28 Jul 2021

117. POESÍA ARGENTINA. HORACIO CASTILLO

-21 Nov 2020

 

ANQUISES SOBRE LOS HOMBROS

 

Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre

los hombros.

Débiles aún, su peso nos impide la marcha,

pero luego se vuelve cada vez más liviano,

hasta que un día deja de sentirse

y advertimos que ha muerto.

Entonces lo abandonamos para siempre

en un recodo del camino

y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

 

 

JEAN BEYAR

 

De Suez, donde vio tantas veces la estatua de Lesseps,

no sabe qué lo trajo aquí,

acaso la eterna ilusión de los hombres,

la felicidad.

Si la halló o no,

si pensó alguna vez huir del destino,

nadie podría saberlo:

ahora se ha echado a morir,

como quien vuelve del trabajo,

desnudo, donde siempre vivió,

a orillas de la historia.

 

 

EL CINOCÉFALO

 

Devoraste el ángulo de ciento ochenta grados que teníamos delante,

devoraste la seguridad de lo absoluto,

devoraste la ilusión de la identidad,

devoraste la posibilidad de afirmación,

devoraste el prestigio de lo real.

Y ahora, a mis pies, esperas el resto,

miras como pidiendo compasión,

como intuyendo

—hocico de perro, corazón de mono—

que no existe culpable.

 

 

LA CIUDAD DEL SOL

 

Expulsados de la ciudad bajo el cargo de fabuladores,

vamos de un lado al otro, durmiendo ya en cuevas,

ya a la intemperie, y alimentándonos de hierbas y raíces

o con la miel de algún panal hallado fortuitamente.

Han venido con nosotros las mujeres y los niños,

y cuando nos reunimos junto al fuego del atardecer,

sus ojos se vuelven una y otra vez hacia las murallas:

después de todo, allí pasamos parte de nuestra vida.

Pero lo exigía la razón. ¿Cómo podían soportar

que llamáramos a la piedra río, al árbol estrella?

¿Cómo podían soportar que llamáramos al pájaro magnolia?

Lo exigía la razón. Y ahora, desde aquí,

vemos con tristeza las anchas puertas de bronce,

las altísimas torres doradas por el sol;

y cuando entran o salen las caravanas

los mercaderes describen las mesas y los vasos de oro,

los magníficos altares cubiertos de ofrendas,

las armas que colman todos los recintos

y que en el próximo milenio, dicen, incendiarán el cielo.

Lo exigía la razón. Y ahora, como una horda,

vamos de un lado al otro balbuceando nuestra lengua,

hablando el dialecto de una ciudad perdida

que ya nadie comprende. ¿Cómo podían soportar

que llamáramos al fuego pez, al agua paloma?

¿Cómo podían soportar que llamáramos a la rosa destino,

ellos, los que creen que las bellotas son bellotas?

 

 

LOS GATOS DE LA ACRÓPOLIS

 

Cómo tiembla la rama de laurel, cómo tiembla toda la morada.

Pero al pie de la columna, a la sombra del mármol,

ellos vigilan. ¿Duermen o sueñan? ¿Están vivos o muertos?

Lejos todo lo miserable: el gran Roedor,

el poder que desgasta la materia del mundo,

lejos lo que quita el sueño, la peste de lo que es.

Cómo tiembla la rama de laurel, cómo tiembla toda la morada.

Pero estáticos, perpendiculares al día,

ellos vigilan. ¿Son momias o espectros? ¿Dioses o demonios?

Y eras tú, Matador de Ratas, siempre bello y siempre joven,

tú que sólo te muestras al que es bueno.

Y eras tú, Matador de Ratas, pero no te veíamos,

tú que sólo te muestras al que es puro.

Lejos todo lo miserable, lejos

la alimaña del corazón, la degradación de la belleza,

lejos el diente de la nada, el embrión de lo que no es.

Tiembla nuevamente la rama de laurel, se estremece toda la morada.

