03 Feb 2023

74. EL AÑO DE LA NECESIDAD DE JUAN CARLOS OLIVAS

-17 Ene 2023

 

Hay una casa ardiendo en llamas[1] y ya no hay sol para apagarla:
El año de la necesidad (2018 / 2019) de Juan Carlos Olivas
[V Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador]

 

 

Por: Yordan Arroyo Carvajal

idu17933@usal.es

 

 

La casa es del tamaño del mundo;

mejor dicho, es el mundo.

JORGE LUIS BORGES

 

 

  1. INTRODUCCIÓN

El año de la necesidad de Juan Carlos Olivas, cuyo título deriva de un verso del poemario Descripción de la mentira de Antonio Gamoneda (1977 / 2003) fue publicado en 2018 por la diputación de Salamanca, luego de ser el quinto ganador del prestigioso Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador.[2] Dicha edición, prácticamente, se desconoce en Costa Rica. Razón por la cual, dentro de las labores de difusión y visibilización de la poesía costarricense, la editorial Nueva York Poetry Press[3] decidió imprimir, en 2019, su versión. En ella no se incluye el muy buen estudio introductorio realizado por Carmen Ruiz Barrionuevo, catedrática jubilada de la Universidad de Salamanca, que aparece en la edición española, pero se agregan, en la contraportada, unas palabras del poeta ecuatoriano Juan Suárez Proaño, quien forma parte de la lista de autores publicados bajo dicho sello editorial.  

En términos generales, aunque este libro aborda diferentes temas, desde nuestro punto de vista, sobresale la inclinación por la oscuridad,[4] aspecto muy en diálogo con gran parte de la literatura escrita en lengua inglesa de la cual bebe la poesía de Juan Carlos Olivas.[5] Razón por la cual, en las siguientes secciones nos enfocaremos en tal punto.

 

  1. DESVÍO DE LOS IMAGINARIOS TRADICIONALES DE LA LUZ

En “Meditación del cuervo”, se establece un punto de contacto con Edgar Allan Poe, particularmente con su poema El cuervo (1845). Enseguida se cita el texto de Olivas y se comentan algunos detalles al respecto:

 

“A veces me persigue un cuervo.

Como a Poe, en su vuelo me dice nunca más,[6]

toma mi carne por comida y consecuencia

y justo cuando pienso que se fue

lo miro enfrente,

graznando desde el fondo de un violín,

oteando con sus ojos este fuego.

 

Hay un cuervo en cada paso de mi vida.

Estuvieron ahí la vez que estuve enfermo,

se colaban en la sed de la morfina, descansaban

en los hombros de las monjas.

Estuvieron ahí cuando creí perderme

y la gente en la ciudad vestía con sus plumas,

brillaban contra el sol y me dejaban ciego.

 

Vi cuervos arrogantes en la tumba de mi madre

y en lugar de piedras,

sólo pude lanzarles

unas míseras palabras

que devoraron sin dejarlas caer.

 

Hubo cuervos cuando fui

hasta lo alto de una azotea

y pensé en las posibilidades del vacío.

 

También cuando fui feliz,

cuando reía hasta partirme el cráneo,

cuando dije amarlo todo

y lo escribí sobre la piedra.

Había un cuervo que rondaba en soledad

y sus garras me robaban la voz.

 

Ahora sé que no se irá

aunque finja dormir en estas horas altas,

en las que escucho sus latidos

más adentro del sueño.

 

Este cuervo ha envejecido junto a mí

y ya es tiempo de enterrarlo en la nieve;

abrirme con una tijera el corazón

y sacarlo de esta celda en la que ha estado preso,

donde día tras día compartimos agua y pan.

 

Juntos cantaremos nunca más;

y así la vida cumplirá sus promesas,

y así lo que ahora duele

no habrá dolido en vano” (pp. 15-17).

 

Una de las características principales que se revelan tanto en este como en su último poemario Contra un cielo pintado (2021)[7] es la búsqueda y la aproximación a espacios cada más oscuros y hondos. La poética olivasiana[8] ha venido interesándose, en los últimos años, por construir diferentes maneras de apreciar la oscuridad, al punto de debilitar, en algunos casos, la luz y sus tópicos más particulares (“brillaban contra el sol y me dejaban ciego”).[9] Aunque, los imaginarios alrededor de la oscuridad son muchos; en Contra un cielo pintado (2021), particularmente, en el poema corto “Depredación” se observa parte de este horizonte de expectativas: “No te confíes / el infierno también / emite luz. (p. 43) que ya venía desarrollando Olivas.

