08 May 2021

34. GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN. DAVID CORTÉS CABÁN

-27 Mar 2021

 

LA CLARIDAD DE LOS ENIGMAS

por

Gabriel Jiménez Emán

 

Mientras pasa la vida,* tiene un título tan sencillo que parece común y es en verdad lo opuesto de su contenido, complejo y repleto de significados insospechados. Cada poema se sostiene en un ritmo basado en frases cortas y tajantes, mientras los puntos seguidos detienen y a la vez dan paso y liberan sentencias llenas de crispación. El corazón, que como vocablo trillado puede ser peligroso por su cercanía con lo cursi o lo patético, marca un compás inmediato nada menos que con la luna, otro de los símbolos de la noche dentro del mayor movimiento estético-literario de Occidente. La luna y la noche, el astro fluyendo y flotando como una lámpara en medio del espíritu, convoca a la imagen de una mujer que a la vez dibuja la imagen del amor huidizo.

Hasta nos provoca tejer un juego literario con estos textos de Cortés Cabán, un malabarismo literario para acompañarlo en su paseo. La mujer lo deja a solas con el canto de un gorrión, y así el poeta continúa en su travesía por el bosque del deseo, mientras la mujer sigue desdibujada en el horizonte de la vida. Surgen entonces las preguntas: aquellas que hacen ver, en medio de la ceguera. Las preguntas en poesía no son para darles respuestas: son respuestas en sí mismas, sólo que no son conclusivas ni se resuelven en argumentaciones, y se ordenan en cada poema de manera complementaria. Así, en los poemas “La ceguera” y “La escena” la mujer es la depositaria de esos sentimientos, de estas nostalgias y de otras preguntas en ausencia. “Entonces yo iba por otro país. Cruzaba un puente y el puente me retenía en la orilla. A esta misma hora debes estar cruzando el otro puente, pensé. Es otoño y las orillas se pierden junto al horizonte”, escribe el poeta. En una pieza titulada “La persuasión” Cortés Cabán enlaza por analogía universal (correspondencias, las llamaría Baudelaire) las imágenes suscitadas en la poesía del venezolano Elisio Jiménez Sierra (mi padre) en su obra Poemas del monje laico, donde Jiménez Sierra se apropia de la imagen del gallo monitor de las estrellas para adjudicarle valores de guía del día y la noche. “No hay nada de qué arrepentirse, dijo el monje. Te aferras al mismo error. El gallo que cantó en la madrugada, ¿es el mismo gallo que cantó entre las sombras?” se pregunta.

Mientras la vida pasa describe una larga caminata, desde los primeros pasos por los territorios anímicos, hasta las calles de Nueva York, donde el poeta puede encontrarse con un anciano que le hace reflexionar: “La soledad llega y acaricia su cuerpo. La soledad se acomoda en sus huesos. Sus huesos giran con su cuerpo.” Poco a poco nos va envolviendo en estos intensos textos a través de un verbo despojado y clarividente. El viento, las estaciones, la noche, el tiempo de Navidad: todo lo que discurre afuera se conecta con la interioridad del otro: la indiferencia, la ausencia, lo imposible. “No hay comienzo, no hay final”, dice, y en ello coincide con Federico Fellini cuando el gran cineasta italiano nos recuerda: “No hay principio, no hay final. Solo la infinita pasión de la vida.”

Pudiera decirse que el libro de Cortés Cabán se encuentra configurado desde lo presentido, desde lo íntimo o lo soñado, pero nunca desde lo imaginado, pues en la obra se puede palpar que todo lo allí acaecido ha sido experimentado intensamente. No hay juegos con el lenguaje, ni truculencias verbales, ni malabarismos por pretensión de innovar o presentar un lenguaje deliberadamente fracturado. Cortés Cabán apuesta por la transparencia. En este sentido, el poema “El alma en silencio” es representativo de tal intensidad. Observemos que nos dice: “Estoy sentado”. En este caso, el cuerpo no sólo siente, sino que piensa. “Estoy perdido sin moverme”, recalca, para otorgar mayor sentido a ese cuerpo que piensa en medio de la tentación de lanzarse al vacío. Es ciertamente uno de los mejores textos del libro.

