11 Abr 2021

126. POESÍA MEXICANA. JOSÉ CARLOS BECERRA

-13 Dic 2020

 

JOSÉ CARLOS RECORRE LOS CONTINENTES Y LAS ISLAS FUTURISTAS

 

 

En el año 2011 tuve la oportunidad de visitar México por segunda vez. Aquella vez fue una experiencia fabulosa el compartir con creadores de diversas partes de nuestra América. Nos hospedamos en un hostal ubicado a unas cuadras del Zócalo. Indagando sobre poetas me hablaron acerca de José Carlos Becerra, de su temprana muerte y de su legado recogido en la célebre obra El otoño recorre las islas. Se me dijo que sería difícil conseguir aquel tomo y gracias a una visita a una librería Gandhi, pude hacerme del preciado libro al igual que el extraño Medusario, compilado por José Kozer, Jacobo Sefamí y Roberto Echavarren, donde aparece antologado. Leer y repasar cada una de las páginas de los libros dejados por Becerra es una experiencia fascinante. Gracias a José Emilio Pacheco, a Gabriel Zaid y a las palabras de Octavio Paz, podemos las siguientes generaciones de poetas y lectores de acercarnos a un creador deslumbrante. Su obra "Los Muelles", donde se perfila ese tono rítmico de su poesía; "Oscura Palabra", una de las más hermosas elegías a la muerte de la madre que se conocen, "La Venta", donde pareciesen hablarnos las enormes cabezas olmecas desde su basalto antropomorfo, "Fiestas de invierno", "Como retrasar la aparición de las hormigas", "Fotografía junto a un tulipán", nos revelan una altísima sensibilidad y gran dominio del versículo y las metáforas siguen allí restallando, con su poderío, con su frescura y con su vertiginoso vuelo en nuestra lengua. 

José Carlos Becerra en este 2020 cumplió sus cincuenta años de aniversario luctuoso. Hace medio siglo murió en Italia con el sueño de llegar hasta Grecia. En el viejo auto que compró estaban los manuscritos de muchos de sus poemas. Siempre es de meditar sobre lo que hubiese ocurrido y escrito sin su partida tan inesperada. Él se merece todos los homenajes y ser leído fuera de su México donde muchos poetas lo mencionan, lo valoran y lo promueven para el conocimiento y atenta lectura de otros escritores. En uno de mis recientes viajes, en 2019, por el centenario de la costarricense Eunice Odio y por una serie de eventos en el Museo de Bellas Artes y en el Museo Mural Diego Rivera: mientras me quedaba en casa de la querida poeta Carmen Nozal visité una librería de viejo en la Colonia Roma y allí por azar, estaba un ejemplar de aquella primera edición de El Otoño recorre las islas publicado por Ediciones Era en 1973; luego gracias al poeta Francisco Trejo pude obtener la primera edición de Relación de los hechos y por un regalo de mi maestro César Young poseo el diminuto libro Poesía Joven de México donde José Carlos aparece.

Leer sus epistolarios, las entrevistas realizadas es una manera de ahondar en sus opiniones, gustos, situaciones personales, proyectos y en un espíritu que vivía en estado pleno de creación y de poesía; lo que lo llevó a recorrer continentes, territorios e islas. Gracias, José Carlos, por tus poemas, por este gran legado que seguimos admirando, celebrando, desde cualquier ciudad, desde mi Ocú y desde mi Panamá, rodeado por mares, así como tú dices:

He venido cuando el otoño le da a la ciudad una carta del mar.

He venido a decirlo.

 

Javier Alvarado

Panamá, diciembre de 2020

 

José Carlos Becerra, por Ricardo Salazar (Recuperado de Ediciones Era, 1973)

 

 

  

 

 

OSCURA PALABRA

 

A mis hermanas

† 6 de septiembre de 1964

 

 

José Carlos Becerra, con Mélida Ramos de Becerra, su madre

(fotografía de la Fundación José Carlos Becerra)

 

1

Hoy llueve, es tu primera lluvia, el abismo deshace su rostro.

Cosas que caen por nada. Vacilaciones, pasos de prisa, atropellamientos,

crujido de muebles que cambian de sitio, collares rotos de súbito; todo forma parte de

este ruido terco de la lluvia.

 

Hoy llueve por nada, por no decir nada.

 

Hoy llueve, y la lluvia nos ha hecho entrar en casa a todos, menos a ti.


Algo se ha roto en alguna parte. En algún sitio hay una terrible descompostura y alguien ha mandado llamar a unos extraños artesanos para arreglarla. Así suena la lluvia en el tejado. Carpinteros desconocidos martillean implacables.

