24 Jul 2021

225. POESÍA GUATEMALTECA. MATHEUS KAR

-09 May 2021

 

Serie de poesía centroamericana actual

Curaduría: Carlos Calero

 

 

EL EPICENTRO DE LA POESÍA

 

Cuando la poesía sucede

en lo que menos piensa uno,

en ese momento,

es en su epicentro.

Uno se concentra en sostener

los cuadros de las paredes,

calmar el garrafón del agua,

poner a salvo la vajilla

y meter la esperanza bajo la mesa.

Muchas veces se intentó

pero nunca se pudo.

Qué difícil registrar

el momento justo cuando la poesía sucede.

Es horas después cuando uno puede

determinar su magnitud en la escala Richter,

dar declaraciones a la prensa,

sostener el micrófono

y alardear sobre los acontecimientos.

Y cuando los reporteros preguntan,

desde el público,

por el epicentro,

uno nomás se sienta a leer el reporte

y afirmar una ubicación

cualquiera pero sensata,

aunque a uno,

al final de cuentas,

no le conste,

y todo sea una declaración de fe.

 

 

SE BUSCA

 

Ayer perdí mi sombra.

Yo, que la sacaba a pasear

y la cubría cuando la luz le dañaba los ojos,

la perdí.

 

Pero la sombra de todos los hombres se parece.

Quizá no la he perdido,

tal vez me la robaron.

¿Pero cómo saberlo?

¿Cómo saber si la sombra que tengo

es la que nos han dado?

 

¿Cómo saber si la nítida silueta,

entre todas las que hay, es la correcta?

 

Quizá tengamos la sombra de otro

y otro tenga la nuestra,

y nunca lo sabremos.

 

Quizá yo soy la sombra de mi sombra

o la sombra de otro hombre.

Quizá yo también esté perdido

y quizá nadie me esté buscando.

 

 

HICE LO QUE LA POESÍA ME DIJO QUE HICIERA:

RETRATO DE SILVIA PLATH DE LUNA DE MIEL CON TED HUGHES

 

Luego de una caprichosa ausencia,

he vuelto a casa de mis padres.

Que mi madre insiste en llamar «hogar»,

pero que yo solo puedo ver como cuatro paredes

sostenidas por la nostalgia y unos clavos.

Las calles, como siempre, no parecen extrañarme,

lo que me convierte en una incógnita en el paisaje

que el viento no tardará en despejar.

Los únicos peatones son el polvo y la arena.

Mi madre me recibe con el delantal en la cintura

y un pedazo de carne que ha pasado toda la noche

tejiendo

celosamente.

 

Espero no comer

sino sentarme a la mesa,

escribir

como lo hice en otros tiempos.

En medio del calor materno,

la tensión del pasado

y la oscura mano del presente en mi hombro.

Pero no.

Si el corazón del hogar es negro,

debo aprender a veranear los días de lluvia.

A jugar póquer con las cartas del tarot.

 

Es Día de muertos,

pero en julio 13 de 1957,

Sylvia Plath y Ted Hughes renovaron sus votos

con una segunda luna de miel en Cape Cod, Massachussets.

Pasaron sus días en una pequeña cabaña

del tamaño de un puño en la mejilla.

Sin teléfono, sin carro.

Los labios eran un puente tendido en el vacío.

Las bicicletas, caminantes bípedos, con la nariz pegada al infierno.

De vez en cuando, la bocina de un auto,

un periódico escondido bajo una taza de café,

les recordaba que todavía no estaban en el cielo.

 

De vez en cuando, Plath y Hughes se tomaban de la mano

como dos hojas que se cruzan al caer de los árboles

y aterrizan lejos la una de la otra.

 

Madre se ha deshecho de mi infancia,

excepto del retrato de Silvia Plath que colgaba de mi cama.

Es a blanco y negro.

Silvia Plath montada sobre una máquina de escribir

Olivetti Lettera

en el patio trasero de esa casa de campo.

Podría ser el retrato de una vaquera

intentando domar un poema

que no se decide

entre lo doméstico y lo salvaje.


Ahora, me acerco a ese retrato

como tantas noches

mi madre se inclinó sobre mi cuello

para ver qué escribía en aquella libreta

(«Noviembre es el mes que lleva más carga/

por razón de ser el más largo/

y en el que nacen todos los muertos»).

 

Todas las tardes, tras maratónicas horas de escritura,

Plath y Hughes

bicicleteaban hasta la playa

para observar el mar golpeando las dunas

como si únicamente las olas pudieran callar

el silencio que provoca una línea bien escrita.

 

Por la tarde, muevo las manos y digo adiós,

mi madre empaqueta comida

―jamones & curtidos, el Dia de Muertos en un solo plato―

y cierra con resignación la tapa,

sin sospechar que le he dejado mi retrato

de Silvia Plath,

que parece montar un caballo

o domar un poema

que lucha entre lo doméstico y lo salvaje

del amor en familia.

 

 

TODO NIÑO FUE GATO ALGUNA VEZ

 

Mi gato precioso, bohemio de alfombra,

como la rata,

no es de ninguna raza importante.

