09 Dic 2022

370. POESÍA COLOMBIANA. MIGUEL FALQUEZ-CERTAIN

-09 Ene 2022

 

CASTEL DELL’OVO

 

Cuando te enseñaron que la creación

era posible, que aquellas ingeniosas

ficciones de los libros rivalizaban

con las fabulaciones de un dios ausente,

encontraste en la preparación minuciosa

de los hilos el supremo placer del eremita.

 

Con absoluta destreza imaginaste

las posibilidades múltiples y tendiste

en la urdidera los hilos sueltos,

la meticulosa reconstrucción inversa

de las cronologías. La ansiedad

que acompañaba tu cotidianidad

 

se disipaba ante la certeza del ritmo

autóctono: esa prepotencia extraordinaria

del todopoderoso eliminaba los errores

y en retrospectiva forjaba el perfecto

desenlace, el nudo de la urdimbre,

el desarrollo a contracorriente

 

de obstáculos, unidad y fábula,

de peripecias y anagnórisis,

de los móviles y distintos mundos

de los diversos personajes

hasta remontarte al principio:

ese momento exacto del acto

 

que instiga el conflicto hacia

la mitad de las cosas. Ahora

desenvuelves el pergamino

y limas asperezas, recorriendo

tu propia cadena enajenado,

esa sutil y frágil concatenación

 

de los acontecimientos. La agonía

del final se proyecta a los inicios,

a la perspectiva del estambre,

y, concluida tu obra, descansas:

el huevo de Virgilio sostiene

en equilibrio tu mágico castillo.

 

 

FUGA DE CRUCEROS

 

Las luces de la tarde se atenúan, el crucero

pasa silencioso en la lejanía por un río

ancho y tranquilo, como la planicie dorada

de la infancia. Las calles desiertas en la tarde,

donde los primeros capullos de la primavera

florecen bajo las vías aéreas, presagian

los decesos, el absoluto caos de la incertidumbre.

 

El hombre en andrajos camina por el parque

con el fardo de raciones recogidas, el frío

abandona los rincones y la crisálida es motivo

de regocijo, pues no todo está perdido, piensa.

¿Qué hacen los galeristas apiñados

en el ángulo, cuando ahora deberían

mantenerse las distancias? ¿Qué función

 

tenemos, especulan, ahora que nuestras

palabras se han vuelto irrelevantes?

Las partículas microscópicas flotan

y se posan en los rostros de los escasos

transeúntes. En la lejanía surca el velero

y las figuras diminutas de los hombres

perfilan los cirros en el muelle. ¿Son

 

conscientes de la austera orden?

Los graznidos de las gaviotas componen

un concierto disonante. Las luces

mortecinas del ocaso cubren de arreboles

la abadía en la otra orilla. La razón

de los desvelos persiste en perseguirnos.

No será placentera la noche. El zumbido

 

de un abejorro presagia el desenlace;

se posa sobre el balaústre, como ideando

su estrategia. Hacia el sur, se vislumbra

la antorcha de la libertad en medio

de las luces rojas de la urbe. ¿El temple

de un sabio acaso satisfará las expectativas?

Solamente el futuro anda en juego.

 

 

IL CAVALIERE IN ROSA

 

Desde el balcón observas los arreboles

sobre el Hudson: las tonalidades rosas,

los trazos sinuosos de las nubes muestran

el desasosiego de la ciudad silenciosa.

La noche cubre las calles sin vehículos,

las plantas respiran sosegadas en medio

de la incertidumbre.

 

Regresas a la sala

y un cuadro de Moroni en un nicho

de libros te lleva a aquella tarde en Bérgamo

cuando en su oblicuidad el caballero

rosado establecía un diálogo de fuego.

Entonces, como ahora, tus muertos

crecían día a día en medio de la tortuosa

certeza de los días aciagos, de la impotencia

de una voluntad sin límites. El sol

golpeaba implacable el verano azulado

del desorden. Todo había comenzado

en una isla o en un hammam, nadie puede

decirlo con certeza, aunque ya poco importa,

la total libertad había conducido a aquello.

Un decenio después la muerte tocó

tus cofradías y el dolor creció

paulatinamente.

 

Il cavaliere in rosa

empuña su espada con la mano izquierda

y te preguntas qué hubiera sucedido,

qué compasiva mano te guio por la vía

de los desencuentros. Al regreso de París

la muerte sorprendió a Manuel inopinadamente

y las preguntas sin respuesta poblaron

los monólogos. ¿Acaso era posible?

Entonces comenzó tu descenso al infierno.

                       

Giovanni Gerolamo Grumelli mira

de soslayo hacia la izquierda y te conduce

al ser ausente. ¿A quién observa el caballero?