 

¿Qué están cubriendo? ¿A quién están guardando?

¡Qué bien cumple su tarea la lluvia, qué eficaz!

 

Algo se ha roto, algo se ha roto. Algo anda mal en el ruido de la lluvia. Por eso el viento husmea así; con su cara de muros con lama, con sus bigotes de agua. Y uno no quiere que el viento entre en la casa como si se tratara de un animal desconocido.

 

Y hay algo ciego en el modo como golpea la lluvia en el tejado. Hay pasos precipitados, confusas exclamaciones, puertas cerrándose de golpe, escaleras por donde seres extraños suben y bajan de prisa.

 

Esta lluvia quién sabe por qué. Tanta agua repitiendo lo mismo.

 

La mañana con su corazón de aluminio me rodea por todas partes; por la casa y el patio, por el norte y el alma, por el viento y las manos.

 

Telaraña de lluvia sobre la ciudad.

 

Hoy llueve por primera vez, ¡tan pronto!

 

Hoy todo tiene tus cincos días, y yo nada sé mirando la lluvia.

 

(11 de septiembre de 1964, Villahermosa)

 

 

2

 

Te oigo ir y venir por tus sitios vacíos,

por tu silencio que reconozco desde lejos, antes de abrir la puerta de la casa

cuando vuelvo de noche.

Te oigo en tu sueño y en las vetas nubladas del alcanfor.

Te oigo cuando escucho otros pasos por el corredor, otra voz que no es la tuya.

Todavía reconozco tus manos de amaranto y plumas gastadas,

aquí, a la orilla de tu océano baldío.

 

Me has dado una cita pero tú no has venido,

y me has mandado a decir con alguien que no conozco,

que te disculpe, que no puedes verme ya.

 

Y ahora, me digo yo abriendo tu ropero, mirando tus vestidos;

¿ahora qué les voy a decir a las rosas que te gustaban tanto,

qué le voy a decir a tu cuarto, mamá?

 

¿Qué les voy a decir a tus cosas, si no puedo

pasarles la mano suavemente y hablarles en voz baja?

 

Te oigo caminar por un corredor

y sé que no puedes voltear a verme porque la puerta,

sin querer, se cerró con este viento

que toda la tarde estuvo soplando.

 

(14 de septiembre de 1964. Villahermosa)

 

 

3

 

En el fondo de la tarde está mi mano muerta.

La lluvia canta en la ventana como una extranjera que piensa con tristeza

en su país lejano.

 

En el fondo de mi cuarto, en el sabor de la comida,

en el ruido lejano de la calle, tengo a mi muerta.

Miro por la ventana;

unas cuantas palabras vacilan en el aire

como hojas de un árbol que se han movido

al olfatear el otoño.

 

Unos pájaros grises picotean los restos de la tarde,

y ahora la lluvia se acerca a mi pecho como si no conociera otro camino

para entrar en la noche.

 

Y allá, abajo, más abajo,

allá donde mi mirada se vuelve niño oscuro,

abajo de mi nombre, está ella sin levantar la cara para verme.

Ella se ha quedado como una ventana

que nadie se acordó de cerrar esta tarde;

una ventana por donde la noche, el viento y la lluvia

entran apagando sus luces

y golpeándolo todo.

 

(28 de octubre de 1964, México)

 

 

4

 

Esta noche yo te siento apoyada en la luz de mi lámpara,

yo te siento acodada en mi corazón;

un ligero temblor del lado de la noche,

un silencio traído sin esfuerzo al despertar de los labios.

 

Siento tus ojos cerrados formando parte de esta luz;

yo sé que no duermes como no duermen los que se han perdido en el mar,

los que se hallan tendidos en un claro de la selva más profunda

sin buscar la estrella polar.

Esta noche hay algo tuyo sin mí aquí presente,

y tus manos están abiertas donde no me conoces.

 

Y eso me pertenece ahora;

la visión de esa mano tendida como se deja el mundo que la noche no tuvo.

Tu mano entregada a mí como una

adopción de las sombras.

 

(20 de diciembre de 1964, México)

 

 

5

 

Yo acudo ciego de golpe a tu llamado,

he caído y en mi camino después no era el mismo,

he caído al dar un paso en falso en la oscuridad de tu pecho.

 

Y no pude gritar: “enciendan la luz o traigan una linterna”,

porque nadie puede iluminar la muerte

y querer acercarse a los muertos es caminar a ciegas y caerse

y no entender nada.