Gran mayoría de sus últimos poemas han venido demostrando un gran interés por dicho tema. Se observa una ruptura de los acercamientos más tradicionales, en Occidente, y de manera más específica, en la poesía costarricense del siglo XX, en torno al tema de la luz, cuya tradición predominante se encuentra más cercana a los ideales ortodoxos cristianos e incluso, vinculados con el mito de la caverna de Platón, en donde el sujeto debe salir de la cueva para hallar luz, arquetipo, desde esta óptica, de trascendencia, pureza, exaltación y regeneración; no la encuentra en la cueva misma, como lo viene proponiendo gran parte de la poética olivasiana, tras mezclar lo personal (mediante trajes y máscaras, no como un diario de catarsis)[10] con lo universal.

Es muy probable que en sus próximos libros siga cavando en los espacios más hondos de la psique hasta llegar a las más profundas tinieblas del ser en sí y para sí (como lo diría Sartre).[11] En el poema citado anteriormente, “Meditación del cuervo”, desde el primer verso se denota, por medio de la simbología psíquica del cuervo, esa referida oscuridad que persigue al yo lírico, asunto con una tradición bastante fuerte no solo en las literaturas escritas en lengua inglesa, sino también escritas en otras lenguas como la castellana.

El cuervo se encuentra en el interior de la voz lírica (hasta aquí, punto en común con una de las lecturas alegóricas y mayormente conocidas acerca de El cuervo de Poe), se convierte en su compañero y en lugar de aborrecerlo o ser un tormento (como lo reproduce el poema de Poe), trata de acercarse a él, pues esto lo permitirá conocerse mejor. “Ahora sé que no se irá” dice la voz lírica, quien, en un tono estoico y propuesta contemporánea, aprende a disfrutar de esa oscura compañía, quien le ayudará no a quejarse de los dolores que carga adentro, sino a extraer algunos aprendizajes.

Por ende, Olivas no utiliza la intertextualidad y el diálogo con otros textos como simple relleno (verborrea), rimbombancia y deseos de mostrar erudición, como sucede en muchos libros, bastante inmaduros, de poesía costarricense.[12] En este caso, maneja muy bien la lectura de El cuervo (1845), la tradición gótica asentada por Poe y la desdobla a través de una propuesta estética muy en diálogo con la psicología junguiana, cuya apuesta remite a la aceptación de las sombras para la autorrealización del ser. Es el encuentro de la luz en la propia oscuridad, una iluminación diferente y menos conocida, pues no idealiza todo, sino que busca enriquecerse desde el sufrimiento, con madurez, con enriquecimiento mental, al mejor estilo estoico. La voz lírica de este libro sabe que el año de la necesidad no se acabará, estará siempre, así como esa casa que adquiere múltiples formas en su voz, entre ellas, la de la vida, la imaginación, la memoria, el mundo y el interior humano.[13]

Frente a estas interpretaciones literarias, así como no puede existir ruptura sin conocimiento de la tradición, no se puede opacar la luz ni transformar sus arquetipos e imaginarios tradicionales en Occidente sin su presencia, sea como simple mención o en el mejor de los casos, mediante máscaras o trajes simbólicos en las palabras.[14] Existe un hilo muy delgado entre ambas, esto permite que muchos poemas jueguen y profundicen en ello de muy diferentes maneras. En el caso de gran parte de la poética olivasiana, esa separación de los imaginarios prototipos de la luz, aparte de relacionarse con su mirada contra el impacto del trascendentalismo en la poesía costarricense, bastante cuestionado desde hace ya varios años por poetas, críticos, lectores y objeto, todavía, de incomodidades (su herencia, para bien o para mal sigue vigente),[15] se vincula con el trabajo de una propuesta estética neocristiana en la obra de este autor, quien maneja discursos y mitos cristianos, pero al igual o en términos generales como lo hace con la tradición gótica, los desdobla, readaptándolos a su pensamiento pagano, que a veces refleja secuelas nihilistas.[16] A través de ello, impone su voz, que de momento podemos llamar contemporánea, en la poesía costarricense.