La mano derecha ofrece un gesto impreciso,

que no una jarra, más bien sostiene un sombrero

negro que termina en una pluma rosa. Las

noticias del frente eran inciertas. ¿Cómo

exactamente se reproducía el contagio?

La vida continuaba, las tardes se teñían

de nostalgia y poco a poco vinieron

los suicidios. Rafael había renunciado

a la lasitud. ¿Merecía la pena continuar

pintando cuando todo llegaba a su fin?

Alberto debatía a sus demonios, la teoría

del color no tenía sentido. ¿Cómo

explicar las noches del deseo, la absurda

necesidad del verbo, la angustia

de la obra inconclusa? La bañera

acogió su sangre en la indolencia.

 

Con qué exquisita paciencia Moroni

había pintado los motivos de plantas

y flores plateadas en el bordado

del vestido rosado. ¿Presumía

Giovanni Gerolamo de su linaje?

¿Isotta Brembati, su mujer, le observaba

desde una distancia prudente? El rubor

en sus mejillas se propaga por todas

sus vestiduras: está plenamente consciente

de su absoluta y magistral importancia.

 

Hugo y Ron batallaron hasta el fin

con las infecciones del cerebro.

¿Acaso los animales domésticos

se convertían en sus peores enemigos?

Hugo se precipitaba contra las paredes

porque el suplicio era insufrible.

Ron custodiaba con diligencia

los barbitúricos para el día infausto.

Ambos sucumbieron ante el dolor inicuo.

 

¿Pensaba Moroni en Albino? Ciertamente

Giovanni Gerolamo era su paisano. ¿Fue

un homenaje al hombre o a su tierra?

El liguero rosa y gris en la pierna izquierda

sostiene la calceta con precisión categórica.

¿Su postura de tres cuartos con la pierna

derecha semi doblada hacia delante

y el cuerpo esbelto y recto apuntan,

quizá, a su fortuna? El torso antiguo

parece haberse desprendido del pie

que aún se asoma en el nicho. El paso

del tiempo es inexorable y la muerte

acecha en los rincones. La voz

distorsionada de Ludwig en el teléfono

anunciaba el inminente desenlace.

Las multitudes han desaparecido

de la metrópoli. Hoy al igual que ayer

el sol calcina los meandros, el temor

y la rabia nutren la incomunicación.

¿Estamos solos? Los rumores levantinos

invaden los pensamientos, las naves

se deslizan silenciosas en la placidez

del río adormecido. Ya no visitan

las hordas el paseo elevado, las galerías

y museos han clausurado sus puertas.

 

El falso relieve antiguo encuadra

al caballero de bigote, barbiche y barba

que no descansa con su mirada oblicua.

“Esto también pasará”, pregonan, “no

serán los días postreros.” Sustento

de farsantes, la sombra de la peste

se disemina por la tierra. El espanto

paulatinamente logra enseñorearse

y la impotencia acorrala los sentidos.

Ramiro también se resignó a su muerte,

no por su propia y demente afección sino

por la injusticia de las instituciones.

Uno a uno, fueron demacrándose

y los hospitales y cementerios

se negaron a acogerles. Ésos también

fueron unos días postreros. Sólo

mis recuerdos quedan habitándome

con rigurosa tenacidad de amor

nutridos. Un río también se congeló

un día en Londres y de ello Orlando

rinde cuenta. Daniel mantuvo su diario

con propiedad y precisión. Albert reveló

su narrador al final de los tiempos.

Gabriel reconstruyó un amor desmesurado

entre las paredes carcomidas del mar muerto.

 

Giovanni Gerolamo Grumelli perdura

en la perfección del arte.  Su mirada intensa

y severa, el peinado primorosamente cuidado,

los calzones al estilo castellano. Los bergamascos

continúan con sigilo sus vidas cotidianas

en las calles de la città alta: sus murallas

medievales les aíslan del mundo alucinante.

Los ecos en la terminal desierta repiten

con insistencia los pasos perdidos del miedo.

Las calles de Manhattan reverberan

con el sol que baña a los indigentes:

escarban los basureros con la esperanza

de los náufragos, ensordecidos por el llanto.

 

La inscripción en español indica

en la pared que Giovanni era “más el

zaguero que el primero”. ¿Se refería entonces

a sus segundas nupcias con Isotta Brembati?

El cuello blanco enmarca el rostro y el rosa

de sus vestimentas supera en hermosura

y permanencia a los avatares del destino.

Veinticinco años antes había finalmente

encontrado la sobriedad. Las arañas

en el lecho desaparecían con el ácido

bórico. ¿Existían en realidad o eran

el producto de mi mente alucinada?

La claridad insólita me condujo

al hospital cercano donde el sosiego

dio a luz a una nueva vida. ¿Cuántos

de mis amigos habían muerto?

