03 Dic 2021

36. POESÍA ESPAÑOLA. JOSÉ AMADOR MARTÍN

-30 Oct 2021

 

El cuerpo entero del poeta ama y hace parte de sí una imagen de infinitos instantes, paleta de colores, secuenciada en la emotividad donde la ciudad se erige musa. El canto oficia su honda experiencia en la intimidad del susurro, casi una oración, entrañada en la conciencia y el secreto de la palabra. Desde esa reverencia, la poesía de José Amador Martín, nos revela las calles de Salamanca.

Comienza la melodía de versos en un acorde especial donde el amor fraterno teje sus recuerdos. El amigo entrega en la palabra una ofrenda de inmensa ternura a la dama iluminada por el sol de la espiga que ha volado a la altura de los cielos, convirtiendo la soledad en primavera. Este hermoso poema dedicado a la memoria de Jacqueline Alencar, titulado “En la meseta, alta”, nos acerca a un espejo de agua clara que sostiene el reflejo de los astros, donde el alma añorada revuela con las aves de la tarde:

 

Bajo el alero de la tarde se apagó la sombra

y, de tus alas, el día recibió toda la luz

que en tu ser gravita.

 

Después de conmover nuestra emoción hasta la médula, nos llevan los poemas a ese paisaje de instantáneas que no perderá jamás la profundidad que atesora. Como si besara la tierra con sus pasos, el poeta, teje en cada verso una caricia, una alabanza a la adorada ciudad de sus amores.

Habitada por la magia que captura, en imagen y palabra José Amador Martín; es Salamanca tierra de asombros. Allí en sus horizontes podemos sentir un universo entero abriéndose paso entre metáforas y luces, contándose al mundo en las memorias de cada habitante. Así entona como un conmovido ruiseñor el ser sensible de este caballero que nos invita a caminar en la lumbre de su poesía.

Amarú Vanegas

 

 

EN LA MESETA, ALTA

Jacqueline, con tu mirada profunda
diste la mejor imagen de nosotros mismos

 

Veo la claridad como un espejo de tu nieve,

de la nieve blanca de tus risas,

mirada cautivadora que, del silencio, escalaba hasta las almas.

 

Ojos como lirios de primavera

revoloteaban los pájaros a la altura de tus ojos,

y un espíritu de luz cabalgaba en tus abrazos.

Una paz humilde

era el resplandor de tu hermosura,

hermosa de corazón, de alma hermosa.

 

En la caricia del crepúsculo los soles de la tarde te dibujan

y aunque tus labios ya no hablen, los recuerdos

son una fiesta que lo cambia todo.

 

En esta meseta, alta

has encontrado las alas

con las que has volado a la altura de los cielos,

de los sueños,

y, con ellas, asciendes

y conviertes la soledad en primavera.

 

Bajo el alero de la tarde se apagó la sombra

y, de tus alas, el día recibió toda la luz

que en tu ser gravita.

 

Por eso, hoy, tu vuelo es un aroma

de jardines y flores cuando amanece el día

 

 

CIUDAD

 

Tú me conduces, ciudad, entre tus luces

hasta el velado trazo de mi sueño:

yo soy tu sombra,

mi bella ciudad, cuando despiertas,

cuando arrancas en los fragmentos de luces

la mirada y la luz

sobre las calles vacías

del volver a empezar de cada día,

sobre la isla solitaria en la que el amanecer

es cúpula y encanto.

 

Eres la sinfonía perfecta de mis pasos,

notas de la cadencia armónica del día,

perfecto acontecer de días hermosos

que conviven conmigo

en los paisajes amados en que te tengo.

 

Te amo, ciudad, y moriré amándote

para vivir en tus piedras aprendidas

cada atardecer, abrazado a la tierra,

y sorprendido

con la noche más oscura.

 

Para que no me olvides

grabo sobre tus piedras cada día una historia

a base de fuego y de miradas

y no quiero morir porque no mueres,

sino permanecer en tus brazos para siempre.

 

Cuando sea nota perdida en la memoria,

guarda en ese recuerdo de tus calles

mi caminar de luz en los mundos ocultos

de los sueños.

 

 

LA TARDE TIENE VENTANAS

ABIERTAS A LA CIUDAD

 

La tarde tiene ventanas abiertas a la ciudad;

desde ellas nos mira el volar de las aves

y entra el sol hasta los espacios soñados.

 

La luz surca el cielo azul y barcos de papel

navegan con una estela de pájaros que han vuelto.

Es esta ciudad un mar de arenisca;

sus torres, atalayas de un sentir de campanas.

 

La palabra es el grito

y el grito

es el lamento melancólico que añora soledades.

Sus torres y sus arcos me reclaman

a un paseo dorado bajo el sol de poniente

por los laberintos de luces y sombras,

de silencios y ecos; y son los versos cantos

y los cantos

son sueños de jardines y patios.