Pero ellos vigilan. Y se detiene el proceso de corrupción.

Te veremos, Matador de Ratas, te veremos y no seremos despreciados.

 

 

MUJER PEINÁNDOSE EN EL ESPEJO

 

El peine va y viene por un campo de azafrán,

mientras la mirada recorre el óvalo del rostro,

las líneas de las cejas,

el lóbulo casi transparente de la oreja,

los ojos donde una sustancia viscosa

la adhiere a pensamientos antiguos,

hasta que una ráfaga la arroja hacia atrás,

lejos, como un pájaro marino,

al jardín donde espera el paso del rey,

pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,

y se sienta con el ramo sobre la falda

a escuchar la música de las rosas,

mientras todo se detiene a su alrededor,

el viento entre las hojas, las palomas en el tejado,

la sombra del mundo sobre sus párpados,

y sube los escalones del Primer Sueño

donde se sienta nuevamente en el jardín

a esperar el paso del rey,

pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,

y subiendo los escalones del Segundo Sueño

se siente con el ramo sobre la falda

a escuchar la música de las rosas,

pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,

y sube los escalones del Tercer Sueño,

siempre con el ramo junto a la falda

y la mirada detenida en el seto,

pero el rey no ha pasado, o ella no lo vio,

y se pierde en los caminos de lo Desconocido,

se extravía hacia Nunca o Ninguna Parte,

en el confín de los sueños, allí donde nace la realidad,

y de pronto se mueven o parece que se mueven las ramas,

alguien ha pasado el umbral de las rosas

y está despierta, viva otra vez.

después del sueño de quinientos años,

y todo se pone otra vez en movimiento,

el viento entre las hojas, las palomas en el tejado,

la sombra del mundo sobre los párpados,

esos labios que ahora se pliegan en una sonrisa

mientras la mano se detiene en el aire

y una manda de soles corre por su espalda hacia la libertad.

 

 

A UNA NUBE QUE PASA

 

Nieve diseminada a la orilla de un lago. ¿O vértebras?

¿Una estrella de mar? ¿El omóplato de un dios?

Sentados en el mármol, al borde del promontorio,

te vimos a la derecha, navegando sobre las ruinas,

sobre la antigua tierra batida por los sueños,

más accesible para las gaviotas que para los caballos.

(Porque todo estalló, porque la forma estalló,

cayó como un anzuelo sobre todas las cosas

y todo mordió el anzuelo: la piedra fue piedra,

el árbol árbol, el asno asno y para siempre;

todo mordió el anzuelo, menos tú, siempre otra,

soplo o alma, nada eternamente en fuga).

Y divisamos a lo lejos la nave de proa azul

y al hombre de anchos hombros dormido junto a la adúltera

—su mano tocando la cadera— y a todos los compañeros

que volvían volvían del amor del olvido.

—Traíamos oro, bronce, mujeres, vino,

traíamos callos, sarna, peste, sueño,

pero de pronto el viento comenzó a soplar,

las olas se encabritaron y la tormenta nos dispersó,

unos hacia el destino, otros hacia el recuerdo.

¿Un hipocampo? ¿La trompa de un elefante?

¿El arco de una espalda? ¿El dorso de un delfín?

(Porque la luz estalló, porque el ojo estalló,

segregó una sustancia blanca —rocío o semen—

y huyó de la materia del límite de la muerte)

mientras navegaban hacia el sur, hacia la playa de Proteo,

y los seguimos largo rato con los prismáticos,

hasta que doblaron el cabo y se perdieron en la bruma.

—Tendidos en la arena, escondidos entre las focas,

esperamos casi sin respirar la llegada de la mañana,

hasta que el astuto nos descubrió y empezó a transformarse.

¿Un pez, un dragón, un árbol de alta copa,

una lengua de fuego, un corpulento jabalí?

Pero ya tirábamos con todas nuestras fuerzas de la red.