 

Tú y yo, mamá, nos hemos sujetado en quién sabe qué zona ciega,

en qué aguas nos pusimos turbios de mirarnos,

de querernos hablar, de despedirnos si que lo supiéramos.

 

Y esta casa también está ausente, estos muebles me engañan;

me han oído venir y han salido a mi encuentro

disfrazados de sí mismos.

Yo quisiera creerles, hablar de ellos, como antes,

repetir aquel gesto de sentarme a la mesa,

pero ya lo sé todo.

Sé lo que hay donde están ellos y yo, cumpliendo juntos el paisaje

de una pequeña sala, de un comedor sospechosamente en orden.

 

Pero yo tropezaba porque caminaba siguiéndote,

porque quería decirles a todos que volvería enseguida contigo,

que todo era un error, como pronto se vería.

 

Pero no hay luces para caminar así por la casa,

pero no hay luces para caminar así por el mundo,

y yo voy tropezando, abriendo puertas que ni siquiera estaban cerradas;

y sé que no debo seguir, porque los muebles y los cuartos

y la comida en la cocina y esa música en un radio vecino,

todos se sentirían de pronto descubiertos, y entonces

ninguno en la casa sabríamos qué hacer.

 

(24 de diciembre de 1964, México)

 

 

6

 

Yo sé que por alguna causa que no conozco estás de viaje,

un océano más poderoso que la noche te lleva entre sus manos

como una flor dispersa…

 

Tu retrato me mira desde donde no estás,

desde donde no te conozco ni te comprendo.

Allí donde todo es mentira dejas tus ojos para mirarme.

Deposita entonces en mí algunas de esas flores que te han dado,

alguna de esas lágrimas que cierta noche guiaron mis ojos al amanecer;

también en mí hay algo tuyo que no puede ver nadie.

Yo sé que por alguna causa que no conozco te has ido de viaje,

y es como si nunca hubieras estado aquí,

como si sólo fueras —tan pronto— uno de esos cuentos que alguna vieja criada

me contó en la cocina de pequeño.

 

Mienten las cosas que hablan de ti

tu rostro último me mintió al inclinarme sobre él,

porque no eras tú y yo sólo abrazaba aquello que el infinito retiraba

poco a poco, como cae a veces el telón en el teatro,

y algunos espectadores no comprendemos que la función ha terminado

y es necesario salir a la noche lluviosa.

 

Más acá de esas aguas oscuras que golpean las costas de los hombres,

estoy yo hablando de ti como de una historia

que tampoco conozco.

 

(6 de febrero de 1965, México)

 

 

7

 

madre, madre,

 

nada nos une ahora, más que tu muerte,

tu inmensa fotografía como una noche en el pecho,

el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,

tu única voz es el silencio de tantas voces juntas,

 

es preciso que ahora tu blancura acompañe a las flores cortadas,

ningún otro corazón de dormir hay en mí que tus ojos ausentes,

tus labios deshabitados que no tienen que ver con el aire,

tu amor sentado en el sitio en que nada recuerda ni sabe,

ahora mis palabras se han enrojecido en su esfuerzo de alzar el vuelo,

pero nada puede moverse en este sitio donde yo te respondo

           como si tú me estuvieras llamando,

nadie puede infringir las reglas de esta mesa de juego a la que estamos sentados,

 

a solas como el mar que rodea al naufragio

           hemos de contemplarnos tú y yo,

nada nos une ahora, sólo ese silencio,

         único cordón umbilical tendido sobre la noche

como un alimento imposible,

y por allí me desatas para otro silencio,

         en las afueras de estas palabras,

nada nos tiene ahora reunidos, nada nos separa ahora,

ni mi edad ni ninguna otra distancia,

            y tampoco soy el niño que tú quisiste,

no pactamos ni convenimos nada,

nuestras melancolías gemelas no caminaban tomadas de la mano,

pero desde lejos algunas veces se volvían a mirarse

y entonces sonreían,

 

ahora un poco de flores para mí

de las que te llevan,

también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle flores

         ese algo es el niño que fui,

ya nada nos une a los tres,

a ti, a mí, a ese niño.

 

(22 de mayo de 1965, México)

 

 

HOMENAJE EPISTOLAR

(Cartas tomadas de El otoño recorre las islas, Ediciones Era, 1973)

 

 

  

 

Portada de Relación de los Hechos, primera edición

 

 

Río Guadalquivir 58, departamento 201

México 5, Distrito Federal.