La luz como medio de salvación y trascendencia, aspecto predominante desde antes de firmarse el Manifiesto Trascendentalista en 1977, proviene, en gran parte, según nuestro parecer, de los imaginarios reproducidos a través del cristianismo, el cual ha sido y sigue siendo, así sea como ruptura, de muchísima importancia en la tradición poética centroamericana. Costa Rica ha sido y sigue siendo un país sumamente tradicional tanto en valores como en mucha de su poesía y su crítica literaria. Por eso, gran parte de la poesía de Olivas, a través de una mayor predominancia de la oscuridad, encuentra una manera de distanciarse de los discursos canónicos de esta religión (y la poesía que ha reproducido tales imaginarios sin romperlos), como aparato institucional. Para ello, sus vehículos principales son los símbolos, la construcción de imágenes, los tonos narrativos y cotidianos que le permiten ahondar en una pasado mítico, pero también actual, en donde el sufrimiento y la incertidumbre son rotundos (aunque, se acepta y se aprende a vivir con ello).

En el poema “Romería”, la voz lírica menciona lo siguiente: […] “le dolerán las piernas de puro amanecer” (p. 25), este verso denota una de las cargas negativas que posee la luz (amanecer) a lo largo de este libro. Su presencia excesiva puede provocar dolores. Un poema costarricense del siglo XX, que denota un interés estético por destruir los arquetipos oficiales de la luz y presentarla como una especie de ente que provoca daño es “Amantes (1991) Sobre una película de Vicente Aranda” (en La mujer que amaba los pulpos. Poesía reunida 1885-2015) de Mauricio Molina cuyos últimos versos dicen lo siguiente: “Pero aparece el sol / para dañar incluso la muerte” (p. 46).[17] Por su parte, otro caso en Olivas se encuentra en el paradójico poema “La candela”: “La candela permaneció encendida largo rato y cayó sobre el papel, / devorando en pocos segundos / lo que tardó por siglos escribirse” (p. 21). Con ciertos tintes cómicos, la voz lírica expone la inutilidad del poeta, a quien la luz (fuego-candela), si no tiene cuidado, le puede destruir los textos que ha escrito durante siglos.

No todo es positivo para la luz, gran parte de la poética olivasiana la representa de diferentes formas. Por ejemplo, otro caso en donde la luz (el verano) se puede convertir en enemigo se da en el poema “Historia general de las sombrillas”: “Después vino el verano / con su ojo raspando como una quemadura / y quien salía con sombrillas al sol / era tratado diferente. / Cargar de día una sombrilla era llevar una pequeña noche en las espaldas; era saber que si subías con ella a un autobús / la dejarías olvidada en uno de sus asientos” (p. 29). Para los amantes de las sombrillas, el sol ni el verano son de su agrado.

Todo lo anterior se asocia con el de que al sujeto de enunciación, como aparece en el poema “Dialéctica del cubo Rubik” (pp. 31-32), ya no le interesa la perfección. Esto, justamente, aunque ambas estén fuertemente relacionadas, le permite interesarse más por la oscuridad que por la luz: “Aunque me hables de la luz / la tinta será negra” (en “Aun”, p. 43) y versos más adelante dice: “Suave es el encuentro de lo oscuro / cuando se tiene el vicio / de depredar la lumbre” (p. 43). De relevancia también es el siguiente verso: “cerrar los ojos y pedalear” (en “Ciclistas de la luna”), pues responde a la idea de escribir a través de los sueños,[18] en donde el poeta ingresa en la oscuridad suprema de su psique, asunto vinculado al siguiente intertexto, del cual desconocemos el autor, pero que aparece en cursiva dentro del mismo poema: lo importante es que exista la noche.

           

  1. ALGUNAS NOCIONES RESPECTO AL PODER DE LAS PALABRAS Y SU POLISEMIA: LA POESÍA COMO BASE DE CREACIÓN Y DESTRUCCIÓN

La poética olivasiana denota respeto por el poder de las palabras; la voz lírica tiene claro que ellas tienen el poder de salvar vidas, pero también de asesinar (los dobles e incluso triples sentidos son constantes en su poesía). Basta con citar el muy exquisito poema largo de apertura, que además juega muy bien con el lector, para comprobarlo:

 

LA BALA

 

“Esto es una bala.

Mírala bien.

Ponla en medio de tus labios.

Puede defenderte o matarte en un segundo.

 

Cierra los ojos y piensa

en los días que se acaban

como una bandada de águilas ciegas.

Piensa en los ritos ahogados por la luz,

en los besos que fueron dardos en tu infancia,

en la morfología de árboles fantasmas,

en las palabras que no entiende la piedad,

en los dibujos de diesel

que se agrandan en los charcos

como un pequeño Apocalipsis.