—Hay una isla en el cielo, una isla sin raíces,

que flota a la deriva como el tallo de un asfódelo,

patria siempre errante que a la hora del crepúsculo

arroja anclas, garfios, manos al fondo del abismo.

(Porque fijando la forma nada detienes,

pues lo que en ella sobrevive es lo que nunca fue).

Y nos quedamos inmóviles, hasta que sonó el clic

que nos volvió rígidos, amarillentos, eternamente jóvenes.

Este es mi padre, esta es mi madre, este soy yo,

y das vuelta, hijo mío, la hoja del álbum.

 

 

LAS AVENTURAS DE MARCO POLO

 

La forma de preparar el almizcle, monedas hechas de sal,

piedras cuyo fuego dura toda la noche,

que no ha visto el ojo en la travesía,

años por desiertos y sitios escarpados

soportando aguas agrias, aires malsanos.

Pero una calzada de piedra o un paño de seda,

un rubí del tamaño de un brazo,

activan el ánimo para seguir la marcha.

Y aquí y allá praderas amenas,

ríos que atraviesan la novena parte del poniente,

islas donde los mercaderes recogen sándalo o bermejo.

Y la noble cabeza de un reino,

la ciudad favorita de los halconeros

donde se levantan pabellones de perdices reales,

una cuadra de diez mil yeguas blancas para amamantar a la estirpe.

Así hemos recorrido estas jornadas de tierra,

entre hombres que comen carne de serpiente y beben leche de perro,

sin otro heroísmo que mirar cada día lo que debe morir.

Y ahora, en la ancha y bella desembocadura,

todo es tan sólo esta inmensa bóveda

donde se suceden diariamente luces y sombras,

sombras y luces que debemos renunciar

insaciable el ojo, incólume el corazón.

 

 

PABLO ENTRE LOS GENTILES

 

Su pie acostumbrado al desierto,

su ojo, repudiaban el mármol

mientras descendía entre mirtos y laureles,

dioses y héroes, centauros y lapitas.

Y dirigiéndose a la plaza disputó con los gentiles

sobre el dios desconocido

que también habían cantado sus rapsodas

y tenían allí mismo un altar.

De él somos progenie, dijo,

y cuando suene la trompeta,

vendrá a rescatarnos de la muerte,

a poner sobre nuestras cabezas,

no la corona corruptible de los atletas,

sino la guirnalda inaccesible de la resurrección.

Pero ellos, que habían visto volver del Hades

más de un mortal, aunque nunca al padre o al hijo,

a la esposa o al hermano, al extranjero o al enemigo,

rieron y se dispersaron.

Y caminaron hacia el estadio, subieron

las gradas del teatro, entraron a las tabernas,

dispuestos a oír otra vez sobre el punto,

intrigados por ese dios misterioso

que rehusaba el nardo y el apio,

que se negaba a sí mismo,

que atravesaba, como una lanza bárbara,

el costado del sol.

 

 

EXCAVACIONES

 

Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.

Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.

Pero si pones el pie donde estaba el umbral,

si te acercas con la rama de albahaca y un gallo en los brazos,

las sombras vendrán rápidamente a tu encuentro.

Pero si te sientas donde estuvo el umbral,

si cantas con el gallo -con el gallo de la memoria-

todavía puedes recordar, privilegio de los vivos,

todavía puedes olvidar, privilegio de los muertos.

Hasta aquí llegó la vida, dices, y señalas el dintel.

Y ya no sabes si estás del lado de la sombra o del lado de la luz.

Alguien viene a beber sol: extiendes la mano.

Alguien viene a beber sombra: extiendes la mano.

Y cuando el desconocido te pregunta quién eres, no sabes contestar,

cuando le preguntas quién es, no puede contestar.

Canta -pides- pero él no cantará.

Sueña -responde- y tú no entenderás.

Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.

Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.

Y cercas la zona con una cuerda de sol, la cercas con fuego.

¿Qué buscas en la zona de sombra? El perro se ahogó,

las gallinas se ahogaron, se ahogaron los gatos y los dioses.