 

[28 de septiembre de 1967]

 

Admirado Lezama Lima:

 

Apenas estoy en los umbrales de su libro Orbita de Lezama Lima, y ya el viento que sopla de su interior agita y emite su rumor entre las ramas nacidas y extendidas en el desarrollo de mi vida. Qué manera de turbarlo a uno, de estremecerlo dándole la maravillosa ceguera necesaria para que los primeros pasos sean de tanteo deslumbrado, más de formas ocultas que de luz percibida.

 

Sí, la ``Oda a Julián del Casal’’, ``Llamado del deseoso’’, ``Rapsodia para el mulo’’, ``Para llegar a la Montego Bay’’, etcétera. Y ``Las imágenes posibles’’ y ``Sierpe de Don Luis de Góngora’’. Abro y cierro este libro sin descanso, me detengo en zonas ya transitadas o en otras apenas entrevistas, y la fascinación del laberinto, la caída de Alicia, las columnas que según se dice fueron rescatadas del templo de Salomón, aparecen aquí y allá; hilvanando, rodeando, haciéndose lentamente el meollo de todo.

 

El súbito conocimiento del retorno de un amigo a Cuba (Angel Hidalgo) hace posibles estas líneas apresuradas de exaltada admiración, y el envío para usted de mi primer libro de poesía, Relación de los hechos.

 

Bien poco puedo decirle de mí: estudiante de arquitectura, abandoné estas tareas escolares por la literatura y a ésta pienso servir definitivamente.

 

Cuánto deseo que estas líneas sean el comienzo de una amistad con usted, don José Lezama Lima.

 

Reciba, pues, con mi gran admiración mi profundo deseo de amistad. 

 

José Carlos Becerra

 

 

José Lezama Lima

 

De José Lezama Lima

 

[La Habana, marzo de 1971]

A José Emilio Pacheco

En México

Estimado amigo:

Le envío las tres cartas de nuestro querido amigo el poeta José Carlos Becerra, que era sin duda uno de los mejores poetas jóvenes de México. Su muerte me ha causado una honda tristeza, pues me demostraba a través de sus cartas una simpatía amistosa verdaderamente inolvidable.

Es para mí una alegría para siempre que un poeta de la calidad de José Carlos Becerra mostrase una tan inteligente curiosidad por las cosas que yo he hecho. Esos acercamientos, esas palabras de bondadosa e infinita comprensión son de las cosas que nos estimulan para seguir penetrando en la transparencia misteriosa de la palabra.

Dígale a la familia de Becerra, a su madre, mi dolor ante su muerte, la desesperación que me ocasionó su desaparición en tan creadora juventud. Un abrazo.

 

José Lezama Lima

 

 

 

 

Portada de El otoño recorre las islas, primera edición

  

 

Nueva York Poetry Review reconoce el gran esfuerzo de José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid y Octavio Paz, compiladores de la poesía de Becerra. Asimismo, agradece a la Fundación José Carlos Becerra y a los familiares del poeta, representados por Carla Helina Leppaniemi Becerra, Ma. Carlota Becerra Ramos , Delfina Becerr Ramos y Ma. Cristina Becerra Ramos. Por último, agradece a Eduardo Langagne, por su entusiasmo y por crear los lazos para lograr este homenaje. 

 

José Carlos Becerra (México 1936-1970)  estudió arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México.  Murió muy joven, en un accidente automovilístico en Italia.  Publicó en vida los siguientes libros de poesía:  Oscura palabra (Ediciones Mester, México, 1965) y Relación de los Hechos (Ediciones Era, 1967).  Recibió la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1967-1968 y la Guggenheim en 1969-1970.  Su obra poética (1961-1970) fue reunida en el volumen El otoño recorre las islas (Ediciones Era, México, 1973), segunda edición, México, SEP, Letras Mexicanas, 1985), por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid, con prólogo de Octavio Paz.  Allí se agregan los siguientes libros: Los muelles (1961-1967), La venta (1964-1969), Fiestas de invierno (1967-1970) y Cómo retrasar la aparición de las hormigas (1968-1970); el ensayo Fotografía junto a un tulipán (1969), prólogo a Andrés Calcáneo Díaz (libro de poemas y retratos); y, además, una sección de “Conversaciones” y otra de cartas.  En 1978 apareció una breve antología, con selección y carta de Hugo Gutiérrez Vega (Universidad Nacional Autónoma de México, México.) 

(Tomado de Medusario, Muestra de Poesía Latinoamericana, Primera Edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, realizada por Roberto Echavarren, José Kozer y Jacobo Sefamí.)



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