 

Piensa en tu país como en un nido de avispas,

en la casa en la que te tocó vivir, la que no tienes,

en tu trabajo que apenas da para vivir una vida

y no esas otras, las que pasan por tu cabeza

justo después de un accidente.

 

Piensa en los muchos perros que murieron

a la orilla de la carretera,

en los aviones que miras cruzar de un lado

al otro del cielo, hasta que no los ves

ni los escuchas, porque sabes que algo de ti

se ha ido con ellos.

 

Piensa en quien espera,

en quien se rompe y cuelga de un árbol

como una fruta que no acaba nunca de caer.

Piensa en tu nombre, borrado de repente

aunque lo vuelvas a escribir en las paredes, en los

cristales,

en las esquelas de un mundo que no te pertenece.

 

Ahí está la lluvia, piensa en ella;

siéntela como un aluvión de peces luminosos,

como una fila de ángeles dormidos

por su propia música.

 

Aquí está Dios, en tus manos lodosas de repente;

piensa en Él como un anciano, o como un feto

en el vientre de la galaxia umbría

donde mueve sus brazos para decirte algo

que no acabarás de comprender.

 

Piensa en el trigo que nadie irá a recoger este

verano,

en los mundos silentes de la desesperación,

en las puertas que se abren una vez para siempre

y vuelven a cerrarse en un golpe de alas.

 

Aquí están las fechas del día que naciste

y ese incierto día en el que tienes que partir;

piensa en el tiempo, en el aliento que te queda,

y abre los ojos para sentir aún más

        esa bala entre tus labios.

 

Ha llegado la hora.

Al frente tuyo hay un espejo con forma de papel.

Escupe ahora lo que tengas que decir,

hazte fuego,

hazte herida,

no lo pienses,

dispara” (pp. 15-17).

 

 

En este texto, proyectado, en gran parte, hacia las cumbres del sufrimiento humano (“los mundos silentes de la desesperación”) y lo efímero de la vida, prisionera del tiempo, se utiliza un objeto material para referirse al valor de las palabras y la potencia que deben tener en el poema (el arte oculto y polisémico del decir sin decir). Solo a través de ellas, la voz lírica podrá fingir, construir y romper imaginarios, aunque algunos, como los mensajes de Dios,[19] no los comprenda. Muy al respecto, la figura de Dios es recurrente a lo largo de todo el libro, así como las palabras de desolación, catástrofe, inutilidad, caos, orfandad, desecho, ausencias, soledad, rencor, fragmentación, pérdida, pobreza,[20] infelicidad, delirio, miedo, derrotas, sed, cansancio; aunque, a pesar de ello, la voz lírica acepta su caos, conoce bien su casa y quiere seguirla conociendo, lo cual le ayuda a seguir viviendo en el año de la necesidad y preparándose, con papel, libros y tinta, para los demás años de necesidad que vengan.[21]

 

 

  1. CONSIDERACIONES FINALES

En El año de la necesidad, el sujeto de enunciación, mediante el uso de la segunda persona singular, invita a la oscuridad a ingresaar en los restos luminosos de su casa, aquel hogar que él mismo empezó a destruir para restaurarlo de diferente manera (tradición y ruptura), dándole forma de zapato o por ejemplo, pintando los cuartos de color negro en vez de blanco y tapando algunas ventanas de la cocina para que los alimentos, frente a tanta necesidad, no sean devorados por la hambruna de un sol que ya no calienta igual, pues ya ni siquiera interesa. La voz lírica permite apreciar el paisaje desde otras ventanas o descubrir dentro de una cueva.

Este libro expone aspectos bastante crudos de una voz lírica que deambula entre lo personal y lo universal, pues en ella no solo flota el inconsciente de quien la construyó a partir del caos, de tanta madera podrida en el hogar, sino también, de quienes más han sufrido, siguen y lo seguirán haciendo; de los miserables, los fracasados y los fingidores (como lo decía Pessoa). Es decir, de aquello que todos tenemos un poco o mucho, según donde vayamos y donde estemos. Este yo lírico (a veces en las cercanías de un yo narrador) se desnuda para presentarse lleno de callos en el alma, heridas en su frente, cicatrices en sus manos y dolor en su piel; él se aparta, casi en su totalidad, de los arquetipos tradicionales de luz (salvación, purificación y trascendencia), para ahondar en sus espacios más profundos (ya Dios no intimida,[22] da más temor dejar de escribir), quitarse las máscaras y prendas teñidas con el color de piezas morales ortodoxas, asunto que seguirá reproduciendo, como propuesta estética, aunque de diferente forma, en Contra un cielo pintado (2021).

