14 Jun 2021

242. POESÍA DOMINICANA. EDGAR SMITH

-06 Jun 2021

 

ENERO ES SECRETAMENTE JANO

 

Enero está a la entrada del futuro.

Hecatónquiro en su misión de guardarlo como                 

al Tártaro, solemne, frío.                                           

Pompilio vio su rostro y supo que eran dos:                   

la cara del deceso y esa otra,                                             

que con la culminación del ciclo da                   

contradictoria esperanza.

Dos rostros vio el emperador en el claro espejo              

del tiempo y conjugó así en el nombre de un dios:          

alfa y omega, lo ido y por venir,                                    

como quien ve desde su almohada el primer rayo de sol para sentir que ha vencido temporalmente a la muerte.

Jano, pocos te recuerdan ahora.

Han tergiversado tu mitología:

te creen un efímero mensajero               

de treinta y una breves vidas,                                                         

que recurre con llaves de hielo a abrir   

las puertas de la posibilidad.

Ignoran que eres el dios de los principios y finales,

que guardas en tus rostros opuestos el rocío y la ceniza,

que cuando alzan la copa antes de la doceava campanada,               

brindan por tu cara triste

y cuando se abrazan en el silencio del nuevo año,

lo hacen bajo el escrutinio de la otra.

 

 

DOS DE FEBRERO: FIESTA DE LA CANDELARIA

 

Para Leonardo Favio y Ramón Smith

 

Por ahí vienen las muchachas.

Por ahí vienen

con sus rostros sencillos y sus velas.

En brazos traen a la virgen,

todas de blanco,

sin risa ni penas.

 

Por allí están amontonados

con los ojos bien abiertos,

los fieles y los otros

—que vienen a ver las niñas en

la claridad pura del cielo.

Hacen fila a cada lado,

buenos y necios, todos juntos,

y cantan por igual el cántico

de marineros y difuntos.

 

Los viejos se rebelan ante la muerte.

Han venido a la calle

acompañados o solos, juntos a la fiesta.

Ni uno se atreve a morirse hoy:

vinieron a ver a las muchachas

con la virgen y las velas.

 

Ya es febrero en Tenerife,

se oye el murmullo empolvado

en calles y aceras.

Ya es febrero en Canarias,

y se oye a las muchachas

cantando sus faenas.

Ya es febrero en Jerusalén,

los devotos alzan la plegaria.

Ya es febrero en estas calles,

y por ahí vienen las muchachas,

cantándole a La Candelaria.

 

 

MARZO

 

Medio marzo blanquea las azoteas.

Hay aves en el cielo jugando al vuelo,

apostando a la libre caída

hacia aceras que no guardan hombres.

La que se posa en mi ventana

no le conviene al poema:

parece sacada del fondo de la noche,

con pico de amenaza

y cristales sin vida por ojos.

Vuela, gira en el cielo y canta

como aquel viento de Neruda,

regresa al hierro frío tras el vidrio empañado.

Medio marzo yace gastado en lugares conocidos:

las cornisas, los silencios del cuarto

(llenos del perfume de la mujer dormida),

la lisura amarillenta que el sol sabe

dejar en las superficies...

 

Hay otro pájaro en la ventana,

diminuto como el miedo que precede

al beso que se roba.

No es el perfecto pájaro del poema,

no colorea la mañana de este marzo blanquecino.

Pero algo en mí lo quiere, lo mira tenaz.

Todas las aves son niños alados,

alegran el espacio claro en los mapas de la brisa

y es su trino la dulce evocación de tiempos más ligeros.

 

A lo lejos,

un ave de metal previene la perfección del cielo.

Huyen o regresan las almas.

 

¿Hasta qué punto se extiende marzo

con sus dedos de nieve

y su fresco aliento, emulador de unos labios

que conocí muy joven

y muy joven me abandonaron?

 

Desde aquí, el mundo mide lo que la ventana.

Es un cuadrado perfecto,

con aves inquietas,

azoteas nevadas, edificios llenos de gente viviendo

otras vidas en el amplio cosmos del sueño.

 

Una mujer, en alguna ventana,

ha escrito este poema con otras aves,

otros espantos y otras visiones.

De todos los vocablos posibles,

acaso nos une la palabra marzo.

 

 

ABRIL I

 

Tiene los ojos apagados, abril,

nubladamente grises,

llorosos de una lluvia

que se susurra fría en las orejas.

El invierno tiene los brazos abiertos,

abarca las columnas del templo

donde se relevan las estaciones.

Cerbero guarda la entrada,

no hay paso para la primavera.

¡Ay primavera! Niña que se esconde,

tiene en sus puñitos las témperas anhelo de las flores,

en los bolsillos de su humilde vestido

las hojas que recogió del último otoño.

Abril busca la caricia de la primavera

como busca el Cristo en el madero,

entre la multitud, el rostro de su madre.

Desde su escondite, ve los árboles,

desnudos árboles, esqueléticos árboles,

que piden un mísero bocado de sol,

una fugaz pincelada,

un color cualquiera, de los que quedaron

ayer cuando el ocaso

o aquellos que se desprenden del beso.