El regocijo del comienzo marcó

con seguridad los derroteros.

 

El falso relieve en la pared

del cuadro muestra a Elías en un torbellino

ascendiendo al cielo en su carro de fuego.

Los farsantes difunden el miedo, la confusión

y la ansiedad con sus argucias. ¿Acaso

recordaba Elías los tiempos de sequía, el agua

del río y los alimentos que le traían los cuervos?

No así Giovanni en su privilegio: ¿el manto

de Eliseo había heredado o era todo

una ficción de Moroni en su cuarentena?

Era preciso crear en el silencio: el abandono

de las huestes trae quietud en la destemplanza.

Tres ancianos hoy se enfrentan con la muerte

en los escaques blanquinegros de la devastación.

Sólo uno conducirá a su pueblo

por los meandros de la certidumbre.

En medio de la desolación, la turbamulta

arruina las últimas trazas de cordura:

las torres y las antiguas pestilencias

plagan los recuerdos de los sobrevivientes.

En la exquisita pintura de Moroni, el reflejo

de un reflejo de Tiziano, la singularidad

e intensidad del color recorre la tela arrojando

una luz rosada de esperanza. En esta página

está la alborada y el signo de los tiempos.

 

 

EL RADICALISMO DE UN FUTURO

 

Dicen que en el garito (que es la vida) y entre hermanos,

la tierra y el agua son de todos y se reparten por igual,

pero no os engañéis, que en el pasado, el presente y el después,

en el ayer que ya no es, en el ahora que sólo existe y en el futuro

que aún no es, las cosas tienen el nombre que el lobo les asigna

en su lucha sin cuartel por poseer, hoy y tú, mañana y yo,

ayer y él, no somos en las circunstancias que nos dais sino

en las que decidamos nominar, el hombre y la mujer,

la garota y el chaval, el lobo, la zorra y el bufón, todos

circulan indefensos y sublimes por los meandros mercuriales

del dolor y del placer, tú y yo somos uno en la miseria

del tener, pero múltiples, unívocos y solidarios

en la cinta infinita y variopinta de Möbius en la que todos

sin temor nos encontramos, hoy y ayer y en el futuro

que aún no es, los hermanos sin revés, la calma ahíta

de la tierra en la que el agua, la suma de las cosas

y el placer, la ternura del momento en que el sinsonte

catapulta la sonrisa tintineante del reconocimiento

unánime y solidario, vibrante en su inocente

madurez, saldremos, tú y yo, los vecinos y el nogal,

la humanidad entera en su sabrosa idoneidad,

adelante dando tumbos y hallando el equilibrio,

la perfecta testarudez de una síntesis mortal,

construyendo el radicalismo de un futuro que es

presente sin fronteras, sin pronombres posesivos

en su turbulenta y engañosa realidad, la vida,

las cosas, la madera del nogal, la cama en la cintura

del huésped que eres tú y la risa que soy yo,

mi angustiosamente resuelta humanidad,

porque hoy, que no es ayer, construimos

la nervuda y musculosa realidad en la fragua

centelleante de la paz, discurriendo en el presente

y no en el futuro que aún no es, sin presiones

verticales ni ansias reprimidas, desenvolviéndonos

como lúdicas serpentinas en la irreductible

consonancia de un yo plural, el hoy en su cálida

presencia de brumas y arreboles, cara al sol,

sin antes ni después, en la elipsis transitoria

del placer y del saber, el hombre y el chaval,

la garota y la mujer, danzando en el círculo

inconcluso y seductor del atardecer, retomando

el día en la noche y el temblor, en las cenizas

del lobo y en el estertor de un nuevo amanecer,

solos, tú y yo y la entera humanidad, en el discurso

sinuoso y convincente de la solidaridad.

 

De Un fragor de torres desgajadas, Nueva York Poetry Press (2022)

 

 

Miguel Falquez-Certain nació en Barranquilla (Colombia). Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Su obra poética, dramática y narrativa ha sido distinguida con numerosos galardones.  Mañanayer (compilación de sus primeros seis poemarios) fue publicado en 2010 por Book Press-New York y obtuvo la única mención honorífica en la categoría de “Mejor poemario en español o bilingüe” en el 2011 International Latino Book Awards. Hipótesis del sueño. Antología personal fue publicada por Nueva York Poetry Press en 2019 y obtuvo la única mención honorífica en la categoría de “Best Poetry Anthology Book” en el 2020 International Latino Book Awards. En octubre de 2019, la XIII Feria Hispana/Latina del Libro en Nueva York se celebró en su honor. En 2022, Nueva York Poetry Press publicará sus poemarios Prometeo encadenado y Un fragor de torres desgajadas. Vive en Nueva York desde hace más de cuatro decenios y se desempeña como traductor en cinco idiomas desde 1980.

 



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