¿Quién te busca en la zona de sombra? El pasto creció,

creció el viento que viene del olvido.

El aire tragó las tímidas palomas.

Y aquellos esbeltos caballos lustrosos.

Recuerda: lo que ahora no recuerdes nunca volverá.

Olvida: lo que ahora no olvides nunca lo olvidarás.

Y pasas de la zona de sombra a la zona de sol.

¿Qué buscas en la zona de sol? No sabes qué buscas,

mirando las ropas tendidas detrás del tiempo,

subiendo escalinatas que sólo llevan al vacío,

abriendo y cerrando puertas que no existen.

Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.

Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.

Y sentándote nuevamente donde estuvo el umbral

cierras los brazos, encoges las piernas, te duermes

en la gran matriz del llanto, si todo no fue un sueño.

 

 

ALASKA

 

El ojo de la foca —mi amuleto— me llevará hasta el oso blanco.

¿Hay algo más bello que perseguir al oso blanco en el océano blanco?

Hace muchos sueños que sigo sus rastros, estas pisadas

en la nieve que el viento borra y no llevan a ninguna parte;

y los ojos, de tanto mirar, ya han dejado de ver.

Pero, a veces, en la inmensa blancura, he creído escuchar una especie de lamento,

un bostezo no parecido al de ninguna otra criatura viviente;

y cuando aparecen los primeros pelos de la sombra

y el sol sangra cada vez más hasta desaparecer,

alguien ha visto una silueta sobre la ladera

convirtiendo la noche en día, la oscuridad en luz.

Ahora se ha agotado el aceite de la lámpara,

las estrellas emigran hacia la tierra del caribú

y los hombres, excitados, colocan las trampas,

esperan la presa que se oculta para mostrarse.

¿Qué es ese resplandor en la escarpada colina?

Tres veces he frotado el ojo de la muerte,

tres veces prometí las vísceras a los hombres y los perros,

tres veces ofrecí como cebo mi corazón.

Y un día temblarán los cielos y la tierra,

un día la vara mortal atravesará su cuerpo,

y entonces colgaremos de un asta su vejiga

para ahuyentar la sombra y el espíritu de la sombra.

Luego arrastraremos sus restos cuesta abajo, hacia el mar.

y envueltos para siempre en la piel inmaculada,

seguiremos la marcha riendo clamorosamente

y dándonos los unos a los otros grandes palmadas en la espalda.

 

 

OMPHALOS

 

Toma una piedra —dijo el mensajero— y marca el centro del mundo.

Pregunté de puerta en puerta, de plaza en plaza, de ciudad en ciudad,

pero nadie sabía responder. Y seguí a tientas el camino,

perdiendo a veces el rumbo, volviéndolo a encontrar,

confiando solamente en las palabras de los mensajeros:

Toma una piedra y marca el centro del mundo.

Más de una vez estuve a punto de renunciar

de echarme para siempre junto al sueño de los padres,

pero de pronto el corazón comenzaba a saltar dentro del pecho,

venían a mi boca palabras de una lengua desconocida,

y apresurando el paso exclamaba: Antes de que se vaya la estrella.

Así llegué a una tierra donde lo primero que vi

fue un hombre que había hecho un agujero en una tumba

y echando agua fresca, repetía: Bebe, hijo mío.

Después vi una multitud que excavaba el lugar

y sacando los huesos de los muertos los llevaba en un carro,

delante del cual iba una mujer arrojando piedras al sol

y gritando: Ocúltate, para que la muerte no encuentre el camino.

También vi un pájaro que había salido de un pozo

y estaba sobre el brocal, junto al cual las mujeres

se habían congregado para interrogarlo:

¿Qué has visto allá abajo? —decían. Y el pájaro contestaba:

He visto hombres rapados, muchachas despeinadas,

niños mordiendo la manzana oscura de la nada.

Entonces las mujeres se asomaban a la boca del pozo

y arrojaban, gimiendo, grandes ramos de albahaca.