Toda aquella persona que realice una lectura objetiva de este libro comprobará que Juan Carlos Olivas, actualmente, es una de las voces resonantes de la poesía costarricense[23] (y si hacemos el traslado epistémico al campo de estudios regionales en el país, el más relevante de la poesía turrialbeña actual, porque establece un cambio de paradigmas estéticos en los poetas nacidos en este lugar). Uno de sus puntos altos es el desdoblamiento de discursos cristianos, con su estilo y tonos, en su mayoría, narrativizantes e incorporando rasgos cotidianos. Como ya se expuso, en sus más recientes poemarios, Olivas ironiza lo sagrado y lo devuelve a lo profano (aspecto que remite a Mircea Eliade, leído en traducciones al español por este autor), juega con la figura de Cristo y la desacraliza, volviéndola más realista y dejando de apartándose de los imaginarios canónicos de la fe cristiana.   

Ya lo decía Jorge Debravo (a través del sujeto de enunciación) en su poemario Milagro abierto (1959, en Obra poética de Debravo, 2012): “A mí, personalmente, me parece que deben acabarse estos suplicios” (en “Consejos para Cristo al comenzar el año”, poema 5, p. 69), en donde además agrega, al inicio del libro, las siguientes palabras: Para los poetas Turrialbeños, / compañeros de lucha por una / poesía nueva para Costa Rica. La poesía de Olivas, justamente, responde a esa solicitud, traspasa los horizontes estéticos debravianos, mantiene contacto con tradiciones ya asentadas (las conoce bien, así lo plasma en su trabajo de escritura creativa) y eso, junto con el poder de la imaginación y de la lectura, más el respeto por las palabras y su magia, le permiten, a la voz lírica, convertirlas en muñecos de trapo o de arena (no existe ruptura, nunca, sin conocimiento de la tradición).[24]

Sin embargo, a pesar de lo anterior, sin establecer un corpus dialógico con textos de otros autores, sería una interpretación bastante parcial y peligrosa decir que Olivas, mediante El año de la necesidad (2018), fue el primero[25] en revolucionar el imperio arquetípico y occidental de la luminosidad como propuesta estética en la poesía costarricense, y mucho menos serio decir en la centroamericana (en su conjunto), porque, justamente, gracias a esa reciente tradición de manifiesto contra el valor sagrado de la luz, cada vez más asentada y con mayor resonancia e impacto en la poesía del istmo,[26] hoy, en el siglo de la daga doblemente afilada,[27] algunos poetas de oficio,[28] quienes luchan por no anquilosarse y ser sus propios contrincantes, prefieren andar en un caballo negro y no en uno blanco o quizás en uno mixto, lo cual es buena opción, por lo menos si se le cuida y trata de manera diferente.[29]

Sin lugar a dudas, durante aproximadamente los últimos cinco años, debido a tanto caos dentro y fuera del papel, algunos poetas (no podemos decir la mayoría, afirmarlo, sin definir y construir un corpus dialéctico de análisis, es arriesgarse de manera poco profesional), entre ellos Olivas, han decidido empezar a cerrar los ojos y caminar con las piernas de la muerte (o los restos de ellas), quien al conducirlos por el precipicio de las sombras, quizás los salvarán, como una vez lo hicieron los ángeles (según lo idealizaban sus obsesiones literarias). Es momento de que cada quien se cuelgue una casa incendiada en la espalda y aprenda no solo a sobrevivir, sino también a aceptar los años de necesidad que le esperan a él y a sus lectores, porque la perfección quedó en los cubos de Rubik, hoy refugiados en el pecho de lo que ayer era una ilusión, convertida en oro por quienes hace ya mucho tiempo se quedaron sin tinta y corrector, aunque tanto sol en la frente y tanto humo en sus cabezas no les ha permitido darse cuenta.   

 

 

  1. ALGUNAS REFERENCIAS

 

Camacho Alfaro, M. (Ed.). (2012). Obra poética de Jorge Debravo. [C. F. Monge, pról.]. Editorial Costa Rica.

Díaz, L. (Ed.). (1897). “El cuervo de Edgar Allan Poe” en Traducciones (pp. 11-32). Imprenta de Pablo E. Coni é hijos.