No es más afín al queso o al cordón

que al humor de Schopenhauer.

 

Su atuendo le es indiferente.

Es más gato

por no tomar conciencia de sus pelos.

 

Mi gato es mío porque a él

me someto,

y a su gesto indescifrable.

 

Es cafecito por fuera,

y negro por dentro,

con algunas manchas de silencio.

 

Sigiloso, escapó a todos los nombres.

Yo (un poco necio) le puse Poe,

pero en casa (más necios aún) le dicen Manchas.

Y, a pesar de todo, en su inocencia de gato,

como no me entiende,

todavía conserva su nombre.

 

Mi gato, avión en reposo,

es una isla en el ombligo del mundo;

un ojo que fosforece en la noche.

 

Sus maullidos rebotan por la casa,

mientras él persigue un mundo

escondido en un rayo de sol.

 

Mi gato es mueble,

valija silenciosa

de travesuras que tropiezan.

 

Mi gato, que en realidad es gata, no tiene género.

Pues ayer cumplió dos años muerta.

Pero, entre todo lo muerto,

su recuerdo es lo más vivo en esta casa.

 

 

GO HOME

 

Gringo, vuelve a casa,

y si vuelves llévame contigo.

Llévame a tu fiebre de compras,

donde los punks no mueren,

sino acaban en oficinas los domingos.

 

Ocúltame en tu sol solitario,

en tus cadenas sin historia,

en tu cobardía o templanza

para defender a tu gente.

 

Tu guerra en celo, tu paz en busca de guerra,

tu manera de anunciar al ganador

antes de la competencia,

¿cómo no me iba a seducir?

 

Gringo, vuelve a casa,

y si vuelves llévate este ladrillo.

Ladrillo de libertad en forma de urna.

Urna que resguarda las ideas.

Ideas de carbón que tiñen ángeles.

Ángeles dentro de caballos de madera.

Caballos que saltan muros.

Muros que hieren el paisaje.

 

                                    Gringo, vuelve a casa.

                        ¿Acaso no hay suficientes botellas

                                    de Coca Cola & Pepsi

                        degradándose entre las rocas de la playa?

 

 

EL VAMPIRO

 

Por las noches,

el vampiro sale de su clóset

a clavar una estaca

asííííííííííííííí de laaaaaaaaaarga

 

en el cuerpo de lo enfermo,

en la gracia de no poder multiplicarse.

 

Por las noches, el vampiro,

oscuro rumiador de sangre,

bate las alas 

& sale a corregir los grafitos en las paredes:

 

Para nosotros, corrige,

ningún cualquier tiempo pasado fue mejor,

Jorge Manrique.

 

Ninguno de nuestros nuestras vidas son los ríos/

que van a dar a la mar/

Nuestros ríos se conforman con calmar el hambre.

 

Ojalá todo lo que fue no siga siendo todavía

Pues daremos lo no venido/ por pasado futuro/

& lo ya tachado por pasado.

 

Como todas las noches,

luego de corregir los grafitos en las paredes

y desabotonar algunos pantalones

el vampiro regresa a los brazos de su fiel amante,

que lo espera con las puertas abiertas:

el clóset.

 

El amanecer, para el vampiro,

más bien conforma, en su vida,

lejos de limitar sus días,

la totalidad de la noche.

 

 

Matheus Kar (1994) se destaca en el contexto de la poesía actual guatemalteca, escrita por jóvenes. Fundador y miembro del colectivo Bartleby. Creador de La Poeteca: taller de escritura para sensibilidades creativas. Ha publicado los poemarios Asubhã (Premio Manuel José Arce; 2016) y Alturas de Wall Street (Premio Ipso Facto; 2018; 2019), así como la plaqueta Felina sombra de la infancia (2020). Editor de revistas especializadas en la difusión de poesía joven y organizador del Congreso Centroamericano de Literatura de la Universidad de San Carlos. Ha participado en festivales literarios y antologías de toda Latinoamérica. Su trabajo se dispersa en antologías, revistas, blogs y artículos de reflexión académica y cultural.

 

 

Carlos Calero nace en Nicaragua. Se naturaliza costarricense. Fue docente de secundaria y nivel universitario. Ha sido gestor cultural, organiza lecturas, encuentros de poesía, y ha sido colaborador del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica. Ha publicado varios libros de poesía: El humano oficio, La costumbre del reflejo, Paradojas de la mandíbula, Arquitecturas de la sospecha, Cornisas del asombro, Geometrías del cangrejo y otros poemas, Las cartas sobre la mesa. Antología Generación de los Ochenta. Poesía Nicaragüense, en coautoría con el poeta nicaragüense Carlos Castro Jo. El poeta Carlos Pacheco realizó una tesis sobre su poesía, acerca de la influencia del exteriorismo y lo erótico en el poeta Calero. Ha publicado artículos sobre otros poetas. Ha sido publicado en varias antologías de Nicaragua y Costa Rica. Lo han invitado a festivales y encuentros de poesía, tanto en Costa Rica, como Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

 



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