américas desde Canadá a la Patagonia, siglos XVI al XX (2016).  Es director de teatro, y ha dirigido más de 50 obras todas de autores hispanos. Miembro Numerario de (ANLE) Academia Norteamericana de la Lengua Española.

 



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