Gamoneda, A. (1977 / 2003). Descripción de la mentira. Editorial Abada. 

Guichard, L. A. (2013). Una fe provisional. Ediciones Liliputienses.

Molina, M. (2015). La mujer que amaba a los pulpos. Poesía reunida 1985-2015. Editorial Germinal.  

Moz, J. A. (2021). El libro del carnero. Editorial EquiZZero.

Olivas, J. (2021). Contra un cielo pintado. Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.

— (2019). El año de la necesidad. Editorial Nueva York Poetry Press.

— (2018). El año de la necesidad. Ediciones de la diputación de Salamanca.

— (2018). Colección particular. Antología personal. Editorial Nueva York Poetry Press.

 

 

[1] El pleonasmo “ardiendo en llamas” es adrede. Su finalidad es darle una mayor intensidad retórica.

[2] Hasta el momento es el único costarricense en recibir este premio. En el ámbito centroamericano fue ganado por el salvadoreño Luis Borja, con Umit (2019) y por el hondureño Dennis Ávila, con Los excesos milenarios (2020).

[3] En 2018, esta editorial publicó una antología personal de este autor, título Colección particular. Posee 196 páginas de texto en donde se incluye una selección, en su respectivo orden, de los siguientes libros: Los seres desterrados (2014), El señor Pound (2015), El Manuscrito (2016), En honor del delirio (2017), La hija del agua (2018) y El año de la necesidad (2018).

[4] Decimos “sobresale” porque, según nuestro parecer, es imposible abordar el tema de la oscuridad sin mencionar la luz. La oscuridad es ausencia de luz. Están relacionadas. A lo largo de este comentario insistiremos en ello. Por esta misma razón, aunque casi todos los poemas se interesen en la oscuridad o en reconstruir los imaginarios tradicionales de luz, en un poema como “Constancia de la bruma” no se da esa fórmula o por lo menos no se interesa tanto en ella: “Aunque así lo quisiera, / no podría abrir los labios / y quebrar la quietud / que se desprende de esta noche, / y tocar a ese otro, el que no soy / y que también abre sus manos / desde su propia orilla / para tomar la bruma, / bajo la lenta luz de lo no dicho” (pp. 59-60).

[5] Aspecto asociado a la formación y profesión del autor, docente de inglés. Sin embargo, aunque sea fuerte y notorio, no podemos delimitarnos a solo ese punto de contacto, en El año de la necesidad se establecen otros puntos de diálogo con las literaturas latinoamericanas y otras más como la suiza, la polaca, la rusa, la española y una tradición que persigue el estilo de este autor, de manera más intensa, junto a la inglesa, es la literatura francesa de los siglos XIX y XX. Su apuesta por el simbolismo es rotunda. Asimismo, refleja lecturas tanto en inglés como de traducciones al español (en su mayoría). Estamos frente a un bibliófilo muy comprometido con los oficios de la escritura y de la lectura. El año de la necesidad, por medio de algunas reflexiones acerca del trabajo de escritura creativa así lo revelan.

[6] Sentencia nevermore conocida mayormente en su traducción al castellano.

[7] Véase el comentario: “Diluvio de máscaras en Contra un cielo pintado (2021), de Juan Carlos Olivas” en el siguiente link: https://revistaajkoki.com/index.php/resena/29-cucp

[8] Término propio para referirse a su obra, que ya permite identificar una identidad literaria, cuyos puntos de cruce y tensión se encuentran entre lo personal y lo universal. Hay un sano equilibrio.

[9] La ceguera como punto de contacto o visión de un más allá, en este caso, una mirada más allá de la carne, en los espacios más hondos de la voz lírica, aquellos en los que se piensa “en las posibilidades del vacío”.

[10] Por lo menos en este libro, se encuentran su hijo y su esposa, su lejanía por las enseñanzas ortodoxas de la iglesia, su manera de ver, concebir y trabajar la literatura, la importancia que tienen ciertos espacios de la casa, en donde puede predominar el silencio y la soledad, tal es el caso de la biblioteca o la oficina, cuya construcción poética remite a un lugar muy importante para la voz lírica, alter ego del poeta.

[11] Algo que caracteriza la poesía de este autor, a pesar de su profundidad interior y humana, es no caer en malditismos banales y ya bastante desgastados, por lo menos en la forma de tratarlos.