La despedida también forma parte de este gran trayecto. No podía ser de otra manera. Y la poesía “pequeño garfio que penetra mis huesos, huella de antílope en mis sueños”, es una suerte de herramienta o brújula. Acertadas definiciones para este hálito inmemorial de la palabra, que investiga cada corpúsculo del ser y escarba dentro del corazón humano. Aquí Cortés Cabán se acerca de nuevo al resplandor romántico donde la soledad parece estar en todas partes, hasta en las razones que el corazón intenta dar, pues este tiene sus razones particulares. “El corazón tiene razones que la razón desconoce”, reza el adagio. El poeta parece siempre estar dominado por el impulso de escribir un poema de amor, aunque no sabe cómo hacerlo. “Me tiemblan las manos, se nublan mis ojos. Mi bolígrafo se queda sin tinta. Vuelvo a mí después de estar viajando fuera de mi”, dice. Lo cito completo, pues se trata del centro de una suerte de estética transromántica, donde el amor sí parece tener esa cualidad terapéutica de catarsis, capaz de redimirnos de tanta crueldad, odio e injusticia.

 

 

EL AMOR

 

No sé cómo confesártelo, toda la noche he estado tratando de escribirte un poema de amor. No sé cómo escribir un poema de amor, me tiemblan las manos. Se nublan mis ojos. Mi bolígrafo se queda sin tinta. Vuelvo a mí después de estar viajando fuera de mí. Estamos solos y desolados en la habitación. Escribo el primer verso y lo borro. Levanto la mano y escribo el verbo amar buscando una correspondencia que reproduzca una imagen impecable. Vuelvo a la ventana y miro la lluvia; debo pensar que el amor tiene su rigor, su mar azul libre de impurezas; pero debo hablar de hechos reales para que el amor me salve, para que el amor aproveche y me levante emocionalmente sin destrozarme.

 

Tal vez este texto sea central para la comprensión cabal del libro, por cuanto contiene una confesión íntima y a la vez comporta un ideal de lo que el escritor se propone (inconscientemente) en esta obra. El poeta oficia más por vías de la intuición que del raciocinio, dejándose llevar de un gran olfato metafísico que le lleva a sumergirse en una cotidianidad avasallante, donde la ciudad y el paisaje se perciben como un escenario de fondo: nunca emerge la urbe a un primer plano, cediendo el paso a una poderosa percepción, al olfato antes mencionado: “Los árboles me hablan y se alejan igual que la gente que nos ve pasar. Ahora voy por una calle y tú vas por otra. Parece una ironía, pero estamos en el mismo lugar.”

En este ir o vagar por la vida, el sujeto se desplaza, por ejemplo, por una calle de Manhattan, “mientras la luna cae como oro molido sobre tu cabeza y el viento mueve las faldas de las muchachas”. Este tipo de imágenes se fundan a lo largo de todo el libro, tratando de fijar una existencia que se fuga, por ejemplo, en la soledad de un anciano (que en este caso simboliza, como ningún otro elemento, el paso del tiempo) pero lo hace con una densidad tremenda. El viento es en estos poemas otro de los elementos con una significación notable –y el demiurgo entonces se apodera de este elemento de la vida que fluye— tratando de fijar los objetos amados del existir: la familia, los amigos, la Navidad, los trazos que se hicieron en una pizarra, las calles cubiertas de nieve, los animales, el perro, el gato, el gallo. “Tener un gallo de pelea es como tener al mandatario de una primera potencia hospedado en la casa”, dice. Poemas donde se detecta un amable y finísimo humor.

La verdad es que Cortés Cabán se ha propuesto incluir en su libro el movimiento anímico humano en su más amplio registro, haciendo gala de un personal lirismo. Se percibe –en su condición de poeta hispanoamericano— que ha convivido en la gran ciudad (New York) probando sus ventajas modernas, su progreso material y sus adelantos culturales y académicos, pero también su inhumanidad y sus enfermedades seculares, los viajes hirientes, las estaciones implacables que golpean la memoria, pero siempre está ahí el sentimiento supremo: el poeta no se refugia en ambages cuando encara el difícil motivo del enamoramiento (“El enamorado”, “No sabría decir qué amo más”, “No es lo que piensas”) se pudiera decir que Cabán ha creado un nuevo espacio para desarrollar este tema, esta pasión tan difícil de abordar, y que se vehicula graciosamente en su prosa.