 

Cuando amanece, la ciudad es luz interior;

los vencejos llenan las altas azoteas,

el alma pervive en el fluir de la ausencia.

El sol de Castilla adivina en el hombre

su destino indeleble;

la noche toma los espacios del aire con su melancolía.

 

En esta ciudad nos volveremos a encontrar

caminando por las plazas vacías de la memoria.

Se volverán a abrir las cancelas y tú estarás allí,

como el árbol, al pie de los palacios, junto al Tormes,

como cualquier tarde de pasados encuentros.

Testimonio es la mirada que dejaste en el espejo,

representada en la alegoría de casas de vidrio

mecidas por el viento, de un sueño en perspectiva.

 

Altiva y bella es la ciudad

que aparece en el papel como arquetipo de lo eterno:

luz y luces

en la pluralidad del entorno en que se justifica

seguir el sonido de tu voz en medio de las sombras.

Hoy siento la melancolía de la noche

en los muros de la ciudad hermosa,

 

bajo los arcos por donde el viento silente

fluye y susurra tu nombre.

Observo las ventanas encendidas

en una caminata sosegada:

una calle me enseña otra,

y en cada una

reconozco el camino

que me lleva hasta ti

 

 

LA VERDAD DEL DÍA

 A Antonio Salvado

Cercados por la esperanza, traspasados
por el quejido, tenemos la certeza
de la Hora en el día a día, del límite
del muro edificado en nuestro espíritu

 (La Hora Sagrada) ANTONIO SALVADO

 

Siento ríos de silencio

sobre los muros,

cuando llega la noche

de soledad y olvido.

 

Acuno una esperanza

en cada sueño,

un mar que se desborda,

de pasión extendida,

sobre la ciudad

melancólica y nocturna.

 

Luego cae la luz y callan los ecos

mientras dura el milagro

 

que enciende al alba el primer sol.

Luz silenciosa que desciende

hasta las calles,

cauce de luz

pausado en el tiempo.

 

Luz que me encuentra buscando,

entre restos de naufragio

horas olvidadas,

fragmentos

que nunca fueron,

ni serán,

memoria viva

ni historia.

 

Entre las sombras

se oculta la verdad del día.

Ellas

establecen el límite real

de lo que nunca fue:

cristal de espacios

donde encontrar las horas.

 

Hay muros de sombra,

muros de silencio,

muros edificados al borde de los sueños,

muros de indiferencia,

en la verdad del día.

 

Posiblemente

mi esperanza

no será más

nuestra esperanza,

cuando,

traspasado el corazón

con el filo de la nada,

navegue el espíritu por áridos mares

cubierto con el salitre y la herrumbre

del tiempo fugitivo

del espacio, perdido, de mis sueños.

 

 

ISLA SIN MAR

La ciudad es la isla, tras la ventana la mar.
Bitácora de un náufrago de la memoria.

 

Abrir la ventana es soñar con la mar,

la ciudad es una isla rodeada de sueños,

construida en las rocas, hacia arriba los valles,

hacia abajo las nieblas de torres y cúpulas.

La ciudad es abrazo de la acción de abrazar,

el azul infinito de cielos extensos,

 

si te miras en ellos verás flotar los sueños,

la vuelta de los barcos al puerto de los nácares.

 

La ciudad es un canto de areniscas doradas

en ella están los fósiles de tiempos antiguos,

de montañas y águilas y de peces dorados

que duermen en el tiempo pasado y los recuerdos.

 

Por la tarde las torres, las casas y las aves

bajan a los paseos de luces y de sombras,

se bañan en las playas y vuelan en las olas,

después el sol se extiende en un paisaje único

y las nubes ascienden para contar aquello

que supieron de siempre de atardeceres mágicos.

 

La ciudad tiene un mar, es barco y atalaya,

única y sin fronteras, compacta de planicies

que comienzan en ella y en ella terminan,

de horizontes extensos que no se pierden nunca.

 

El aire trasvasado por la fuga del agua

es errante destierro de nácares y sueños,

hincados en los valles y en espejos de luz,

en recorridos mudos de miradas intensas.

 

Esta noche soñaba con la mar,

mi ventana cerrada acunaba la duda

de una caracola de rumores y vientos.

 

Mi ciudad, paraíso, se hace puerta de sueños,

en medio de mi sueño, mi ciudad es la isla,

palacio de sal deshecho entre mis dedos.

el agua que la baña es la pasión que habita,

las estancias son a mi amanecer de niño.

 

Con la mano de sal sé que las estrellas

volverán del naufragio a las playas tranquilas

del día que amanece, mientras recobramos

la memoria y la brisa, la ventana y su mar.