[12] Existe el cliché de que este fenómeno únicamente se da con jóvenes, pero esto no es así. Tales visiones son bastante pobres. En literatura, la falta de madurez y compromiso con la literatura como oficio no es un tema de edad, sino de acumulación lecturas, talento, constancia, autocrítica y humildad para recibir críticas de los demás (hay quienes con 40, 50 o más años de edad, si se les sugiere mejorar un texto, a pesar de que ellos lo soliciten, lo asumen como algo personal y se enojan. El texto no es la persona. No hay dominio estoico de sus egos); en fin, son una lista de elementos articulados que conllevan muchísimo trabajo.

[13] El epígrafe inicial del libro son los siguientes versos, en español (muy probablemente, Olivas haya tenido acceso a la traducción de Jaime Priede) de un poema del escritor norteamericano Raymond Carver en donde proyecta una de sus mayores preocupaciones, el paso del tiempo: “He visto de primera mano / lo que puede hacerle a un hombre la frustración. / Puede hacerle llorar, romper una pared / de un puñetazo. Puede llevarle a soñar / con una casa que sea suya / al final de una larga carretera. Una casa / llena de música, calma, generosidad. / Una casa en la que aún no vive nadie”.

[14] Rasgos simbólicos claros se aprecian en los siguientes versos: “Sobre mi lengua hay un caballo. / Cuando todo mundo está dormido se levanta” (en “Apuntes para una deidad”, p. 44).

[15] Parte del hermetismo y fósil académico lo sigue legitimando, mientras otra parte, más empapada de la historia de la poesía en Centroamérica, lo ha cuestionado fuertemente. Existen dos bandos.

[16] “Los que habitamos / a este lado de la vida / ya no creemos en nada” (en “Magnum 357”, p. 34). Estos versos, justamente, encierran parte de unas de las paradojas nihilistas; creer que no se cree implica una creencia (creo que no creo). Los debates de fe forman parte de las tensiones dialécticas del libro; la voz lírica deambula entre el estoicismo, el paganismo y el nihilismo. Siempre está dudando, por eso, en el poema “Edad del temblor” le dirige a Dios las siguientes palabras: “Quiero saber si existes” (p. 40). Su idea de Dios no es para nada ateísta, trabaja cercana a Walter Burket, especialista de la religión griega y las religiones mistéricas, para quien los seres humanos tienen la capacidad de entender que hay una divinidad o varias creadas por su mente, tal y como ya lo planteaba Borges en muchos de sus textos.

[17] En Abominable libro de la nieve (1999), Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, 1998, cuyo epígrafe inicial, extraído de Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña de Eliseo Diego es el siguiente: Pues el invierno es amo de la noche / y la tiniebla arrecia y ya no espera / si es preciso soñar, soñar despierto.

[18] El eco del surrealismo es bastante visible en este libro.

[19] Valdría mucho la pena un análisis literario, por aparte, de las diferentes versiones de Dios que Olivas presenta en su poesía. De mucho gusto son los siguientes versos del poema “Canción del pobre”: “Fuiste a una iglesia / y el cristo se rió al verte así / demacrado” (p. 23). Hay una desacralización de la figura divina, cercano a la contemporaneidad, contexto y propuesta estética del autor, en donde los recursos paródicos y cómicos adquieren fuerza.

[20] Aunque es muy gustoso leer el poema “Canción del pobre”, en donde se utiliza el recurso de la comedia mezclado con tonos cotidianos para desdoblar lo que comúnmente se conoce como “pobreza”. No hay un lamento malditista, lacrimógeno ni mucho menos pesimista; aceptar las circunstancia como son, desde el dolor, el sufrimiento y busca aprender a vivir con ellas sin dejarse llevar por la tristeza. Hay un dominio estoico de emociones. La voz lírica responde a un acto de vivir el día a día sin idealizaciones, pero tampoco sin frustraciones.

[21] Véase el poema “El año de la necesidad” en donde aparecen los siguientes versos: “El bosquejo de un mal año / que pareciera no acabar” (p. 21).  

[22] Según los imaginarios que transmiten los discursos cristianos en sus Iglesias, un dios de temor al que se oponía Spinoza, en quien creía Albert Einstein.

[23] No obstante, un libro como El año de la necesidad, debido a que se analizan libros (poemas) y no personas, debe considerarse de relevancia en el campo de la poesía escrita en lengua castellana. El año de la necesidad, como metáfora, sigue vigente y quizás, por su temática y forma de tratamiento, gran parte de sus poemas sigan resonando en otro tiempo, así como los poemas de Gamoneda, entre los cuales surge el título y parte de la propuesta estética de este libro.