También está, por supuesto, el asunto del Arte Poética. Y en esta ocasión lo aborda con similar desenfado, como ocurre en el texto “El poeta mira la vida” donde el oficiante, que al principio de su existencia se cree un tigre o un superhombre (Superman), termina pareciéndose a una mosca sobre una botella vacía. También hay las críticas del poder y de los políticos (“La tribuna del gobernador”, “Levantar el cadáver”, “Mirando la televisión”) donde la ironía se apodera del texto mediante un espíritu crítico que va a la par de sus sentimientos íntimos, diría yo, pues el poeta se sume de nuevo en la contemplación de una pareja “Los enamorados” y no sabe si están iniciando una relación o si están a punto de separarse. Por lo demás, el tema central del amor sigue convocando hacia su centro textos significativos del libro como son “Ganancias y pérdidas” y “La sed”, mientras que la naturaleza hace su parte en el precioso poema “Árboles” que lo reconcilia con las fuerzas de la tierra. O recuerda a los personajes de historieta con los que jugaba de niño, como “El enmascarado de plata”; o la metáfora del gran país que se ofrece como tabla de salvación en el texto “Todo esto es tan gracioso” donde es perseguido hasta un aeropuerto por una chica sospechosa, y entonces los agentes de policía al registrar su equipaje, sólo encuentran poesía. Uno de los guardias pregunta para qué sirve la poesía, y la respuesta es: “La poesía es un arma cargada de futuro” (Se trata de una expresión del poeta español Gabriel Celaya que tuvo inmensa significación política para la lucha social en los años sesentas del siglo XX).

Remata Cabán este volumen haciendo alusión a la ancianidad del ser en el poema “Cuál es el orden”, donde concluye (y se reinicia el libro dentro de la sensibilidad lectora) este paseo por la vida que ha realizado el poeta para nosotros. Recordemos que en la lectura que realicemos de cualquier gran poeta, nos veremos reflejados nosotros mismos con la humanidad compartida que somos todos. “Debía haber pensado que había un tiempo para todas las cosas, pues nunca llegué a comprender la palabra orden. Es posible pensar que mi vejez sea el desorden.” Haciendo esta ironía sobre sí mismo en medio de unos nietos que lo acompañan, la nuera y los vecinos que opinan que los ancianos tienen la mente en otro mundo, o que un asilo es como un cuento de hadas, el poeta se despide, pensando acaso que la vida se le ha presentado como una forma del orden frente a la muerte. El poeta ha llevado a cabo su experiencia, su ciclo gozoso y expectante, y nos lo transmite con una diafanidad embriagadora.

Es cierto que el lenguaje de Cortés Cabán ha sido diáfano a lo largo de su obra poética; pero esa diafanidad no significa necesariamente una claridad elemental que permita ver todo mediante un acto reflejo o un trasluz verbal, no. Por tal diafanidad más bien debe entenderse un instrumento escritural que permite observar mejor el tamaño de los enigmas, de los esenciales misterios. Ya en El libro de los regresos (1999), del cual he ensayado un acercamiento [[1]] el poeta borinqueño ha logrado uno de los más acertados textos acerca del hombre que vuelve a su provincia interior, a la íntima reconciliación con su paisaje originario, merced a un lenguaje que ha alcanzado una notable cristalización verbal. A la par, funda un territorio espiritual que le permite realizar un viaje por la memoria transfigurada. En su libro posterior Lugar sin fin (2017) donde se desliza el ser ignorando la interminable realidad; es decir, el topos del poeta constituye su propio estar en el mundo, la infinita interrogante que le inquiere desde el centro del por qué, es la razón última de ese territorio que se desplaza, infinito, bajo los pies del demiurgo.

Creo que en esta ocasión Cortés Cabán ha ampliado el espectro de esa búsqueda de espacio físico y humano, la cual se ensancha hacia una dimensión temporal --tampoco estatizada por Cronos--, pues lo que transcurre aquí es vida pura, o en todo caso la vida transita con el tiempo y no a través de él, y a veces a pesar del tiempo mismo. Sin embargo, desde esa abstracción que suele ser el tiempo no es desde donde discurren estos poemas, sino desde un fluir natural que los acoge y los amasa luego en una prosa que por sus mismas características rítmicas, por sus pausas de puntos seguidos e interrogaciones precisas, marcan una expresión distinta en el diapasón lírico de este poeta, en esta oportunidad acogido al ritmo envolvente de un movimiento verbal donde se combinan ciertos giros del romanticismo visionario, la melancolía de la primera modernidad y algunas osadías de la vanguardia, para presentarnos una obra que por muchos motivos podríamos calificar de admirable.

