14 Jun 2021

238. POESÍA COSTARRICENSE. GUSTAVO SOLÓRZANO-ALFARO

-30 May 2021

 

FRAGMENTO APÓCRIFO DE “LA CULPA”

 

Siglos atrás, milenios,

fuimos fragmentos, papiros

dispersos por el mundo.

Vivimos atentos a los designios

de las estrellas y el corazón.

Contuvimos la respiración

ante el asombro último

de los astros y la luna.

Las rocas fueron asiento,

sedimento seguro y fresco.

Ya antes, animales gigantescos

habían cruzado los mismos

caminos y habían probado

los mismos frutos: algunos

frutos de su carne, frutos

del agua y de la tierra.

Los árboles habían dictado

las leyes del inquilinato

antes de los cuchillos y del fuego.

Después, mucho después,

su corteza sería la primera página,

las paredes el primer lienzo,

pero ante todo, fuimos

nosotros los primeros, atentos,

en dibujar un círculo perfecto.

Para ello tuvimos que inventar

la palabra “perfección”,

que designa aquello que no vemos,

que no sabemos, que no

tocamos y ante lo que

guardamos respeto y reverencia.

Fuimos huéspedes de un templo

mayor en la cumbre de un monte.

Supimos el rencor y la desidia,

también el sacrificio y el dolor.

Habríamos de inventar tantas

otras cosas como cabezas

se juntaran a pensarlas y a vivirlas.

Pero aún antes de todo eso,

aún antes de que las aguas

dividieran el huerto común

de nuestro Padre, dividimos

nosotros el hueso común

de su cráneo, con nuestras manos.

Festejamos largamente, hasta

que llegada la noche más larga

caímos rendidos junto

a un fuego apagado.

Despertamos, aturdidos,

y no había centro, no había

fuego, no había nada.

Por primera vez vimos nuestras

manos: carmesíes.

¿Qué inventamos ese día?

¿Quién dio la voz de alarma?

¿Quién, el primer grito

de socorro?, surgido de lo más

hondo de un pecho que habría

de ser estudiado por otros

seres, quién sabe si aquí

o entre los astros que nos

habían confundido tanto tiempo.

Estaba el hermano mayor,

estaba su hermana, que también

era mi hermana y su compañera.

Estaban todos los hermanos

y todas las hermanas, pero

ya no estaba el Padre, ya no

la Madre, o si estaba era otra

piedra más del templo, otra

leña más del fuego, otra

hoja desprendida del silicio,

del rocío, de las nubes

o algo parecido a los rayos

del sol que atravesó nuestros ojos:

fue la primera resaca, la primera

certeza de la finitud de todas

las larvas, hierbas y mamíferos.

¿Qué sentimos esa vez?

¿Fue acaso el primer

atisbo de conciencia?

Nadamos hasta la orilla,

nos pusimos en pie,

conquistamos las praderas,

habitamos frías cuevas,

abandonamos a los nuestros,

luego decidimos enterrarlos.

Inventamos rituales, rezos,

homilías enteras como

poemas para implorar perdón.

¿Acaso lo obtuvimos?

Nunca el perdón, siempre

la culpa, el pecado original,

la herida oculta, la cicatriz

que nos recuerda la caída.

Hoy, cuando levantamos

la vista hacia los astros

los seguimos llenando

de sentidos que no existen.

Hay un hueco hondo y oscuro

que jamás se llena, una culpa

ciega que todo lo empaña,

que todo lo curte con su

barro y lo nutre con su polen.

Los templos antiguos

son ahora ruinas, las casas

de los moluscos y las hienas.

Las hierbas que recogimos

no curan ninguna enfermedad

ni sirven como bebida

en el invierno gris de los valles.

Cada palabra pronunciada

es la expiación y su reverso.

Culpamos al cuerpo. Culpamos

al alma. Culpamos

a la sed y al deseo.

Nada nos apaga, nada

nos enciende. Vivimos ahora

el presente inagotable

de un dolor que no se cura,

de toda la ausencia

infinita de la redención.

 

Tomo unas semillas, las sumerjo

en un plato de leche tibia,

macero unas hierbas,

me siento a observar

el horizonte. Desde que salimos

del agua está ahí, el horizonte:

inexpugnable, inalcanzable.

Cada día que pasa

lo miramos y cada día

se hace más pequeño.

Bebo la leche tibia y mi boca

vuelve a enmudecer.

 

 

 

Gustavo Solórzano-Alfaro es un escritor costarricense nacido en la ciudad de Alajuela en 1975, autor, entre otros libros, de Nadie que esté feliz escribe (Santiago de Chile: Nadar Ediciones, 2017-2021) y La oscuridad intacta (edición y traducción de poemas escogidos de Dana Gioia, España: Pre-Textos, 2020). Se gana la vida como editor y vive en su ciudad natal con Elsa y César. 



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