[24] La idea pretenciosa de querer romper la tradición sin tener contacto con ella es un idealismo banal (somos totalmente nuevos [grito con euforia]) que tienen algunos costarricenses, principalmente jóvenes (entre los 20 y 30 años de edad), pues parece ser que conciben la poesía como una competencia, una descarga de sus impulsos ególatras en donde unos tienen que llegar primero que otros; ese no es punto. Están intentando abrir candados de barro con llaves de agua. Deben seguir escarbando; las llaves están en el polvo y los candados de hierro quizás aparezcan con los años (aunque hay quienes, callados, con cuervos en la boca y cadáveres en las manos, ya empiezan a hallarlos, a construir su voz).

[25] Poco o casi nada aporta a nuestro comentario, interesado, más bien, en abrir horizontes hacia miradas dialógicas que presten atención a fenómenos literarios que reproduzcan, según los niveles de conciencia y creatividad de cada autor, vacíos, fenómenos literarios y particularidades de épocas en común.  

[26] Respecto a poetas nacidos en países centroamericanos, pues el concepto de “centroamericano” no solo se define a través de ello (lugar de nacimiento), uno de los casos más recientes, con propuestas interesantes, es el salvadoreño Josué Andrés Moz. Véase su poemario El libro del carnero (2021): “Madre detrás de mis ojos están los ojos muertos de mi hermano / detrás de mis manos de mi voz de mi angustia de mi sombra iluminada por las moscas” (en “Valium”); “Blanca siempre blanca la locura / desde su nieve que anuncia dos veces el invierno / desde su amargura que es dos veces muerte” (en “Blanca”).

[27] En referencia al poema “El orden de las cosas” de Luis Arturo Guichard en donde se dice, en honor al libro El afilador de cuchillos de Rafael Argullol: “A cada siglo, su propio cuchillo afilado” (en Nadie puede tocar la realidad, 2008, que aparece, a su vez, en Una fe provisional, 2013, p. 13).

[28] Cada quien con su estilo de montadura. Los estudios de obras por individual no permiten profundizar en este tema. Para ello es necesario construir corpus y establecer métodos dialécticos en donde se puedan establecer similitudes y diferencias entre los poemas de los autores seleccionados, sin necesidad de que hayan nacido en épocas iguales; interesan las obras literarias y sus fechas de publicaciones.  

[29] En algunos grupos literarios todos escriben o terminan escribiendo igual, no es esa la idea.

 

Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986). Estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica (UCR). Se desempeña como docente. Ha publicado los poemarios La Sed que nos Llama (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2009) Premio Lisímaco Chavarría Palma 2007; Bitácora de los hechos consumados (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2011) por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012; Mientras arden las cumbres (Editorial Universidad Nacional; 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesía UNA-Palabra 2011, El señor Pound (Editorial Universidad Estatal a Distancia, 2015; Instituto Nicaragüense de Cultura, Nicaragua, 2015) acreedor del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013, Los seres desterrados (Uruk Editores; 2014), Autorretrato de un hombre invisible (Antología personal)(Editorial EquiZZero, El Salvador; 2015), El Manuscrito (Editorial Costa Rica; 2016) Premio de Poesía Eunice Odio 2016, En honor del delirio (El Ángel Editor; 2017) Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017 en Ecuador, La Hija del Agua (Amargord; Madrid, 2018), El año de la necesidad (Ediciones Diputación de Salamanca; Salamanca, 2018 y Nueva York Poetry Press; New York, 2018), Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, Colección Particular – Antología personal (Nueva York Poetry Press; New York, 2018), Las verdades del fuego –Antología breve- (Ediciones Municipalidad de Lima; Perú. 2020) y Contra un cielo pintado (Editorial Universidad Estatal a Distancia; San José, 2021). Su obra ha sido traducida parcialmente a 18 idiomas.

 

 

Yordan Arroyo. Máster en Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia por la Universidad de Salamanca (ganador de la beca del Banco Santander 2021-2022). Aspirante a doctor. Además, estudiante avanzado de maestría en Enseñanza del Castellano y la Literatura de la Universidad de Costa Rica, misma institución donde realizó estudios en enseñanza del castellano y literatura, filología clásica y educación primaria. Algunos de sus poemas aparecen en diferentes revistas y antologías nacionales e internacionales.

 



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