 

 

LA CIUDAD, MORADA DE LUZ

 “Esta morada es mundo…”
(Morada de la Luz) ANTONIO COLINAS

 

La luz desciende sobre las cúpulas sagradas de nuestra ciudad

y los muros son testigos, sueño sosegado en las miradas,

música que recorre la morada oculta de las almas, su silencio,

que es luz en las islas solitarias del tiempo tendido en los relojes.

 

Lleno mi soledad de amaneceres, de esperanzas que fluyen

sobre los desvanes de mis pensamientos en la azotea de mi cuerpo,

en ellos estoy cuando la luz llena mis ojos y la mañana asciende

cautiva en la quietud de los aconteceres cotidianos.

 

Con ella voy, cada vez que soy regreso a cada sitio, sin marcharme,

y vuelvo a mis goces, y reservo el aliento de aquellos días hermosos

de la ciudad que se hizo morada en cada encuentro, en el trasiego

de aquellas palabras que se hicieron visión y luz en mis adentros.

 

El corazón retorna para encontrar en sí mismo que siempre estás ahí,

y siempre estás para acallarme porque eres estancia del amor,

sombra y luz, muerte y vida cuando las piedras escriben el dorado

silencio de la tarde, en torno a los árboles donde los pájaros anidan

y llevan en su vuelo la tristeza del tiempo que ya no será nuestro

 

 

Y LUEGO LA NOCHE…

 

Y luego la noche... tal vez esa historia

de nuevo repetida, sus paseantes, sus silencios,

y la lluvia por las fachadas, los árboles,

los pasos... La noche de soledad al parque

y el taconeo incesante de estatuas, de amantes

que se abrazan en los rincones del aire, la noche

que arranca de mí mis estrellas, mis sueños

y asemejan un vértice de vida, un elemento

singular, sutil, un paisaje de avenidas...

tan solitarias, tan grises, tan ocultas como el espacio

donde todo confluye, abismo de vocablos

horizonte de espera, noche, al fin, de silencios.

 

Y más tarde el equilibrio de la oscuridad completa,

el café humeante y la mirada a través del cristal

el viento de los árboles, el frío, el paseante

que gabardina a los hombros cruza solitario

y quizás tararea la última melodía de amor...

 

De mármol, de acrisolado y blanco esmalte

de párpados hundidos, de rostro dulce como miel

de un desierto, viene una vez más la noche,

una victoria más, un día más, a la ciudad

y resurge un concierto de ríos plateados, un murmullo

de músicas y silencios, sobre las ventanas

encendidas, donde algún sueño viaja...

 

Noche que sabe a melodía de piano de café,

a llanto, a cicatriz dolorida, a pasto de olvido

a dominio que se recrea por los años, como

la madreselva por los claustros y las fachadas

de los palacios y torres, crisol para soñar,

yunque de platero, péndulo de eterno giro sobre sí mismo.

 

Celestial y única noche, amante perfecta,

acudiendo a la cita viajera del tiempo y, sometida,

 

al engranaje perfecto del reloj del tiempo.

 

Noche redonda y única, tan distinta, tú,

a las demás porque ya han sido y a las que han de venir.

 

Y luego la noche... que aprendió a llegar y a quedarse

como un viajero más, pasajero del tiempo...

También la falsa y larga noche de los sin esperanza,

pero noche al fin sin adornos ni músicas,

sin péndulos ni horas, sin vocablos ni signos,

callada noche de alturas y nieves, de alcobas

y lunas. Noche, al fin, del alma, oscura y fría.

 

 

José Amador Martín. Poeta y fotógrafo salmantino nacido en Elgoibar, País Vasco, el año de 1951. Desde la infancia vive en la capital del Tormes, donde dirige la prestigiosa revista ‘Crear en Salamanca’, plataforma de difusión para multitud de poetas de España, Portugal e Iberoamérica, además de dedicarse a la enseñanza y al mundo de la imagen. Su poesía, por la que obtuvo varios reconocimientos, ha sido publicada en antologías y revistas de España y América, además de traducida al rumano, croata e italiano. Actualmente es miembro del Consejo Asesor de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos de Salamanca, en los cuales previamente participó como poeta invitado. Entre sus realizaciones de Video están: ‘Salamanca, Ciudad Interior’, ‘Las Batuecas, literatura y mito de un nuevo mundo en Castilla’ o ‘Casa Baja, momentos’. También figura como director, guionista y responsable de fotografía del documental ‘Horas serenas del ocaso breve. Miguel de Unamuno’, así como director y realizador del documental ‘Unamuno en Alto Soto de Torres’. Entre sus libros publicados están: ‘Salamanca, ciudad interior’ (fotografía); ‘Salamanca, Amor a primera vista’ (fotografía y poesía) o ‘Elogio de la Luz’ (fotografía y poesía), entre otros.

 



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