 

 

LO QUE NADIE PUEDE DAR

 

Estoy sentado en el banco de un parque. Cualquiera que sea mi razón, ¿será también la tuya? Las hojas se desprenden y el viento las esparce a lo lejos. ¿Quién debe regresar? ¿Quién debe alejarse? Abro mis ojos y los cierro. Aún sigo ausente. Los días que escogimos para amarnos no existen. No existe el eco, no existe la voz. El yo no existe dijeron los académicos. Las ciudades que visitamos se derrumbaron como palacios de cristal. Los árboles me hablan y se alejan igual que la gente que nos ve pasar. Yo no soy yo. Mi yo va por una calle y tu yo por otra. Parece una ironía, pero estamos en el mismo lugar. Por un momento pensé que tu yo era mi sombra, que era lo más útil para un yo que no busca el comienzo. Hemos visto cómo se borra la tarde y aún no sabemos escoger. Es raro, hemos visto pasar las nubes y tu yo no pudo identificar qué era lo útil, cuál era el éxito, qué lenguaje tenemos que hablar.

 

 

LA CEGUERA

 

¿Cuál es el fruto cuando las palabras muestran la forma del deseo? La luz muestra la forma de mi cuerpo y el cansancio la oculta. No la muestra para engañarme cuando entras con ímpetu. El amor llega hasta mi cuerpo y el tuyo. Cualquiera que sea el destino no lo sabremos. ¿Cuál es u voz? ¿Cuál es el oleaje de tu embarcación? ¿Eres la más hermosa? ¿Soy el hombre que trae el clavel? ¿Cuál es la magia? No sonrías, no añores nada, no toques la orilla. No poseo nada. Soy imperfecto. Mi porvenir gira con el viento. ¿Escuchas el cántico de la espiga dorada?

 

 

DESPEDIDA

 

Me he sentado a ver lo que fui cuando rocé el lápiz sobre la página para escribir el primer verso: crear una casa sobre la arena mirando el río blanco que lame mi pueblo. “Cuestión de ganancias y pérdidas” dije, trazando la primera palabra. Mi perseguidor dentro de mí, riéndose, silbando en el viento. El yo susurrado desapasionado. “Estoy ante la presencia de la Isla sin fin”, le dije a mi corazón. “Te has puesto a escribir sobre lo que amaste”, dice el viento. “Dudo que haya otra forma de vivir”, dije en las profundices del bosque. “Algún día no seremos tan ignorantes”, dijo la mujer que me vio recoger las rosas. “He corrido como un loco sin saber hacia dónde”, le dije a mi corazón. “Los poetas se obsesionan”, murmuró el viento. “Es cierto”, pensé, y arrojé mis cartas sobre la arena.

 

 

EN LA OSCURIDAD

 

¿Qué es lo que viene al caso? Caminamos. La luna cae como oro molido sobre tu cabeza. El viento mueve las faldas de las muchachas que corren solas y traviesas. Hemos propuesto no mirarnos ni hablar. Digo adiós a los puentes y a las costas. La luna sigue brillando en su centro. Paso por la ciudad como un barco a la deriva. Hace veinte años no temíamos equivocarnos. El silencio nos deja en este lugar. La vida nunca es lo que pensamos. No sabemos cuál es el fin. Si fuera como el Caballero Zifar correría hasta llegar al resplandor. He decidido dar rienda suelta al caballo rosado: me acerco a los palacios de Rajastán, cruzo el río Ganges, veo los tigres de Bengala, veo el “unicornio azul”, veo mi cuerpo como un punto en el aire, no quiero ver el final.    

 

 

LA ESCENA

 

¿Cuál es la escena, qué es lo útil? Te pierdes un instante y el otro es el mismo. Es lo que creíamos retener. Te sumerges y recorres la escena de la primera sensación. No volverás. No serás la que viajas por el palacio del cristal. No regresaras. Estamos ausentes. Imaginamos que es abril. Entonces yo iba por otro país. Cruzaba un puente y el puente me retenía en las orillas. A esta misma hora debes estar cruzando el otro puente, pensé. Es otoño y las calles se pierden frente al horizonte. Siempre el paisaje regresa antes de posar tu pie sobre el puente. No es nada raro, dije a mi corazón. El viento golpea tu cuerpo y te arrastra hasta el final. ¿Sabes por dónde regresar?

 

* De Mientras la vida pasa, inédito.

 

[1] “La lúcida inocencia: los regresos de David Cortés Cabán”, por Gabriel Jiménez Emán Crear en Salamanca, España, 7 de agosto de 2018.  http://www.crearensalamanca.com/la-lucida-inocencia-los-regresos-de-david-cortes-caban-por-gabriel-jimenez-eman/

 



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