Las almas en tránsito no adivinan

su pesar, miran a todas partes en busca de algo:

las manecillas de la sangre saben que

está equivocado el tiempo.

 

Una bandada de aves circula en lontananza.

Una que otra sube hasta las murallas

del cielo a preguntar por las flores,

por las muchachas hermosas que

pasean con los tempranos

rubores de abril.

Pero duermen los ángeles.

Solo un gato nos otea desde su trono de estrellas,

frota sus garras, crea las últimas nieves.

 

Abril acecha en silencio.

 

En algún momento el invierno sabrá

que ha muerto marzo

y recogerá sus brazos para la plegaria.

Ya imagino a abril atravesando el arco,

remolino de gladiolos,

dalias y lantanas tras de sí:

la frondosa cola de un angora nacido de un arcoíris.

Una vez enhojados los árboles,

recogerá sus hielos el invierno y, vencido,

se marchará silbando coplas

de una música escrita en Niflheim.

 

 

ABRIL II

 

El anglosajón te nombró ēastre-monaþ.

The Reckoning of Time aprueba.

Yo, que soy polvo, te llamo abril

o mañana gris y callada.

 

La claridad repta por la cocina

y ya tus treinta lunas aguardan

en cuentagotas.

Como los otros,

vives en la dualidad de los hemisferios,

como nosotros, que hoy somos uno,

mañana algo más y en un lustro otra cosa.

 

Pocos saben de tu afición por los meteoros,

que en china un rey ara la tierra en tu nombre

o que Julio César te regaló un día

—él, que en su momento fue dueño del tiempo.

 

Pocos saben que a estas horas tan tempranas

me siento a escribir poesía junto al humo del café

y que sueño caminar desnudo por un frío parque;

tu nombre y una flor a punta de fuego me verán y me besarán, y ya no seré más estos hombros

ni esta boca;

seré tal vez árbol,

melena curvilínea de niña ausente,

pasto o memoria…

 

algo grave y sincero,

algo más que polvo y anhelo.

 

 

TRIÁNGULO

 

Junio es el principio de un fuego.

Ligera de ropas va mostrando atributos de valkiria.

Adormecido yace el pudor

en el pétalo de la primavera.

Agosto

—desnudo en la cima de los montes

con su ballesta y su antorcha—

es su amor platónico.

Junio lo presiente cercano.

Lo imagina. Lo sueña.

En el insondable continente del tiempo,

tirada sobre la falaz suavidad de la espera,

se sienta a contar (sin el humano temor del cese)

círculos que caducan y renacen.

A los dioses (cualesquiera),

les cuestiona el infortunio del amor.

¡O agosto! En tus venas corren la sal

de la tierra y la sangre de Héctor.

Eres Aquiles ordenándole, Levántate.

¡O agosto, buen rey de los desiertos y las orillas!

Para ti que desconoces la nieve

y descrees del Nazareno,

la plácida sonrisa de junio se llovizna

en las aceras hasta hacerse rocío.

Hay un secreto de tulipanes en llamas deambulando

los contenes del almanaque.

 

En franca mímica de Erato,

junio ha aprendido a estimular la lira y el verso.

Las lluvias del viejo mayo,

muertas de esa única y evaporada forma,

le acompañan en las arquitecturas del alba y los silencios.

Desde la otredad de no ser hombre o mujer,

junio, de a poco, se deshace:

una letra

un número

un retazo de algo ardiente

un ligero miedo

una ráfaga de azul en beso

 

Desde lo alto del monte,

más centauro que hombre,

agosto otea las barbas de Cronos.

Alza la antorcha, suspira y reza:

Permíteme, dios, al cierre del ciclo,

besar los labios de septiembre.

 

Inéditos

 

 

Edgar Smith. República Dominicana. Escritor, editor, y traductor. Ha publicado más de una docena de obras, incluyendo arrimao (novela, 2017), Versenal (poesía, 2016), Cuentos raros (cuento, 2016) y Tandava –junto a la poeta mexicana Silvia Siller– (poesía, 2018). Trabajos poéticos suyos han sido incluidos en varias antologías, tales como: Voces del café (New York Poetry Press, 2018), Retrato íntimo de poetas dominicanos (2019), Voces Poéticas de nuevo siglo (2016), Muñecas (Grito de Mujer, 2018), The Multilingual Anthology of The Americas Poetry Festival (2015 y 2017), y Antología Poética (Vol. 1) Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York (2020), entre otras. Algunos de sus cuentos y poemas han sido seleccionados para las revistas: Hybrido, Fuáquiti, Dualis Dualis, Azahar, Trazos, The Latino Book Review Magazine y La Gazeta Oficial Lacuhe, entre otras. En el 2015, creó la casa editorial Books&Smith; y es también el creador del reconocido evento poético Versos Estivales, que se realiza cada año en Nueva York, con un enfoque en la diversidad cultural y la identidad.

 



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