Había allí un árbol gigantesco, un tronco petrificado

junto al cual las muchachas llenaban de lana las almohadas

y colchones, y trenzando los cabellos de la novia, cantaban:

«Oh mi blanco algodonero, nadie te arrebatará,

y nuestro patio tendrá gracia, nuestra casa luz».

Los hombres bailaban gravemente en círculo

y el que llevaba la ronda, golpeando el suelo con el pie,

cantaba: «Esta es la tierra que nos comerá,

esta es la tierra que come niños, flores y muchachas».

Llegué junto al árbol y bailé con aquellos hombres,

tomados del hombro bailamos toda la noche,

hasta que mi boca empezó a balbucear una lengua desconocida

y volví a oír la voz del mensajero:

Toma una piedra y marca el centro del mundo.

Tomé una piedra y la puse junto al árbol

y la piedra se llenó de hojas, el árbol de sol.

 

 

EN EL MUSLO DEL DIOS

 

En el muslo del dios, de padre libidinoso

como todos los padres y madres, ay, fulminada,

me dispongo a nacer. ¿Pero qué me trajo aquí,

a este lugar secreto donde estoy a cubierto

de toda duda, de los que exigen la prueba

que nadie puede resistir —lo patente— y se exponen

al rayo? ¿Quién me trajo aquí, lejos de todo celo,

de los que un día me despedazaron y cocieron

mis miembros en un caldero o, según otros,

—y es lo que yo creo— me condenaron al polvo?

De todos modos no podían contra mí, contra

este corazón que alguien prestamente recogió y lavó y guardó,

a expensas del cual ha sido reconstituido

mi segundo cuerpo, animado por la misma alma

que permaneció tres días en la profundidad del infierno

—mi alma, que la muerte no pudo corromper

y que ahora, escondida, espera la verdadera ebriedad.

Porque sin despedazamiento no hay redención, sin muerte

no hay conocimiento, y traigo como prueba este cesto de uvas,

el misterio de la planta que nace de la ceniza

y crece y se expande y ofrenda al Universo

una nueva savia: gozo, no expiación.

¡Santa luz del día y torbellino celeste

de una nube viajera: danzo, luego soy!

Y tú, ternera de la tiniebla, alza también el pie,

salta, brinca, muerde, hinca, rompe, grita,

grita conmigo, el grito que te hará nacer.

Yo he vencido al mundo: alzo el tirso y el agua se convierte en vino,

bajo el tirso y se multiplican los panes y los peces,

y una vid infinita se ramifica entre las galaxias

y colma de pámpanos el sol y las demás estrellas.

A su sombra se ha tendido la mesa, se han dispuesto

el pan y el vino y nos aprestamos a cenar:

tomad y comed, éste es mi cuerpo,

tomad y bebed, ésta es mi sangre.

Ya está en llamas la perfumada cabellera,

arde la corona de hiedra y las hojas, crepitando,

se convierte en espinas; pero el vinagre sabe a miel,

y un río de flechas corre hacia el centro mismo de la Cruz.

Tomad y comed, éste es mi cuerpo

tomad y bebed, ésta es mi sangre

y tú, perra del Paraíso, alza también el pie,

ríe, canta, gime, danza, sueña, sangra,

sangra la sangre sin principio ni fin, sangra, sangra.

 

 

Horacio Castillo (Ensenada, Provincia de Buenos Aires 1934–La Plata 5 de julio de 2010) fue un poeta, ensayista y traductor argentino. Miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Realizó diversas traducciones del griego. Entre sus libros están: Tuerto rey (1982, poesía), Alaska (1993, poesía), Los gatos de la Acrópolis (1998, poesía), Cendra (2000, poesía), Música de la víctima y otros poemas (2003, poesía), Mandala (2005, poesía).  La casa del ahorcado (reúne su obra poética de 1974-1999) y Por un poco más de luz (reúne su obra poética de 1974-2005).

 



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